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Murcianos de dinamita

Pedro Motos Hortelano, el guardián del esparto

Pedro Motos Hortelano.

Pedro Motos Hortelano. / Ana Marín

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Pascual Vera

Pascual Vera

Pedro Motos Hortelano empezó a trabajar a los siete años y medio. Era lo normal en la Cieza de los primeros años 50, cuando el esparto marcaba el pulso económico, social y humano del municipio. 75 años después, Pedro es una de las últimas voces vivas capaces de contar cómo una fibra vegetal sostuvo a todo un pueblo.

Su primer oficio fue el de meneador, una tarea aparentemente secundaria pero esencial en el proceso de hilar el esparto. Desde abajo o desde arriba de la rueda, el meneador mantenía el ritmo, la tensión y la continuidad del hilo. Era un trabajo de aprendizaje lento, casi silencioso, basado en la observación y en la repetición. "Aprender a hilar esparto era muy difícil", rememora. «Pero una vez que lo aprendes, te sirve para toda la vida".

En aquellos años, Cieza era una ciudad moldeada por el esparto. Llegó a rondar los 40.000 habitantes, y cerca del 90 % de la población vivía directa o indirectamente de esta industria. No era que el término municipal tuviera más esparto que otros lugares de Murcia, pero Cieza lo trabajaba, lo transformaba y lo distribuía. De sus talleres salían cuerdas, maromas, capazos, espuertas, alpargatas, madejas para la pesca de almadraba, amarres para barcos del puerto de Cartagena y una infinidad de objetos cotidianos imprescindibles en un país autárquico.

Pedro lo explica con naturalidad, pero sus palabras dibujan un sistema productivo complejo y durísimo. El esparto había que arrancarlo del monte, picarlo, majarlo, rastrillarlo, hilarlo. Los oficios estaban claramente divididos: los hombres solían ser arrancadores, hiladores y rastrilladores; las mujeres, picadoras. Muchas de ellas empezaban con ocho o nueve años, manejando mazos que podían pesar hasta cien kilos, en jornadas interminables y peligrosas, marcadas por los cortes de electricidad y el cansancio extremo. Un descuido podía costar un dedo.

Además del trabajo industrial, estaba el doméstico. Mujeres sentadas en las puertas de sus casas trenzaban lías, una especie de trenza previa al hilado, dando forma a un paisaje urbano hoy desaparecido. El esparto no solo ocupaba las fábricas: ocupaba las calles, las casas y los cuerpos.

Pedro creció en ese mundo. Su padre fue maestro hilador y tres de los cinco hermanos siguieron el oficio. Más tarde trabajó en EGEA Hilaturas, una de las empresas ciezanas que supo adaptarse a la mecanización y sobrevivir durante más tiempo. A partir de los años sesenta, con la apertura económica, la llegada de fibras sintéticas y el cambio del modelo productivo, el esparto comenzó a desaparecer. La Cieza del esparto dio paso a la del melocotón, y con ella cambió también el carácter del pueblo.

Hoy, Pedro Motos es una pieza clave del Museo del Esparto de Cieza. Allí no solo enseña objetos: enseña memoria. Realiza visitas guiadas, explica procesos, rememora anécdotas y, cuando hace falta, se pone a hilar para demostrar que aquello no era fácil, ni improvisado, ni romántico. "Es una profesión muy compleja", asegura.

Pedro también investiga el origen de las piezas del museo, reconstruye su uso y su historia, y se sorprende aún de la versatilidad del esparto: desde norias para sacar agua de acequias hasta utensilios hoy impensables. Su labor no es solo pedagógica, es casi militante: evitar que el esparto quede reducido a un recuerdo borroso o a un objeto decorativo sin contexto.

¿Son conscientes los ciezanos de lo que significó el esparto? Pedro cree que algunos sí, pero muchos no quieren saber nada de aquello. Tal vez porque recuerda una vida dura. Tal vez porque mirar al pasado también duele. Por eso su figura es tan valiosa: porque mientras sus manos sigan hilando, la historia de Cieza seguirá teniendo hilo del que tirar.

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