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Galería regional | Cuadros para una exposición (Sala tercera)

María José Contador: Estambul al otro lado del cristal

CUADRO 'YILDIZ CAFÉ'.'

CUADRO 'YILDIZ CAFÉ'.'

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Pedro Manzano

Pedro Manzano

«…Al fondo / como la estampa de un cuento / empezó a dibujarse la ciudad. / Olía a marisco. Apuré la ginebra / que me quedaba. En el poniente / flotaba un vaho de cristales / fríos y dorados. / Era Istambul. La ciudad deseada. / Mucho en mí corazón por largos años / me había llamado desde esa palabra. / La historia, los relatos / de amigos, pinturas, libros; lo que yo deseaba / hallar en algún sitio: una especial / mixtura de exotismo, belleza y abandono donde / perderme»

José María Álvarez. Soleils Couchants

Entre los años 2003 y 2005, la pintura de María José Contador nos mostraba su fascinación por recoger en sus cuadros escenas de interiores, situaciones y momentos en los que el tiempo parecía haberse detenido. Atmósferas densas, espacios angostos y cerrados, pero en los que siempre se abría una luminosa ventana al exterior de la estancia. Espacios en los que era posible rastrear la huella humana y, simultáneamente, su ausencia. Y, siempre en primer plano, como mudo testigo del paso de las horas, la mesa. La mesa y los objetos dispuestos sobre ella, que nos revelan y nos muestran que esos espacios han sido y están siendo habitados y vividos: cigarrillos humeantes en el filo del tablero, copas y vasos, incluso naturalezas muertas que parecen encontrarse en estado de abandono. Un planteamiento que la artista hizo extensivo en las pinturas que presentó, en 2017, en el Ático del Muram.

En 2005, María José Contador nos hizo partícipes, en una exposición celebrada entre junio y agosto en Cartagena, en la Galería Bambara, de las impresiones de un viaje que realizó a los confines del Mediterráneo, a Estambul. La muestra se denominó Té Turco y se articuló a través de una serie de piezas que, sobre todo, hacían referencia a interiores de cafés de la ciudad otomana –esos espacios preferidos para el ocio por la sociedad turca–. En esta obra, Yildiz Café, aquellas puertas y ventanas, que se abrían al exterior en otros cuadros de la cartagenera, han sido sustituidas por un juego de reflejos especulares que dan protagonismo absoluto a estas cristaleras que nos permiten observar, a su través, las fachadas y establecimientos de una calle. El popular Yildiz Café es un espacio público donde confluyen parroquianos habituales y turistas –visitantes esporádicos a esa exótica urbe de cuento que abre las puertas del Bósforo–, y estaba, está –aunque puede que, como el fulgor de las estrellas a las que alude su nombre, su luz se haya multiplicado y franquiciado tanto que carezca de su encanto y calidez primigenia–, ubicado en Miralay Nazim SK Número 11, una concurrida arteria del barrio –madraza– de Caferâga, en Estambul; un barrio que se extiende por una de esas pequeñas penínsulas que se van abriendo al estrecho que une el Mar de Mármara al Mar Negro; un barrio rebosante de vida, cercano a la Mezquita Azul y a Santa Sofía; un barrio que se caracteriza por ser un centro de arte y artesanía tradicional.

MARÍA JOSÉ CONTADOR.

MARÍA JOSÉ CONTADOR. / JAVIER LORENTE.

En este óleo sobre lienzo vemos el interior del café, y la mesa que ha ocupado el protagonista ausente –suponemos que pronto volverá a ocupar esa silla, ligeramente ladeada, y se sentará frente a la taza de té que acaban de servirle–. Quizá el personaje –puede que la propia pintora– que ha pedido que le sirvan este té turco, se ha levantado momentáneamente para volver a contemplar, por segunda vez, más detenidamente, alguno de los cuadros que, habitualmente, solían exponerse en el Yildiz Café; o se ha acercado a la puerta del establecimiento a observar, al caer la tarde, la cercana vista de las cúpulas y minaretes de las Mezquitas del Sultán Ahmed o de Ayasofya, tintadas de oro por el sol poniente. Aunque también es muy posible que, sencillamente, se haya levantado para fotografiar el lugar y el momento, interesada, atraída y subyugada por esa superposición de letreros que se funden en los cristales del Yildiz Café, consciente de haber encontrado lo que podría ser otro buen motivo para crear una nueva propuesta plástica; otro momento del viaje digno y apropiado de ser compartido y recordado.

Yildiz Café. Estambul, la ciudad deseada, la materialización de un sueño… Estambul. Un vaho tenue en el cristal de una taza, un tono intenso de rojizo ámbar, el sabor penetrante del té… Un hermoso cuadro… Un juego de espejos y reflejos, de colores y aromas, que ayudan a detener el tiempo. Silencio y recogimiento… Ausencia… O, por ajustarnos a esta ocasión, la pintura, el arte, la poesía, como una burbuja que nos permite aislarnos del ruido del mundo y olvidar, siquiera un instante, que apenas unos metros más allá de cada uno de nosotros la vida discurre ajena a personales aspiraciones y deseos… Sí, contemplamos esta obra, este óleo, este interior del Yildiz Café, y esa mirada nos hace tomar conciencia –como individuos que somos– de la importancia y pervivencia de la huella humana y, simultáneamente, del valor de su ausencia.

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