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Entrevista

Chela de Ferrari: "'Ser o no ser' dejó de ser solamente una pregunta sobre la vida y la muerte"

La directora peruana presenta este viernes en el San Javier Fest su 'Hamlet' interpretado por ocho actores y actrices con síndrome de Down, una relectura libre de Shakespeare que lleva casi ocho años y 60 ciudades de gira

La  dramaturga y directora de teatro peruana Chela de Ferrari.

La dramaturga y directora de teatro peruana Chela de Ferrari. / L. O.

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J.M. Lax Asís

J.M. Lax Asís

El próximo 14 de agosto, Teatro La Plaza presenta en el Festival de Teatro, Música y Danza de San Javier su aclamado Hamlet, una relectura "recontra libre" del clásico de Shakespeare interpretada por ocho actores y actrices con síndrome de Down. Bajo la dirección de la dramaturga peruana Chela de Ferrari, la función ha recorrido ya casi 60 ciudades de Europa, Latinoamérica, Asia, Australia y Norteamérica desde su estreno en Lima en 2019, y llega a Murcia tras su paso por el Teatro Valle-Inclán de Madrid. Hablamos con su directora sobre el origen de esta propuesta, el proceso de trabajo con un elenco neurodivergente y Ser Hamlet, el documental que acaba de estrenar sobre la gestación de la obra.

Llevabas años queriendo montar un Hamlet sin encontrar al actor que lo encarnara, hasta que llegó Jaime Cruz. ¿Qué fue exactamente lo que viste en él aquel día que te hizo decir "este es mi Hamlet"?

Yo llevaba años queriendo montar Hamlet, pero siempre lo postergaba porque no encontraba al actor que pudiera encarnarlo. Hasta que apareció Jaime. Era acomodador de La Plaza y un día, tomando un café, me contó que su sueño era actuar en La Plaza. No sé muy bien por qué, pero en ese momento lo imaginé con la corona de Hamlet y algo se abrió para mí.

De pronto pensé en lo que podía significar escuchar "ser o no ser" dicho por un actor con síndrome de Down. Una frase que hemos escuchado miles de veces podía cobrar un sentido completamente nuevo. Ya no era solamente una pregunta filosófica sobre la existencia. En boca de alguien que pertenece a un colectivo al que tantas veces no se le permite decidir sobre su propia vida, la pregunta se volvía mucho más concreta: "¿Me dejan ser?, ¿puedo ser quien quiero ser?, ¿puedo decidir quién soy?"

Pero es importante decir que nunca fue mi intención hacer una obra sobre la discapacidad. Mi impulso inicial fue artístico. Ese café con Jaime me hizo imaginar otro Hamlet: ¿qué podía pasar con Shakespeare atravesado por otros cuerpos, por otras voces, por otras maneras de estar en escena? Me interesaba descubrir qué le podía hacer Jaime a Shakespeare.

Defines esta versión como "recontra libre". ¿Cómo fue el proceso de despojar el texto de Shakespeare hasta quedarte solo con lo que resonaba en la vida de cada actor y actriz?

Shakespeare fue nuestro punto de partida, pero nunca sentimos que hubiera que serle fiel al texto. En todo caso, queríamos ser fieles a las preguntas que plantea. Durante casi un año trabajamos alrededor de esas preguntas. Leíamos escenas, conversábamos, improvisábamos, aparecían historias personales. Si Hamlet hablaba de la muerte, hablábamos de la muerte. Si aparecía el amor, hablábamos del amor. Si aparecía la relación con los padres, hablábamos de sus padres. Poco a poco Shakespeare empezó a mezclarse con sus propias vidas. Hay Shakespeare, hay textos escritos a partir de los ensayos, hay testimonios, canciones, videos. No me interesa demasiado que el espectador sepa dónde termina Shakespeare y dónde empiezan ellos.

Pensé en lo que podía significar escuchar "ser o no ser" dicho por un actor con síndrome de Down

La pregunta "ser o no ser" atraviesa toda la función, y en ella también aparece el 'amor supervisado' entre Hamlet y Ofelia, una realidad que muchas personas con síndrome de Down conocen de primera mano. ¿Qué significan estas preguntas sobre la autonomía para personas que históricamente no han encontrado espacios donde se las tome en cuenta?

