Costa
Tras los pasos de Rabal por Cabo Cope
Una escapada por Cuesta de Gos, Cabo Cope y Calabardina permite descubrir el paisaje en el que nació y vivió Paco Rabal, pero también algunas de las calas más singulares del litoral de la Región de Murcia

Vistas del litoral Aguileño. / Rubén Juan Serna
Rubén Juan Serna
Hay una imagen que se repite cuando uno llega a Cabo Cope desde Cartagena. La carretera atraviesa los túneles y, al salir de ellos, el paisaje se abre de golpe. Aparecen los campos, las montañas de la Sierra de la Almenara, el mar al fondo y, dominándolo todo, la imponente silueta de Cabo Cope. Desde algunos puntos parece un enorme dragón tumbado frente al Mediterráneo. Es uno de esos paisajes que cambian completamente dependiendo del día: con buena luz, el azul del agua destaca sobre las montañas; los días nublados le dan un aspecto más áspero y, cuando aparece la niebla, la sierra adquiere un aspecto casi sobrecogedor. Las montañas impresionan y, quizá, esa sea la primera sensación al llegar: antes incluso de acercarse a las calas, uno entiende que está entrando en un territorio diferente.
El mes de agosto obliga a buscar lugares donde escapar de las altas temperaturas. Muchos murcianos pasamos las vacaciones en nuestra propia Región y, precisamente por eso, descubrir rincones diferentes puede convertirse en una buena alternativa a los destinos habituales. Águilas está en una esquina de la Región y, quizá por su distancia respecto a Murcia capital, sigue siendo menos conocida para parte de los murcianos que otros puntos del litoral. Pero ahí está Cabo Cope. Durante un par de días he recorrido este rincón de la Región, he caminado temprano, me he bañado en sus calas, he hecho fotografías con mi Olympus, he comido frente al mar en Calabardina y he seguido algunos de los lugares vinculados a Paco Rabal, cuando se cumplen 25 años de su fallecimiento. Después de hacerlo, cuesta entender que haya murcianos que todavía no conozcan este paisaje.
Agosto al otro lado de los túneles
La llegada por carretera ofrece una de esas imágenes que justifican por sí solas el viaje. Después de atravesar los túneles, el paisaje se abre y la sierra parece conducir hasta el mar. Cabo Cope aparece al fondo, separado de las zonas urbanizadas y con una presencia que domina todo el entorno. Es difícil no detener la mirada y más difícil todavía no querer acercarse. Cabo Cope forma parte de uno de los espacios naturales más importantes de la Región y conserva una costa muy diferente a la de las grandes playas turísticas. Aquí abundan las pequeñas calas, los fondos rocosos y las aguas transparentes.
No todas son playas de arena fina. Muchas tienen piedra, accesos menos cómodos y menos servicios. Precisamente ahí reside buena parte de su encanto. En agosto, además, el calor obliga a organizar las visitas con cierta lógica. A las ocho y media de la mañana ya estaba caminando junto a mi anfitriona Maica Mula por los alrededores de la Torre de Cope. Más tarde, con las temperaturas que alcanza esta zona en verano, el paseo resulta bastante menos recomendable. La propia información de los senderos advierte de las dificultades que pueden presentar estos recorridos durante las horas centrales del verano.

Un grupo de personas disfrutan de un baño. / Rubén Juan Serna.
La Torre de Cope recuerda que este paisaje, mucho antes de convertirse en destino de vacaciones, fue también un territorio que había que vigilar y defender. Desde aquí se entiende mejor la relación entre las montañas y el Mediterráneo y la importancia estratégica que tuvo esta costa. Caminar a primera hora permite además descubrir otra versión de Cabo Cope. Hay menos gente, apenas ruido y el paisaje parece recuperar durante unas horas algo de la soledad que probablemente tuvo durante siglos.
