Galería regional | Cuadros para una exposición (Sala tercera)
Vicente Viudes: la eterna primavera

Nuestros animales de compañía. Óleo sobre lienzo. 131X163 CM / L.O.
Vicente Viudes pintó este óleo, Nuestros animales de compañía, a principios de los años ochenta; pues, aunque el cuadro esté sin datar, sabemos que realizó al menos dos bocetos, suponemos que previos –o como consecuencia inmediata– a este óleo, fechados, precisamente, en 1984 –año de su fallecimiento–, con idénticos motivos y semejante ambientación a la que aparece representada en esta obra.
La misma estancia del porche de su jardín, y ligeras variaciones en la composición final de la escena y la aparición y las actitudes de los protagonistas. En uno de los bocetos, un gouache sobre papel, los animales de compañía, a diferencia de lo que ocurre en este óleo, son dos gatos y dos perros; uno de los perros –al que retrató, en un óleo de los años sesenta, en parecida pose a la del boceto, en lo que parece un homenaje explícito a los pintores venecianos Veronese y Tintoretto, y a dos obras: Las bodas de Caná y El Lavatorio– sería, finalmente, sustituido por esta popular tinaja, que contemplamos en la parte lateral del lienzo; el canario fue, en el boceto, un loro o un papagayo verde; y en la caja de frutas, que se sostiene en el poyete blanco, pintó inicialmente unas naranjas; y la cesta de flores –que ahora vemos– fue antes cesto o capazo de limones.
En el otro boceto, la posición del pedestal alto, al final del muro bajo, se ha invertido, para que uno de los perros del pintor parezca que establece un enigmático diálogo con un expectante gato; la jaula colgante era, en aquel apunte, una enramada de limonero –a modo de guiño a Sánchez Cotán–; y esta tinaja y manta fueron previamente capazo de frutas y mesa con copa y jarra de fresca agua. Los dos bocetos fueron realizados para la realización de un panneau decorativo que habría de ennoblecer los salones de algún local público: un pub musical, un restaurante o una cafetería.
Quizá por eso este cuadro, esta representación de una naturaleza domesticada, tiene algo de estudiado fresco decorativo, de elegante escenografía teatral. El interés del murciano por las artes decorativas –decoró los vestíbulos de los teatros Carlos III y el Bellas Artes, o los de los cines madrileños Amaya y Bulevar, por citar alguno de sus trabajos como decorador–, y la escenografía, se remonta a sus inicios como pintor, colaborando con Luis Escobar, Tamayo y Cayetano Luca de Tena, en la realización de los bocetos y telones para las representaciones que tendrán lugar en los Teatros Nacionales: el María Guerrero –desde su primera temporada de 1940–, el Español o el Teatro de la Comedia; y en 1962, en los decorados de La Cruz del Matrimonio, representada en Murcia con motivo del Centenario del Teatro Romea.

Vicente Viudes. / L.O.
Pero hay otras características en esta escena, recogida por Vicente Viudes en el cuadro Nuestros animales de compañía. En primer lugar, la aparición de estos animales, perros, gatos, pájaros enjaulados… –en ocasiones incluso monos–, tan habituales en sus lienzos, ya que han formado parte de la vida doméstica, íntima, del pintor.
Son conocidas las fotografías del artista, en su casa y su estudio, posando con sus perros. En segundo lugar, la imposibilidad de renunciar al carácter mediterráneo de su pintura; la luminosidad, el color, esas permanentes notas que apuntan los referentes florales en sus cuadros: lirios amarillos; jazmines; macetas de geranios; euphorbias y coleos; anémonas; jacintos y magnolios, orquídeas. Y frutos: granadas, naranjas, melocotones… Y palmeras…
Una exuberancia vegetal que le permite homenajear, a veces de forma irónica y divertida, al renacentista Giuseppe Arcimboldo, manteniendo ciertos coqueteos con el surrealismo. Y, sobre todo, haciéndonos sentir, contemplando sus cuadros, un placer infinito por las sugerencias del color y la elaborada composición, que nos desvela sus preferencias por Johannes Vermeer.
Si, a pesar de las dificultades de datación del cuadro, convenimos que estamos ante una de las posibles últimas obras de Vicente Viudes, es fácil dejarnos arrastrar por la idea de que este lienzo, que tan certeramente recoge la importancia del jardín –de su jardín, en su casa-estudio de la Merced Chica, al pie de la Sierra Blanca–, del huerto, de la vegetación…
En su producción plástica, tendría como objetivo –más o menos tácito– actuar sobre el espectador como si fuese un resorte, un emblema simbólico; y, apelando a la cita del comienzo del texto, constituyese la materialización física –a través de la pintura– de un recuerdo permanente en la vida y la obra del pintor, independientemente de donde se encontrase físicamente en ese momento: en Madrid, en Palm Beach o en Marbella…
La plasmación de la sensación de pertenencia a un ámbito y lugar concreto. El Paraíso… ese espacio sublime, capaz de encerrar los más bellos y dispares jardines. Jardines… la manifestación de la vida en todo su esplendor, en toda su armonía. Una eterna primavera; ese locus amoenus, ese lugar ameno que propicia los afectos y los recuerdos. Un refugio ideal que previene de males y actúa de disparadero de la evocación y la añoranza, de reencuentro con el tiempo y los inolvidables lugares del pasado.
Dice un rawí musulmán / que Murcia es un tulipán / con aromas de jazmín, / que dios regaló al sultán / que su huerta hizo jardín. Sí, un hermoso poema de José Zorrilla, válido para justificar, si fuese preciso, esa nostalgia del pintor.
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