Murcianos de dinamita
José Cava Alcón, el hombre que cuidó los pasos de Librilla

José Cava Alcón / Ana Martín
Hay oficios que no solo sirven para ganarse la vida, sino para acompañar la de los demás. José Cava Alcón pertenece a esa estirpe cada vez más escasa de hombres que, silenciosamente, han sostenido durante décadas el caminar cotidiano de un pueblo entero. Más de sesenta años lleva velando por los pies de los vecinos de Librilla, y casi todos desde el mismo lugar: un taller pequeño, estrecho, acogedor y recoleto, donde el tiempo parece haberse detenido.
Ese taller es mucho más que un espacio de trabajo. Es una prolongación natural de su dueño. La mesa —robusta, gastada, firme— lleva con José más de medio siglo. Ha soportado millones de clavos, golpes secos de martillo y horas infinitas de labor silenciosa. Durante años, alrededor de ella se colocaban hasta seis sillas. Como en las antiguas barberías, allí se hablaba de todo mientras José seguía cosiendo sin levantar apenas la vista. La zapatería fue tertulia, observatorio y crónica de la vida del pueblo.
José es hombre de pocas palabras, pero cuando habla de su oficio lo hace con la serenidad de quien sabe que ha elegido bien. Aprendió mirando, ayudando, repitiendo gestos. Era apenas un crío cuando un zapatero se instaló junto a su casa y él empezó a pasar allí las tardes, fascinado por aquel mundo de cuero, hilo y clavos diminutos. A los quince años ya tenía claro que prefería aquel trabajo paciente a las duras jornadas del campo y a la vendimia en Francia, a la que también acudió durante años para ayudar a su familia.
Pronto montó su propio taller y la gente fue acudiendo. Era joven, tenía otras maneras y el pulso firme. Se quedó con el oficio y con la confianza del pueblo. Desde entonces, su vida ha transcurrido entre sandalias de huerta, botas de trabajo, zapatos de diario y tacones de fiesta. Todo pasaba por sus manos y a todo encontraba solución. Nada se tiraba sin intentar antes un arreglo.
Con ese trabajo constante y silencioso sacó adelante a su familia. Crió a sus tres hijos a base de jornadas interminables que muchas veces se alargaban hasta la noche. José arreglaba lo que hiciera falta: zapatos, cremalleras, pantalones vaqueros, chaquetones y hasta balones de cuero cuando los niños del pueblo los rompían jugando. En su taller siempre hubo sitio para el trabajo… y para quien quisiera sentarse a hablar.
El oficio ha cambiado, y José lo ha visto todo. Antes todo era cuero: suelas cosidas, clavadas, hechas para durar. Hoy dominan los materiales sintéticos, el calzado ligero y efímero, el 'usar y tirar'. Aun así, él se ha adaptado sin perder la esencia. Ha aprendido nuevos materiales, nuevas técnicas, nuevas soluciones. Porque mientras haya pies, habrá zapatos; y mientras esté José, siempre habrá alguien que los cuide.
Después de tantos años, José conoce a la gente nada más cruzar la puerta. Y los zapatos también hablan: del cuidado, del carácter, de la prisa o del abandono. Lo dice sin juicio, como una constatación aprendida a lo largo de miles de pares reparados.
Hoy, con 77 años, sigue abriendo cada mañana su taller. Trabaja menos horas, pero es feliz. Dice que el taller le da vida, que la gente le da vida. No es hombre de bares ni de bancos al sol. Su lugar está allí, junto a la mesa de siempre, escuchando y cosiendo.
En Librilla no hace falta decir su nombre completo. Es, sencillamente, José el Zapatero. Y mientras él siga ahí, el pueblo seguirá caminando con paso firme, sostenido por alguien que ha dedicado toda una vida a cuidar los pasos de los demás.
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