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Conciertos

Luz Casal, luminosa madurez de una voz sin ataduras

La cantante gallega clausura el 56º Festival de San Javier con un recital de dos horas marcado por la libertad artística, la elegancia y la fuerza de su voz

La cantante Luz Casal en el Festival de Teatro, Música y Danza de San Javier.

La cantante Luz Casal en el Festival de Teatro, Música y Danza de San Javier. / Pepe H.

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En el Auditorio de San Javier no cabía un alma más, las entradas estaban agotadas desde hacía semanas para esta clausura del 56º Festival de Teatro, Música y Danza. Fue una feliz decisión por parte de los organizadores encargarle el cierre a Luz Casal, intérprete grande donde las haya, que llenó de gozo y emoción las dos horas de su recital.

Desde el primer acorde dejó claro el tono de la noche: elegancia, sobriedad escénica y un directo con garra, trazando un mapa sentimental y sin ataduras.

Luz ha regresado a los escenarios con Me voy a permitir, el trabajo más ecléctico, libre e inclasificable de toda su trayectoria, donde además de hacer suya la elegante chanson francesa y el cálido cancionero latinoamericano, se muestra como cronista de lo cotidiano y como la rockera indómita que jamás renunció a su esencia. Lejos del artificio y guiada únicamente por su instinto, combina en ese disco un repertorio propio con interpretaciones de autores como Amália Rodrigues.

La voz como epicentro

A lo largo del recital fueron brotando composiciones emblemáticas como No me importa nada, que dedicó a las mujeres, o Loca, reinterpretadas por Luz de forma minimalista, acompañada de guitarra acústica, piano y pocas florituras más, o las tres imprescindibles con las que cerró el recital entre ovaciones: Negra sombra (emocionante el poema de Rosalía de Castro interpretado en gallego con el apoyo de un acordeón), Piensa en mí (sostenida únicamente por las cuerdas de las guitarras y el bajo) y la ochentera Te dejé marchar, que puso el broche al concierto y al festival, mientras se disparaban los fuegos artificiales, y Luz hacía una reverencia de agradecicimento.

El escenario, despejado en el centro -donde se situó ella-, parecía pensado para que Luz pudiera moverse con libertad, bailando a veces como una Isadora Duncan, A la izquierda, la sección rítmica —bajo y batería, encerrada en una mampara— ; a la derecha, guitarras y teclados.

El público rompió en una sonora ovación cuando resonaron las primeras notas de ¿Qué has hecho conmigo?, energizante tema de corte rock que inició el concierto. Siguieron A cada paso y Volver a comenzar, también pertenecíentes a Me voy a permitir. Poco después llegó Sentir -con esa guitarra trémolo que le confirió un cierto aire lynchiano-, Entre mis recuerdos -uno de esos momentos en los que la voz de Luz parece detener el tiempo-, y No me importa nada.

Gran parte del recital estuvo dedicada al nuevo disco, cuyo título explicó la cantante gallega reivindicando su libertad para hacer lo que le da la gana (presentó la canción que lo nombra con un arranque casi heavy metal). Además de la adaptación al castellano del fado de Amália Rodrigues Lágrima, también cantó Bravo, del mexicano Luis Demetrio, que introdujo revelando que nunca había cantado a un sentimiento que ella asegura no haber experimentado: el odio. Lástima que dejó fuera Ella, de Aznavour. Y aunque arrancó el concierto con un trío de canciones menos conocidas en lugar de abrir con uno de sus grandes éxitos, finalmente dio al público lo que esperaba escuchar.

Un repertorio entre el rock y la canción

Entre pop sofisticado, rock de raíces y reinterpretaciones de blues y soul, cada arreglo minimalista privilegiaba la voz, que se alzó como epicentro absoluto. La instrumentación acompaña, dialoga y a veces susurra, pero nunca compite: un encuentro de almas a través de notas, silencios y armonías que se sostienen con delicadeza y precisión. Teclados, piano y órgano son capaces de crear atmósferas que acarician sin invadir.

Luz ha sabido reinventarse sin perder su voz característica: esa mezcla de raspadura emocional y elegancia, sin asperezas innecesarias, expresiva sin excesos, con un timbre que combina vulnerabilidad y autoridad. Su fraseo se alarga con intención, la respiración aparece como parte del groove, y los silencios adquieren peso. En resumen, esa voz, ancla y enlace, no busca sorprender con filigranas, sino conmover con presencia y sinceridad. Su capacidad para fusionarse sin diluirse es clave.

El recital se desplegó como un carrusel de confesiones íntimas; la orquestación, deliberadamente minimalista —cuerdas suaves y guitarras limpias—, hizo que la tensión lírica resonara sin estridencias. La instrumentación contenida concedía a cada melodía y diálogo vocal el espacio que necesitaba para respirar, y la voz, firme y resonante, demostró madurez y poderío, recorriendo con elegancia y convicción las canciones de esta ‘jovenzuela’ eterna y digna. A ella lo que le importa es subirse a un escenario, y casi besar el micrófono mientras canta. Lo demás es secundario. Vive el rock de la forma más clásica. Es ya una de las pocas que quedan de su especie y dice disfrutar ahora de su carrera más que nunca. Se pudo comprobar.

Actitud y clase sobre el escenario

Con una presencia escénica magnética y desafiante, Luz huyó de la pura nostalgia defendiendo con orgullo tanto su material reciente como sus himnos históricos. alternando temas contundentes con momentos de profunda cercanía emocional en clásicos inolvidables. Un concierto suyo es algo más que una sucesión de canciones. Hay un factor imprevisible, una bomba de relojería que puede explotar en cualquier momento..

Cruda, enérgica y directa, la dama del rock luce y suena increíble. Sus interacciones con el público provocaron vítores y muestras de cariño, que ella recibía con buen humor antes de retomar su repertorio. Se llevó el gato al agua con Un nuevo día brillará, poniendo a todo el público a cantar el estribillo. Y si bien era inevitable que interpretara algunos temas menos conocidos, todos estaban allí, entusiasmados, para ella, independientemente de lo que ofreciera. Sabe cómo conectar, y su banda de acompañamiento (Tino di Geraldo, Jorge F. Ojea, Peter Oteo, J.M. Baldoma ‘Baldo’ y Borja Montenegro) era impresionantemente compacta. De las nuevas canciones, destacaron Nada es imposible (inspirada en una historia de superación ) o El Blues de la cebolla (un estilo que la cantante nunca había explorado antes), que tienen el sello distintivo de lo que le hizo ganar su merecida reputación. Y no faltaron los clásicos. El público enloqueció entusiasmado con Rufino y Plantado en mi cabeza. Y además nos regaló Un año de amor, que cantó por primera vez dentro de esta gira

En definitiva, fue una noche protagonizada por una estrella del rock con una mezcla inconfundible de aspereza y dulzura, actitud y anhelo, que agitó su melena, se santiguó, y suena aún más extraordinaria. Sin duda está en su mejor etapa. Es un honor cerrar este festival, dijo despidiéndose con un sencillo "hasta pronto". Alma de diva con chupa de cuero, Luz llegó, cantó y convenció.

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