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Sal de Música

Tres viajes a los ochenta para una noche de nostalgia y rock

Duncan Dhu, Los Rebeldes y Nacha Pop recorrieron cuatro décadas de música en una velada del festival marcada por los grandes himnos de una generación

Mikel Erentxun celebró el 40 aniversario de Duncan Dhu.

Mikel Erentxun celebró el 40 aniversario de Duncan Dhu. / S.M.

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Fue un viaje nostálgico a los años 80. Y qué nostalgia, contemplando lo que no es sino la plasmación de recuerdos de una época dorada irrepetible para la música. El revival de los ochenta está durando más que los propios ochenta, y es que el tiempo engrandece las cosas, pero no es oro todo lo que reluce, y la noche fue de más a menos. Por otro lado, sabías lo que ibas a ver.

Celebrando cuatro décadas de historia, y eran los más jóvenes, el momento más brillante de la velada llegó al principio, con Duncan Dhu, liderados por Mikel Erentxun, en el marco de la celebración de su 40º aniversario. La banda donostiarra desplegó una acústica impecable y una puesta en escena elegante. Desde las melodías folk-pop de “Cien gaviotas” y “En algún lugar” hasta la atmósfera envolvente de A un minuto de ti (reminiscente de unos Dire Straits aplicados) o Jardín de rosas, su repertorio se sintió como una lección magistral de la historia del pop español.

En la gira DD40 Mikel Erentxun está reviviendo el catálogo de Duncan Dhu. El vuelo eterno de las gaviotas supuso un reencuentro con la memoria colectiva. El ambiente en el recinto se sentía intergeneracional, y aunque la ausencia de Diego Vasallo es notable desde el primer momento, Mikel Erentxun asume el mando con respeto absoluto al legado de la formación donostiarra. Desde los acordes de apertura quedó claro que este no era un concierto más de Erentxun en solitario.

Una banda impecable para un sonido atemporal

El show arrancó rescatando la esencia acústica e influencias rockabilly de sus inicios con la frescura de Capricornio, que sonó sin artificios. Poco a poco, el ambiente se fue transformando: guitarras que chispeaban, teclados que acariciaban, y una complicidad con el público que se hacía cada vez más intensa. Las canciones fluyeron del sentimiento a la celebración dotadas de un toque más rockero y hacia la Americana que Mikel Erentxun ha abrazado en los últimos tiempos. Con Una calle de París el recinto entero se vino arriba. La acústica inicial se transformó rápidamente en un sonido pop maduro y sofisticado conforme avanzaba la noche. Así, sonó con un riff stoniano la versión que hicieron de Mundo de Cristal.

A partir del ecuador del concierto, se sucedieron los éxitos. Sonaron impecables piezas como Jardín de rosas (versión de Lynn Anderson), Rozando la eternidad (en clave harrisoniana), contundente Entre salitre y sudor, hipervitaminada La Casa Azul, una versión de aire country de Esos ojos negros, la atmósfera íntima, melancólica y poética de A tientas y Cien gaviotas, un himno imborrable que demuestra por qué, cuarenta años después, estas canciones se niegan a envejecer.

Mikel interactuaba constantemente con el público, recordando la atemporalidad de unas letras melancólicas e introspectivas que se grabaron en el imaginario colectivo. La recta final fue una comunión absoluta, hasta llegar al estallido emocional de En algún lugar, coreada a pleno pulmón por los asistentes. Himnos que desafían el tiempo salieron disparados como cohetes en medio de la noche. Cuarenta años muy bien llevados, un feliz reencuentro con canciones que marcaron generaciones.

Los Rebeldes.

Los Rebeldes. / S.M.

Se respiraba ambiente festivo. Los Rebeldes inyectaron una dosis instantánea de adrenalina rockabilly; repasaron con solvencia y energía- aunque no muy buen sonido, y con un Segarra algo tocado en la voz - clásicos atemporales como Mediterráneo, con la que abrieron, sacando sus coros a lo Beach Boys, Bajo la luz de la luna y Mescalina, que puso el cierre. La respuesta del público fue inmediata: pies moviéndose al compás y un recinto contagiado del espíritu más puramente roquero desde los primeros acordes.

La banda combinó algunos trallazos de su nuevo EP, Gente Estridente, con temas enérgicos como el reciente Mañana Veremos. Dejaron claro desde el primer minuto que no viven solo de la nostalgia: las influencias del rhythm & blues, el swing y el doo-wop de su último trabajo encajaron con fluidez en su sonido de toda la vida.

