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Murcianos de dinamita

Mercedes Imbernón: la segunda oportunidad de una autora que observa el mundo

Mercedes Imbernón.

Mercedes Imbernón. / Ana Martín

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Pascual Vera

Pascual Vera

Hay trayectorias que no nacen de un plan, sino de una escucha. De una atención paciente a lo que la vida va dejando caer, casi sin avisar. La de esta autora y creadora escénica pertenece a esa clase: los que llegan tarde, pero llegan hondos. Ella misma lo dice sin dramatismo, con una lucidez serena: buscaba algo sin saber que lo buscaba.

Siempre tuvo Mercedes un contacto natural con la cultura, no como profesión sino como forma de estar en el mundo. En su juventud no había en Murcia una escuela de arte a la que acudir, ni un contexto que invitara a imaginar el futuro. La vida la llevó hacia trabajos alejados de la creación, aunque algo seguía latiendo por debajo, esperando su momento.

Ese momento llegó sin premeditación. A través del teatro aficionado, del contacto con actores formados en la Escuela de Arte Dramático, de la escritura casi intuitiva de pequeños textos, sketches, ideas sueltas. Fueron otros quienes primero le pusieron nombre a lo que ella hacía sin saberlo: "Estás haciendo dirección escénica", le dijeron. Y casi por casualidad —sin preparación, sin estrategia— se presentó a una prueba. La aprobó. Y ahí empezó a abrirse una segunda vida.

La formación en dirección escénica no fue un mero descubrimiento, sino un reconocimiento: aquello que ya estaba en ella encontró, por fin, un lugar donde desplegarse. Disfrutó la carrera, el proceso, la técnica, pero sobre todo el lenguaje. A partir de ahí comenzaron a aparecer las obras, los guiones, los cortometrajes. Y también una obsesión creativa que atraviesa todo su trabajo, aunque ella no la buscara conscientemente: la relación del ser humano con la tecnología y el aislamiento contemporáneo.

Desde Alta gama (2018) hasta El andén de Rubén o Santuario, sus piezas audiovisuales construyen una especie de trilogía involuntaria donde aparecen mujeres robot, máquinas con las que se dialoga, vínculos mediados por pantallas, soledades silenciosas. No desde el discurso experto ni desde la denuncia explícita, sino desde la observación cotidiana. "No dramatizo —dice—, sigo creyendo en la luz". Y esa luz, profundamente mediterránea, atraviesa sus trabajos incluso cuando habla de transhumanismo, poder o deshumanización.

El teatro ocupa otro lugar esencial en su trayectoria. En El aspirante, su obra más ambiciosa hasta ahora, se atreve a hablar del poder en términos radicales: un obrero que se ofrece a convertirse en el perro de un empresario. La metáfora es tan inquietante como precisa. Ahí confluyen sus grandes temas: la dominación, la precariedad, la obediencia, el cuerpo como mercancía… El texto nace de una imagen cotidiana —una mujer cuidando a su perro con más mimo del que muchas personas reciben— y se convierte en una reflexión feroz sobre el presente.

Su relación con la creación es total. Se implica hasta el límite, y quizá por eso ha sabido detenerse cuando no podía continuar. Una enfermedad grave, una jubilación prematura, una crisis personal marcaron también su camino. Mercedes lo asume como parte de la verdad: crear fue, en muchos momentos, una forma de volver a enfrentarse a la vida.

Hoy sigue escribiendo, observando, tomando notas. Sin prisa. Sin obligación. Hablar de la mujer, del cuerpo, del poder, de la tecnología... No le interesa el testimonio fácil ni el mensaje prefabricado. Si hace teatro, quiere que sea teatro. Si escribe, que sea porque algo ha madurado lo suficiente y fructificado en ella.

Quizá por eso su obra transmite esa sensación rara y valiosa: la de alguien que no crea para ocupar un lugar, sino para entender el mundo y compartir la pregunta que les preocupa.

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