Para nosotros el "ser o no ser" dejó muy pronto de ser solamente una pregunta sobre la vida y la muerte. Empezó a tener que ver con algo mucho más concreto: ¿puedo decidir sobre mi propia vida?, ¿puedo amar?, ¿puedo trabajar?, ¿puedo equivocarme?, ¿puedo ser adulto? Son preguntas que para muchas personas pueden parecer obvias, pero que no lo son para personas a las que históricamente otros les han dicho quiénes son, qué pueden hacer y hasta dónde pueden llegar. Por eso, cuando dicen "ser o no ser", la frase adquiere otra dimensión. No es una pregunta abstracta. Tiene que ver con ser vistos, ser escuchados, ser considerados ciudadanos, personas con deseo y con una voz propia.

Muchos de ellos conocían perfectamente esa experiencia: enamorarse y que alrededor aparezcan los padres, la familia opinando, acompañando, vigilando o decidiendo sobre esa relación. No tuvimos que introducir el tema en Shakespeare: ya estaba ahí.

El elenco de la obra 'Hamlet'.

El elenco de la obra 'Hamlet'. / Teatro La Plaza

¿Qué aprendiste tú, como directora, de este proceso de trabajo con un elenco de intérpretes neurodivergentes que no hubieras podido aprender con un elenco convencional?

Aprendí que era tan importante dirigirlos como dejarme dirigir por ellos. Llegaba a los ensayos con una intuición de hacia dónde podía ir una escena, pero no mucho más que eso. "Aprendí a no decidir de antemano de qué eran capaces y de qué no. Y a no escuchar los prejuicios que venían de afuera, que generalmente eran más grandes que los que podíamos tener internamente."

Era fundamental que los actores y actrices se apropiaran de la obra, de sus personajes, incluso de Shakespeare. Que no fueran intérpretes de algo que nosotros, el equipo de dirección, habíamos pensado para ellos, sino coautores de lo que estaba sucediendo en escena. Para que eso ocurriera, teníamos que aprender que en ocasiones debíamos hacernos a un lado, dejar que ellos nos llevaran por caminos que no habíamos imaginado. Entendimos que dirigir es, sobre todo, crear las condiciones para que se apropien de lo que están haciendo.

Planteas que las personas con síndrome de Down han sido vistas históricamente como "una carga, un desecho social". ¿Crees que el teatro tiene una responsabilidad concreta a la hora de combatir esa mirada?

Durante muchísimo tiempo las personas con síndrome de Down han sido miradas desde la carencia: lo que no pueden hacer, lo que les falta, la ayuda que necesitan. El escenario puede invertir esa mirada. Durante una hora y media son ellos y ellas quienes tienen la palabra y nosotros quienes tenemos el privilegio de escuchar.

Y eso me interesa mucho más que cualquier discurso sobre inclusión. No hablar por ellos, sino construir un espacio en el que puedan hablar por sí mismos.

La tragedia y la fiesta pueden convivir perfectamente

La obra combina humor mordaz y música pop con los grandes temas trágicos de Shakespeare. ¿Por qué elegiste el humor y la ligereza como puerta de entrada a algo tan serio?

El humor apareció desde el primer día de ensayo y habría sido absurdo eliminarlo. Además, nunca he pensado que el humor le quite profundidad a una obra. Muchas veces ocurre exactamente lo contrario. El humor baja nuestras defensas. Uno se ríe y, de pronto, aquello de lo que se está riendo lo coloca frente a algo mucho más incómodo. Y Shakespeare también funciona así. Sus tragedias están llenas de humor, de irreverencia. Nosotros simplemente llevamos eso a nuestro propio lenguaje: música pop, videos, bromas, baile. La tragedia y la fiesta pueden convivir perfectamente.

Hamlet se ha presentado ya en casi 60 ciudades de Europa, Latinoamérica, Asia, Australia y Norteamérica desde su estreno en 2019. ¿Ha cambiado la obra —o tu mirada sobre ella— con los años y las giras?

