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Blanca: un encierro, un río y un pueblo que abre sus puertas

Dos minutos de carrera bastan para explicar la fama de sus fiestas, pero no para conocer un municipio que se descubre despacio entre el Segura, sus tradiciones, su gastronomía y su hospitalidad

1. Mozos corriendo durante uno de los  encierros de Blanca.

1. Mozos corriendo durante uno de los encierros de Blanca. / Rubén Juan Serna

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Rubén Juan Serna

Hay que madrugar para conocer Blanca en fiestas. Este fin de semana llegué a las siete y media de la mañana, invitado por su alcalde, Pablo Cano, para conocer desde dentro sus fiestas en honor a San Roque y, especialmente, su gran encierro tradicional, declarado de Interés Turístico Regional. Quería hacer fotografías, pero también entender la fiesta, conocer a su gente y descubrir qué hay detrás de esos dos minutos de carrera.

Tras el desencajonamiento de los novillos, aproveché las primeras horas, todavía tranquilas, para acercarme hasta El Arenal, la playa fluvial de Blanca. Me metí en el Segura y comprobé que el agua está fría y limpia, algo que en agosto se agradece. Eso sí, conviene llevar escarpines o calzado cerrado porque el fondo tiene piedras y puede haber cañas u otros objetos. También hay que respetar la corriente, que, aunque no es un rápido canadiense, tiene fuerza suficiente para desplazarte. El Arenal cuenta además con un chiringuito que abre a mediodía, perfecto para tomar algo bajo la sombra de los árboles de la ribera.

Durante la mañana hay un continuo trasiego de autobuses y grupos con chalecos salvavidas y remos que llegan para realizar el descenso del Segura. El río es, sin duda, otro de los protagonistas de Blanca.

Después regresé al pueblo y descubrí su hospitalidad. Al pasar por algunas casas me ofrecieron comida y bebida y me invitaron a entrar. Fue mi amigo Álvaro Fernández Molina, magnífico anfitrión, quien me descubrió además la picantosa, una especie de pipirrana con cebolla, ajo, ñora y bacalao. No la conocía y me gustó mucho. Álvaro es nieto del maestro Rodolfo, quien fuera director de la banda de música y una persona muy querida y conocida por todo el pueblo.

Unas vecinas corren delante de un carretón  taurino de los encierros infantiles.

Unas vecinas corren delante de un carretón taurino de los encierros infantiles. / Rubén Juan Serna

Con Blanca ya volcada en la fiesta, llegaron el encierro infantil, el paseo y los chupinazos. Tuve el lujo de contemplar el encierro desde el balcón de la biblioteca junto a Ángel Ríos, cronista oficial de Blanca, y sus nietas. Durante los minutos previos a la carrera y después de ella, Ángel fue contándome detalles sobre el origen y la historia de esta tradición. Verlo junto a alguien que conoce su memoria permite entender mucho mejor lo que sucede abajo.

A las tres salieron los novillos. El encierro apenas dura dos minutos, pero algunos mozos se atreven a correr delante de los animales mientras el resto observa detrás de las tablas. Y no es un juego: ha habido heridos y también fallecidos en este tipo de festejos. El riesgo existe y merece respeto.

Después, Blanca continúa de fiesta con encierros nocturnos, conciertos, verbenas y feria taurina. Pero el pueblo es mucho más que sus toros: está el Segura, el Valle de Ricote, la Fundación Pedro Cano, sus bares y, sobre todo, sus vecinos. Me quedo con el río, la picantosa, las conversaciones, aquel balcón y el cariño de Álvaro y Pablo Cano. Llegué con mi Olympus pensando en fotografiar un encierro y terminé descubriendo bastante más.

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