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Murcianos de dinamita

Enrique Leante, una vida detrás de la pantalla

Enrique Leante.

Enrique Leante. / Ana Martín

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Pascual Vera

Pascual Vera

Mientras el público miraba la pantalla, Enrique Leante Nicolás miraba el origen de la luz. Durante más de cuarenta años fue uno de esos hombres invisibles sin los cuales el cine, sencillamente, no habría existido: el proyeccionista. Su oficio se ejercía en la penumbra, entre máquinas ruidosas, bobinas de celuloide, humo de carbones y una concentración constante que no admitía despistes. Hoy, cuando casi todo es digital y automático, la trayectoria de Enrique es también la crónica de una forma de entender el cine que ha desaparecido.

Nacido en 1949, su vocación nació pronto y casi por casualidad. Un vecino suyo, portero del cine Rex, lo introdujo siendo un chaval en la cabina de proyección. Allí descubrió un mundo tan insospechado como fascinante: proyectores de carbón, bobinas de 35 mm, engranajes y rituales técnicos que convertían una película en un espectáculo vivo. Aquella experiencia lo marcó para siempre. No quería estar delante de la pantalla, sino detrás.

Tras el servicio militar, con poco más de veinte años, entró a trabajar en el cine Avenida. Corría el año 1968 y la sala vivía su etapa de arte y ensayo. Su primera proyección fue Repulsión, de Roman Polanski, un debut que Enrique recuerda como si fuera ayer. En aquellos años, la ley exigía varias personas en cabina: dos operadores, dos ayudantes y un jefe. El cine era industria, pero también artesanía y trabajo en equipo.

A lo largo de su vida profesional pasó por algunas de las salas más emblemáticas de Murcia: el Rex, el Avenida, el Coy, el Rosi, el Medialuna… Cines de gran aforo, con más de mil butacas casi todos, pantallas gigantes, neones y vestíbulos donde el público comentaba las películas tomando café tras el último pase. Enrique fue testigo de colas interminables, de estrenos memorables y de una auténtica cultura cinematográfica hoy casi olvidada.

El trabajo del proyeccionista era duro y meticuloso. Cada lunes había que montar bobinas, preparar el NO-DO -la dictadura franquista siempre vigilante-, la publicidad y los tráilers. Durante la proyección, vigilar que los carbones no se pegaran, ajustar el arco eléctrico, comprobar el enfoque y estar atento a cualquier rotura del celuloide. Un fallo podía detener la película ante cientos de espectadores. No había margen para el error.

Desde la cabina también observó el pulso social y político del país. Vivió avisos de bomba durante la proyección de documentales incómodos para el régimen: Canciones para después de una guerra o El crimen de Cuenca. Presenció reacciones extremas del público ante películas como Helga, el milagro de la vida o Emmanuelle, con espectadores desmayados y colas que daban la vuelta a la manzana. El cine era provocación, deseo, debate y catarsis colectiva.

Enrique asistió además a la gran transformación técnica del medio: del carbón al xenón, de las bobinas pequeñas a las continuas de 5.000 metros, del 35 al 70 mm. Proyectó títulos como 2001: Una odisea del espacio, Lawrence de Arabia o La Biblia, que le convencieron para siempre de que el cine lo es más si se proyecta en una pantalla grande.

Cuando cerraron muchos cines, siguió proyectando donde requirieran sus servicios: autocines, cines de verano, centros culturales. Incluso ya jubilado volvió a manejar proyectores de carbón para salvar una proyección de Titanic en un cine de verano de Jumilla, cuando casi nadie recordaba ya cómo se hacía.

Hoy, Enrique Leante defiende con pasión que el cine no desaparecerá. Que la experiencia de la sala oscura, el silencio y la pantalla inmensa no nos dejará. Su vida, dedicada a que otros soñaran durante dos horas, es la prueba de que el cine fue —y sigue siendo— mucho más que una película: una forma de vivir y sentir la vida.

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