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Galería regional | Cuadros para una exposición (Sala tercera)

Antonio Gómez Cano: la materia del paisaje

'Pantano del cenajo'. 1953. Óleo sobre lienzo. 81x65 Cm

'Pantano del cenajo'. 1953. Óleo sobre lienzo. 81x65 Cm / L. O.

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Pedro Manzano

Pedro Manzano

La mole gris de la presa y los grandes artefactos de la obra es un escenario preparado para Wagner. Es todo tan colosal que impide evitar el vértigo. Mirando desde arriba, o desde abajo, se siente uno salir de su órbita de equilibrio; falla la energía de la voluntad, y el impulso vital se ve sometido al intento de dominar la naturaleza.

Antonio de Hoyos. La presa del pantano (Verano de1956)

En 1953 aún no estaban finalizadas las tareas, que se fueron llevando a cabo entre 1947 hasta su recepción provisional en 1962, para construir el Pantano del Cenajo. La obra –84 metros de altura de presa, con capacidad para embalsar 31 kilómetros de río– llevaría aparejada la construcción de un poblado obrero, lavadero, ermita, tiendas, un cuartel y una casona para la administración.

La contemplación de esos colosales trabajos, ejecutados en mitad del entorno ambiental, del paisaje, de las montañas, el valle, el río… tendría, por fuerza, que resultar demoledora para cualquier individuo y seguro que, con más motivo, para un artista. Una edificación de ingeniería tan poderosa, compleja y rica en texturas, como una ópera de Wagner. Así que, sí, puede que este cuadro, este óleo sobre lienzo, este Pantano del Cenajo, de Antonio Gómez Cano –aunque en realidad no se corresponda, ni tenga nada que ver con el motivo y el tema al que Antonio de Hoyos se refiere en la cita–, bien hubiera podido servir como telón de fondo de alguna de las óperas del sajón: Tannhäuser o El Oro del Rin.

Los Gómez Cano –Carlos y Antonio– trabajarían en las pinturas murales de distintas dependencias del Pantano del Cenajo. Antonio realizó los murales de la Sala de Compuertas; y pintaría, a lo largo de sus sucesivas estancias en el Cenajo –durante los años 1953/1956–, entre otros lienzos, La cena de Jesús –que tituló Uno que está entre nosotros–, en el que la figura de Cristo fue encarnada por el ingeniero responsable de las obras del pantano: Rafael Couchoud, y los apóstoles por otros tantos colaboradores y ayudantes en las obras que se llevaban a cabo.

Pero también recogió con sus pinceles la realización de los trabajos que se estaban acometiendo en la Sierra del Segura, entre Albacete y Murcia. En 1953 Antonio Gómez Cano pintó, al menos, tres vistas de la construcción del pantano. Tres cuadros con el dique, levantado en mitad de la serranía, protagonizando el paisaje. Tres óleos que se realizaron desde un altozano que ofrecía el mismo punto de vista, ligeramente variado en cada uno de los lienzos; aunque dos de los óleos –uno de los cuales es el que aquí reproducimos–, tengan formato vertical y otro constituya una imagen horizontal. Tres obras con idéntico motivo, lo que me lleva a pensar que, quizá, fuesen resultado de un encargo institucional o, tal vez, se realizaran a petición de algún particular que trabajase en el proyecto del embalse, puede que el propio ingeniero jefe –sabemos que el pintor residió en la Casa de Administración del Cenajo–.

Autoretrato de Gómez Cano

Autoretrato de Gómez Cano / L. O.

Bastaría contemplar un pequeño fragmento de este Pantano del Cenajo para valorar la fuerza de la pincelada, la poderosa carga expresiva de la materia, que obtiene cualidades y atributos que otorgan a la pintura un plus tridimensional, haciendo realidad el escenario pintado; una realidad que parece trascender la mera representación.

Como se ha señalado, la construcción del embalse supondría, para cualquier observador, asistir a la creación de una gigantesca obra, una impresionante intervención en el paisaje; hecho que, necesariamente, tuvo que impactar al pintor, pues su paleta, comedida hasta este momento –si exceptuamos algún retrato, como el de Carmenchu tendiendo la ropa, realizado en 1951–, se volvió densa y matérica, atrevida, rica en contrastes de color y texturas.

La materia, la importancia de la materia, como una manera de apropiarse, desde el lienzo, de la naturaleza íntima del paisaje, y como una postura para distanciarse y colocarse frente a algunos tópicos de las vanguardias; una posición no muy alejada de las ideas de Benjamín Palencia cuando afirmaba: “El blanco de cal, y el rojo de arcilla, de España, son más materia pictórica que el blanco y el rojo de un semáforo de estación”. Aunque es de justicia señalar aquí que Gómez Cano nunca fue muy dado a dejarse influir por teorías del arte o por cuestiones ajenas al propio acto de pintar.

Pantano del Cenajo, una mirada al paisaje, sí, pero incorporando procedimientos y formas valientes y arriesgadas, libres. Una manera de mirar, de involucrarse en la pintura, que el murciano hará extensiva a otros lienzos, a otros géneros pictóricos, en los que dejará aflorar, con determinación, ese espíritu, que podríamos tildar –pidiendo perdón anticipado– de casi romántico del pintor.

Y es que Antonio Gómez Cano reúne varias facetas –su personalidad poco acomodaticia, su interés por la naturaleza, el paisaje y la figura humana– que me han evocado a un gran pintor, este sí, plenamente romántico: Caspar David Friedrich. Cómo olvidar aquel paisaje de las Minas de Portmán, pintado por el murciano en 1976, en el que bien podría haberse fundido El Anillo de los Nibelungos.

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