Carlos Segarra ejerció de maestro de ceremonias con su sempiterno sombrero cowboy. El concierto alcanzó mayor brillo cuando los solos de saxo de Dani Nel·lo -que también sopló la armónica, e incluso cantó Inmabelle- inyectaron una dosis extra de groove y swing. El show fue un atracón de clásicos incontestables, pura dinamita (Mediterráneo, Harley del 66, Eres especial, Mi generación, Esa manera de andar...), que levantaron al público de manera inmediata; mientras Un español en Nueva York mostró su lado más comercial, y La rosa y la cruz recordaba pasados días de gloria.

En el tramo final, con un guiño a Little Richard, evocaron el espíritu salvaje del primigenio rock and roll, para introducir Rebeca. Mescalina fue el broche definitivo. No hubo grandes discursos, solo la convicción de un grupo que sabe perfectamente quiénes son y de dónde vienen. Quizá ahí reside la clave: después de casi medio siglo, siguen defendiendo el rock and roll con la misma mezcla de rebeldía que les dio nombre.

Tras el huracán rockero, llegó el turno de Nacha Pop. Liderados por Nacho García Vega (como siempre con chaqueta, gafas oscuras y su inseparable Gibson ES-335), saltaron al escenario con Vístete: un arranque eléctrico, intercalando temas de su sonido más enérgico con los matices melódicos que siempre definieron a la banda. Lo avanzado de la noche motivó que Nacho comentara: "En los años 80 salíamos a esta hora".

El recuerdo y la emoción compartida

Nacha Pop fueron ajustando el sonido sobre la marcha, y lo consiguieron con precisión. Como suele ocurrir en sus directos, el añorado Antonio Vega estuvo muy presente. Nacho supo conducir el show con cercanía, abrió las puertas de su memoria, habló de sus heridas ("Vamos a tocar mucha música, pero también vamos a contaros cosas"), y recordó a los músicos que formaron parte de una trayectoria de más de cuatro décadas.

Nacha Pop interpretaron la celebración viva de unas canciones que se niegan a envejecer.

Nacha Pop interpretaron la celebración viva de unas canciones que se niegan a envejecer. / S.M.

Antes de acometer el Northern soul de Tu mejor momento, una de sus intervenciones más personales fue sobre cuando le detectaron un cáncer de pulmón durante una revisión médica, y confesó algo: "Me gustaría más palmar de una hostia en el escenario como la de Mario Vaquerizo." La enfermedad también propició la recuperación de Lo que tú y yo sabemos, un tema de Antonio Vega que se había quedado fuera de los directos.

Canciones que siguen teniendo vigencia y nervio directo como Atrás o El sueño marcaron el pulso de la primera mitad del concierto, pero la decepción también fue evidente: ese concierto de Nacha Pop no quedó para el buen recuerdo. Nacho contó que Antonio Vega continúa estando presente en numerosos momentos de la vida cotidiana de la banda dando paso a una versión desvirtuada de Alta tensión.

Aún peor fue la interpretación de Relojes en la oscuridad, en la que Nacho abandonó el escenario para cambiarse dejando que la cantara el teclista, aunque al principio más parecía que iba a ser instrumental. Un fiasco. Cuando estaba acabando, Nacho regresó sin poder hacer nada para revivirla y tampoco pasó el filtro Una décima de segundo. Mejor les quedó el reggae de Grité una noche. Se refirió después al (des)amor y su experiencia de ir a grabar El momento a Colonia, dando paso a una de las canciones más relevantes compuestas por él: Asustado estoy.

El setlist de Nacha Pop fue una avalancha de clásicos incontestables. Lucha de Gigantes fue uno de los momentos más íntimos y conmovedores del show, pero ningún concierto de la banda está completo sin el himno generacional Chica de ayer ("Esta canción ya no es de nadie; es vuestra”), que volvieron a rescatar al final invitando a un puñado de gente a subir al escenario. Inevitablemente, se echaron de menos muchas canciones. No faltó Nadie puede parar, aunque necesitaba un poco más de fuelle.

Hace rato que se echa de menos un poco de elegante neón, de evasión, de diversión. En eso eran maestros Nacha Pop, y espero que pretendan seguir siéndolo. Lo suyo no es un simple ejercicio de añoranza, sino la celebración viva de unas canciones impecables que se niegan a envejecer.

El Festival Sal de Música firmó una velada irrepetible con tres bandas emblemáticas, casi cinco horas de música ininterrumpida. Para los asistentes al concierto, entregados a la nostalgia– los que crecieron con estas canciones y los amantes de la música de los 80- fue una noche muy especial. Las buenas canciones son eternas.

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