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Galería regional | Cuadros para una exposición (Sala tercera)

José Hurtado Mena: Una ciudad pintada de recuerdos

Murcia oeste (Desde la torre). Óleo sobre lino.

Murcia oeste (Desde la torre). Óleo sobre lino. / José Hurtado Mena

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Pedro Manzano

Pedro Manzano

Una calle murciana, Calle de Las Balsas. Un estudio de pintores, Calle de Riquelme. Y la Calle de La Platería.

Luis Garay. Una época de Murcia

En esta breve cita Garay nombra alguna de las calles en las que discurre la vida de su ciudad y, también, donde en distintos actos, o momentos, se define toda una época de Murcia. En uno de esos actos, o momentos, tres de sus más queridos amigos deambulan por la Calle Platería: Juan Guerrero Ruiz, al que describe vistiendo de negro, pero no de luto, mientras repasa un libro de cubiertas amarillas; el poeta Andrés Sobejano, también de oscura vestimenta negra, y barbado como el primero; completa el grupo José Ballester que, con rostro de joven príncipe, escucha atento la lectura de Guerrero. La ciudad, algunos señalados lugares de la ciudad, como parte indiferenciada de lo recordado, de lo vivido.

José Hurtado Mena nos propone con la obra Murcia Norte (Desde la Torre) un minucioso mapa de un territorio que conoce –y siente– profundamente. Un mapa capaz de posibilitar y sugerir uno o varios posibles itinerarios por la ciudad de Murcia. Un cuadro que formó parte de la exposición ‘Caminando Entre Paisajes’ que se expuso en la Sala Alta del Real Casino de Murcia en septiembre de 2025. Un cuadro que es, a la vez, parte de esa serie de marcas en el paisaje que constituyen secuencias, hitos, del recorrido personal de un pintor que ama su ciudad tanto como al territorio que la envuelve. Mirada y memoria.

En esta vista de la Murcia Norte, contemplada desde la Torre de la Catedral, Hurtado Mena deja bien patente su devoción por esa minuciosidad descriptiva en la que la pincelada sugerente, ágil y exacta, sustituye la rigidez de la línea; por esa paciencia a la hora de observar cambios en la luz y el color en las geometrías urbanas, en la atmósfera que rodea construcciones y edificios, en los huertos, campos y sierras que rodean la ciudad… Temas que tanto definen sus propuestas. También aflora en esta vista de Murcia el lento proceso de maduración que Hurtado Mena aplica a su proceso de trabajo y a los resultados de su obra. Sus cuadros requieren contemplarse con paciencia y atención, porque siempre es posible encontrar en ellos ese imprevisto, esa nota que, pudiendo parecer discordante, o fuera de lugar el libro abandonado en el banco del jardín, esas casi agostadas hojas de parra protagonizando el lienzo, justifica la composición y facilita que la obra –el resultado final– permanezca en nuestra memoria. Mirada y memoria. No creo desvelar un secreto si apunto que Antonio López o Gaya son un claro referente en la trayectoria de José Hurtado; referente que es fácil observar en algunas de sus muestras, tanto en esta última anteriormente citada, como en la que celebró en 2019 en el Almudí: El Huerto de la Vida, un elogio del jardín, del huerto, de ese hortus conclusus mediterráneo, de esa herencia –cada vez más mermada– que tanto ha contribuido a conformar el carácter del murciano.

Paisajes que no son sino fragmentos de espacio y memoria. Paisajes, a veces más entrevistos y evocados que reales –a pesar de esa exactitud y precisión en el dibujo que puede hacernos perder de vista lo esencial y demorarnos en exceso en la apreciación del detalle–. Sí, es por todo esto por lo que las obras de Hurtado Mena deben contemplarse sin esquemas preconcebidos, sin prisas ni impaciencia.

Aunque para mí tiene otras dos importantes connotaciones esta vista de Murcia Norte. La primera es que obvia el lugar común de cerrar la perspectiva de la urbe murciana con la Torre catedralicia de fondo, y es, desde ese punto de vista, desde esa mirada tan poco común, desde donde adquiere todo su significado esta pintura, que lejos de cerrarse con un potente hito arquitectónico, se abre a las sugerencias que imponen los elementos representados en la lejanía. Pero es también, en segundo lugar, como si Hurtado Mena hubiera decidido homenajear a un pintor murciano, tan profundamente enraizado en la tradición más atrevida y la excelencia, como es Luis Garay. Y que esta vista de los terrados de la Murcia Norte, donde es fácil distinguir la cúpula del Casino, o la del edificio que albergó la Sociedad de Cazadores, la sugerida subida de la Calle de Correos, la Plaza e Iglesia de Santo Domingo, La Casa Cerdá, La Avenida Alfonso X y, al fondo, el poblado valle y la huerta contenida por los toques azulados que sugieren las sierras de la Espada y la Pila… pareciese ser un guiño al pintor de Nonduermas. Un guiño a Garay. A esos tonos contenidos a los que Garay recurría para mostrarnos los Tejados del Barrio de San Juan, o esas vistas del Convento de las Claras y el Paseo de Alfonso X –la Catedral al fondo, en esta ocasión–, o el Barrio del Carmen… Perspectivas opuestas a las de Garay, pero el mismo amor por el paisaje, por los rincones urbanos por donde discurre la vida. Y los recuerdos de lo vivido por cada uno de nosotros. Quizá habría que atender, y repensar de nuevo, aquellas palabras de otro enamorado del paisaje: Antoni Gaudí, cuando señaló que la originalidad consiste en regresar al origen.

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