El elenco ha vivido casi ocho años de escenario, de viajes, de funciones. Han ganado experiencia. Hay algo hermoso en acompañar una obra durante tantos años porque deja de ser una fotografía y se convierte en un organismo vivo. Hay frases que hoy significan otra cosa para ellos. Hay momentos que han adquirido otra profundidad. Y también ha cambiado mi mirada. Cuando empezamos pensaba mucho en lo que significaba que ocho actores con síndrome de Down hicieran Hamlet. Hoy pienso mucho menos en eso. Para mí son ocho actores con los que llevo años trabajando y con los que quiero seguir haciendo teatro.

Llega ahora al San Javier Fest tras pasar por el Teatro Valle-Inclán y antes de festivales como el Grec de Barcelona o la MIT de Ribadavia. ¿Qué esperáis del público español, y ha cambiado su reacción respecto a la de otros países?

Una de las cosas más sorprendentes de la gira ha sido comprobar que la obra funciona en contextos culturales muy distintos. Hemos estado en países con lenguas, públicos y relaciones con la discapacidad muy diferentes y, sin embargo, hay algo que se repite. Al principio sentimos que una parte del público mira a los actores desde el síndrome de Down. Hay una cierta cautela: ¿me puedo reír?, ¿de qué me estoy riendo? Y poco a poco eso desaparece. Empiezan a mirar personajes, actores, personas.

En España hemos sentido una conexión especialmente fuerte. Hemos vuelto varias veces y existe ya una relación muy cercana con algunos teatros y públicos. Pero no esperamos una reacción determinada. Lo que nos interesa es que cada espectador haga su propio recorrido y que, durante la función, algo de la mirada con la que entró pueda moverse.

Un momento de la representación de la obra 'Hamlet'.

Un momento de la representación de la obra 'Hamlet'. / Teatro La Plaza

Acabas de estrenar Ser Hamlet, tu ópera prima como cineasta, un documental que registra el proceso de montaje con el elenco. ¿Por qué sentiste que ese proceso merecía contarse tanto como el resultado final en escena?

La idea de hacer una película estuvo desde el comienzo. Antes de empezar los ensayos decidimos registrar el proceso porque intuíamos que podía ser tan interesante como la obra terminada. No queríamos filmar solamente el resultado, sino aquello que normalmente desaparece cuando una obra se estrena. El teatro avanza hacia el encuentro con el público y después desaparece. El cine, en cambio, podía conservar las dudas, los hallazgos, los errores, las conversaciones, las relaciones que se fueron construyendo durante ese año.

Cuando empezamos a revisar las casi quinientas horas de material descubrí además algo que no había previsto: la cámara también había registrado mi propio trabajo como directora. Volver a ese material significó no solo revivir el proceso, sino verme dirigiendo, verme aprendiendo a trabajar con ellos, equivocándome, cambiando. Y me importa mucho que exista esa memoria, que quede como un legado de lo que sucedió en esa sala de ensayo durante ese año.

Ya estáis trabajando en una nueva versión de Noche de Reyes con el mismo elenco, y preparas también Magda para el Teatro María Guerrero. ¿Qué papel juegan estos ocho intérpretes en tu forma de entender el teatro que quieres hacer de ahora en adelante?

Son una parte fundamental de mi vida teatral. Hamlet empezó como un proyecto y terminó convirtiéndose en una relación de muchos años. Hemos ensayado, viajado, discutido, celebrado, atravesado ciudades y escenarios juntos. Ya no puedo pensar en ellos solo como 'el elenco de Hamlet'. Por eso ahora estamos empezando Noche de Reyes: no para repetir la experiencia de Hamlet, sino para descubrir qué otras historias podemos contar juntos. Esta vez nos interesa especialmente hablar del amor, de los hermanos, del cuidado, de la dependencia y de quién cuida a quién.

Al mismo tiempo preparo Magda, un proyecto completamente distinto que escribimos con Luis Alberto León. La obra parte de Magda Goebbels y de sus últimos días en el búnker, pero no pretende hacer una reconstrucción histórica. Nos interesa mirar el presente a través de ella: preguntarnos cómo el miedo puede ser organizado y utilizado políticamente, cómo ciertos discursos que creíamos enterrados vuelven a aparecer y en qué momento el miedo al otro puede convertirse en barbarie.

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