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Murcianos de dinamita

Esteban Linares, el pintor que mira Murcia desde arriba

Estetban Linares.

Estetban Linares. / Ana Martín

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Pascual Vera

Pascual Vera

En una cafetería cualquiera, mientras dos cortados descafeinados se enfrían sobre la mesa, Esteban Linares habla de pintura como quien habla de una vieja costumbre familiar. Y, en realidad, para él lo es. Su relación con el arte no comenzó en una academia ni en un museo, sino en casa, observando a su padre —empleado del Banco Central— mancharse las manos de óleo cada tarde al volver del trabajo. Aquel ritual cotidiano fue, sin que el niño lo supiera, su primera escuela.

Antes de cumplir cinco años, su padre le puso delante una plumilla y un tintero y le pidió que dibujara una niña vestida de primera comunión. El resultado gustó tanto que acabó convertido en el recordatorio de la comunión de su hermana mayor. Linares recuerda ese episodio como algo más que una anécdota: los elogios y el asombro de los adultos le dieron una seguridad temprana que nunca abandonaría.

Creció entre estudios improvisados repartidos por distintos barrios de Murcia: Los Ramos, la carretera de Alcantarilla, El Palmar o un ático en San Bartolomé. En el instituto encontraba en el dibujo un territorio donde todo encajaba. Incluso empezó a ganar sus primeras monedas: por una peseta hacía dibujos a sus compañeros.

En los años setenta se marchó a Valencia para estudiar Bellas Artes. Como tantos jóvenes artistas, pensaba vivir exclusivamente de la pintura, pero la realidad económica se impuso. Animado por su mujer, se presentó a oposiciones y terminó siendo profesor de enseñanza media. La estabilidad le dio algo que considera esencial: independencia.

Su evolución artística refleja también un momento histórico. Tras una formación académica clásica, que de joven cuestionó y con los años agradeció, se dejó atraer por la pintura contemporánea que comenzaba a consolidarse en España a principios de los ochenta. La influencia de exposiciones y artistas vinculados a galerías como la de Juana Mordó lo condujo hacia la abstracción informalista: materia, mancha y composición.

La figura regresó de manera progresiva. Primero insinuada, luego cada vez más reconocible. Linares encontró su territorio en una figuración personal, situada entre lo abstracto y lo descriptivo. Su obra se volvió identificable: paisajes urbanos, vistas elevadas, ciudades reconstruidas desde la memoria. No pinta la realidad tal como es, sino como la recuerda.

Murcia aparece de forma constante en su trabajo. Le interesa la ciudad no solo como espacio físico, sino como relato. En sus escritos ha narrado episodios históricos como la visita de Isabel II, el hundimiento del depósito de aguas de 1923 o la riada de Santa Teresa de 1879. Incluso abrió un blog donde escribe pequeñas narraciones históricas, a medio camino entre la documentación y la ficción, con la intención de devolver vida a lugares y sucesos.

Su pintura persigue algo similar. No busca el monumento, sino el ambiente: tejados, calles vistas desde arriba, rincones reconocibles sin ser exactos. El espectador tiene la sensación de haber estado allí, aunque no pueda señalar el punto preciso en el mapa. La suya es una ciudad emocional. Y una ciudad que emociona.

Linares no idealiza la figura del artista bohemio ni oculta la dificultad de vivir solo de la pintura. Quizá por eso su obra transmite serenidad. No hay gestos heroicos, sino una mirada sostenida en el tiempo.

Su trayectoria parece resumirse en una escena final: el día en que abrió su propio estudio y entregó a su padre un juego de llaves. Aquel hombre acudía allí por las mañanas a pintar. Más que un taller, era una continuidad. Como si la pintura, en lugar de empezar, simplemente hubiera seguido su marcha natural.

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