Voy con la cámara encima, como suelo hacer cuando salgo a recorrer un lugar. La Olympus termina convirtiéndose en otra compañera del viaje. Fotografío las montañas, las calas, el mar y los pequeños detalles que aparecen durante el camino. También hay tiempo para bañarse. En una de las pequeñas calas de la zona, junto a un camping y frecuentada por nudistas, encuentro precisamente lo que buscaba en esta escapada: agua, tranquilidad y naturaleza. El baño desnudo, sin más compañía que el paisaje, tiene algo especialmente agradable en un lugar como este. No hace falta hacer mucho más: estar allí, nadar y volver a la toalla.
Un paisaje para cuidar
Durante el recorrido paso por Cala Blanca y por la cala Encarná, la primera perteneciente al término municipal de Lorca, aunque integrada en el entorno natural de Cabo Cope. Son calas que requieren otra forma de entender el turismo. No se trata de llegar, instalar y dejar detrás todo lo que uno ha llevado. El atractivo de estos lugares depende precisamente de que sigan conservando su carácter. No dejar basura, respetar los caminos, evitar alterar el entorno y procurar que nuestra presencia deje el menor rastro posible debería ser una obligación básica.
Porque Cabo Cope tiene algo que cada vez resulta más difícil encontrar en el litoral mediterráneo: una cierta sensación de territorio salvaje. El contraste se aprecia todavía más cuando uno compara estas pequeñas calas con lugares como Los Cocedores o la playa de La Carolina. Son playas magníficas, con arena y accesos más cómodos, pero también mucho más concurridas durante el verano. En Cabo Cope ocurre lo contrario y quizá esa sea precisamente su mayor riqueza. Por eso recomendar este lugar debería hacerse con una condición: venir, sí, pero no todos a la vez.
La tierra de Paco Rabal
A medida que uno se aleja del mar aparece otro paisaje. La Cuesta de Gos está escondida en un valle y tiene poco que ver con la imagen que cualquiera pueda tener asociada a una estrella internacional del cine. Aquí nació Paco Rabal. Uno de los paneles informativos instalados en la zona recoge una frase del propio actor: "Nací en la Cuesta de Gos, murciano coto minero, cerca del pueblo de Águilas, donde tiene su ayuntamiento". Y el lugar ayuda a entenderla.
La Cuesta de Gos fue un antiguo coto minero, con explotaciones de hierro y galena. Los paneles explican la importancia de la minería en la zona y muestran imágenes históricas de unas instalaciones que hoy resultan difíciles de imaginar cuando uno contempla el paisaje. Aquí pasó Paco Rabal sus primeros años, en una familia humilde y en un entorno en el que tuvo que trabajar y ayudar a los suyos antes de marcharse de Murcia. Después llegarían el teatro y el cine, y con ellos una carrera que acabaría convirtiéndolo en uno de los grandes actores españoles del siglo XX.

Una fotografía desde una cala en Águilas. / Rubén Juan Serna
Pero en la Cuesta de Gos todo aquello parece todavía muy lejano. Aquí no está el Paco Rabal de las fotografías, los premios y las películas. Está el paisaje en el que fue un niño. Y quizá por eso resulta más interesante llegar hasta aquí que limitarse a leer una biografía.
Hay otra historia que inevitablemente aparece al recorrer la Cuesta de Gos. Cuando Paco Rabal murió en 2001, sus cenizas fueron trasladadas hasta este lugar y depositadas bajo un almendro, cerca de donde había nacido. Durante aquellos días, miles de personas se acercaron a despedirlo. Años después, sus restos fueron trasladados al cementerio de Águilas, donde descansan junto a los de Asunción Balaguer. Pero la Cuesta de Gos sigue formando parte de esa historia, quizá porque una tumba es un lugar donde reposan unos restos, mientras que un paisaje puede permanecer asociado a una persona durante mucho más tiempo.
