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Galería regional | Cuadros para una exposición (Sala tercera)

Torregar: La belleza que desató una guerra

Venus de la Manzana. 2025. Óleo, acrílico y spray sobre papel.

Venus de la Manzana. 2025. Óleo, acrílico y spray sobre papel. / Torregar

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Pedro Manzano

Pedro Manzano

"Juno, Venus y Minerva comenzaron a reivindicar la belleza cada una para sí. Estalló entre ellas una gran discordia. Júpiter ordenó a Mercurio que las condujera ante Alejandro Paris en el monte Ida y que ordenara a éste actuar como juez"

Fábulas de Higino, liberto de Augusto

La diosa –suponemos que Afrodita– porta en su mano la manzana de la discordia; aquella fruta dorada –"Para la más bella"– que Eris arrojó, de forma inesperada, en el banquete de bodas del mortal Peleo y la nereida Tetis, mientras sonaban, en el monte Pelión, los cantos de Las Musas y los acordes de la lira de Apolo propios del festejo. Afrodita resultaría ganadora –según cuenta el hispano, o alejandrino, Gayo Julio Higino, liberto del emperador Augusto en su Fábulae XCII– en aquel inusual concurso de belleza, con solo tres guapas rivales participantes en la pasarela: Hera, Afrodita y Atenea –Juno, Venus y Minerva, en la terminología romana de Higino, el bibliotecario palatino, amigo de Ovidio–; y un solo miembro en el jurado: el troyano Paris que, seducido por la promesa de lograr el amor de Helena, renunció al poder y la sabiduría y otorgó el triunfo a Venus-Afrodita.

El artista Torregar junto a la exposición

El artista Torregar junto a la exposición. / Marisol Navarro

Las leyendas y los mitos, las fábulas, se superponen en nuestro acervo cultural, y actúan como un resorte que nos induce a la reflexión y el estudio, en la búsqueda de respuestas que no siempre resultan cómodas o satisfactorias. Paris, enfrentado a una decisión que juzga imposible, se deja arrastrar por el deseo y prioriza lo subjetivo sobre cualquier otra razón. Un mito utilizado por el arte y los artistas a lo largo del tiempo como alegoría del orgullo y la envidia de dioses y diosas, y del dilema moral y la vanidad mortal, aunque la elección pueda llevar a la guerra –de Troya, en este caso–. El juicio de Paris, un tema clásico tantas veces representado en el arte… por Botticelli, Rubens o Renoir… por citar alguno de los artistas que lo recogieron en sus lienzos; o sujeto a la mordacidad de Federico Jiménez Fernández, que hizo de los protagonistas orgullosas aves de corral. Y es que lo maravilloso de un cuadro, de una obra de arte, es su capacidad para atraer nuestra atención, y la manera en que puede transformarse en un relato capaz de hablar por sí solo sin necesidad de recurrir al uso de las palabras. Un cuadro, una obra de arte… incluso un acto o una acción que pueda ser considerada artística –a diferencia de otros objetos o sucesos– no nos exige, ni nos pide, obtener de su posesión o contemplación, uso o utilidad práctica alguna. Es suficiente con dejarnos arrastrar por su misterio. O, como ocurre en este cuadro, que nos dejemos seducir por las sugerencias que las distintas capas de pigmentos han ocasionado al ser vertidas y trazadas sobre la superficie del lienzo. Simulacros de un palimpsesto –la palabra fue incluida en el título de la exposición que Torregar celebró en el espacio expositivo Arquitectura de Barrio, y vio incluidas obras de la serie a la que pertenece este óleo; obras mostradas, meses antes, en la Sala de Exposiciones del Museo Romano de Cartagena–. Venus y la Manzana de Oro, representación de un mito que declara quién es la protagonista; y no pretende otra cosa que obsequiarnos con una narración centrada en lo simbólico de la figura femenina, y su percepción como icono y referente clásico.

Un cuadro perteneciente a un ciclo pictórico que propone un cambio de registro en la trayectoria de Torregar. Un ciclo que supone para el artista el plantearse realizar la obra indagando, investigando… estableciendo una serie de nexos, vínculos y asociaciones que trascienden el hecho de la propia pintura. Un ciclo que ha permitido al pintor reapropiarse de fábulas, imágenes e historias del pasado; de alegorías y metáforas que tienen su origen en los textos y la mitología clásica.

Pero, curiosamente, no son ninguno de los maestros de la historia de la pintura los que han servido de modelo, o punto de partida, para esta Venus-Afrodita que sostiene en su mano la Manzana de Oro; es la escultura la que inspira esta pieza de Torregar, no un lienzo. Una obra que representa, casi fielmente, esas esculturas de mármol blanco de la diosa creadas para jardín, a imitación de aquellas copias de Fidias, Calímaco o Alcámenes, que embellecían paseos, fuentes y parterres de las residencias de los patricios romanos, y luego de los nobles y los príncipes europeos. Una escultura que podríamos encontrar hoy en cualquier espacio burgués ajardinado, y que sugiere, en su traza y sus formas, la belleza de La Venus de Arles, obra romana de la época de Augusto, probablemente copiada o inspirada en la Afrodita de Tespias de Praxíteles. Hay tantas estatuas de la diosa que han llegado a nosotros… unas veces desnuda, otras pudorosamente cubierta con su peplo o chitón: La Afrodita de Cnido, La Venus Genétrix o de Frejus… Recostadas o en pie, pero, en tantas ocasiones, mostrando el triunfo de su belleza con el símbolo de la manzana que porta en su mano.

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