Calabardina
Desde la Cuesta de Gos vuelvo hacia el mar. Calabardina es otra de las paradas inevitables. Paco Rabal tenía allí una casa y aquel lugar fue durante años uno de sus refugios junto al Mediterráneo. Por allí pasaron también algunos de sus amigos, entre ellos Rafael Alberti. Pensar que Alberti estuvo en aquella casa, compartiendo días con Rabal y Asunción Balaguer, mientras uno recorre hoy las mismas calles y contempla el mismo mar, introduce una dimensión curiosa en el viaje.
Pero lo más interesante es que la relación de la familia Rabal con Calabardina no pertenece únicamente al pasado. En el pueblo acaba de abrir Bonita, una cantina impulsada por Guevara Rabal, nieta del actor. Allí paro a comer: burritos, ensaladas, croquetas y una cocina sencilla disfrutada prácticamente frente al mar. Un restaurante nuevo, sin ninguna solemnidad especial, pero con algo que inevitablemente llama la atención cuando uno llega siguiendo los pasos del abuelo de quien lo ha puesto en marcha.
Mi contacto con Guevara, como corresponde a los tiempos que vivimos, se ha producido a través de Instagram. Y me parece una manera bastante contemporánea de continuar una historia familiar que comenzó mucho antes de que existieran las redes sociales. Además, hay una asociación inevitable. Bonita. La palabra lleva directamente a uno de los personajes más recordados de Paco Rabal: Azarías, el protagonista de Los santos inocentes, que llamaba "milana bonita" al ave que cuidaba. No hace falta convertir la coincidencia en una gran metáfora. Basta con estar allí, comer frente al mar y recordar durante unos minutos aquella interpretación de Rabal. El apellido sigue estando en Calabardina, no en un museo, sino en un restaurante y en una nueva generación de la familia.
Más allá de la Región
La escapada me lleva también unos kilómetros más allá de Murcia, hasta la zona de Terreros y el Pozo del Esparto, donde paro a comer en el restaurante La Frontera y continúo haciendo fotografías. El paisaje vuelve a cambiar, pero mantiene algo de ese carácter de costa poco domesticada. Playas de piedra, pequeñas calas y construcciones que contrastan con las grandes zonas turísticas.
Después de dos días, la conclusión es bastante sencilla. No hace falta salir de Murcia para encontrar lugares capaces de sorprender. Tampoco hace falta convertir cada escapada en una operación turística. A veces basta con madrugar, coger la cámara, caminar un poco, buscar una cala, darse un baño y sentarse después a comer frente al mar.
Y Cabo Cope ofrece todo eso. Pero también ofrece algo más: una historia que empieza mucho antes de Paco Rabal y continúa después de él. Las montañas de la Almenara, las antiguas minas de la Cuesta de Gos, la Torre de Cope, las fuentes, las calas, los antiguos caminos y el Mediterráneo forman un paisaje que ha ido acumulando historias durante siglos. Rabal es una de ellas.
Este 2026 se cumplen cien años de su nacimiento y veinticinco de su muerte. Su pueblo lo recuerda y su familia mantiene todavía vínculos con esta tierra. Pero después de recorrer estos lugares tengo la sensación de que para acercarse a Paco Rabal no hace falta buscar únicamente sus películas, sus fotografías o los homenajes que se organizan en su memoria. También sirve venir aquí, llegar desde Cartagena y salir de los túneles para encontrarse de golpe con Cabo Cope, ver cómo la montaña cae hacia el mar, caminar temprano por la Torre, bañarse en una cala, subir hasta la Cuesta de Gos y contemplar el lugar donde nació, comer en Calabardina frente al mismo Mediterráneo que tantas veces tuvo delante y regresar después a casa.
Quizá esa sea una de las mejores maneras de entender que, 25 años después de su muerte, Paco Rabal sigue estando allí. No necesariamente en forma de monumento, sino en el paisaje. Y eso, probablemente, es bastante más difícil de borrar.
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