Murcianos de dinamita
Miguel Ángel Esteve, el naturalista que vio cambiar la Región desde dentro

Miguel Ángel Esteve Selma. / Pascual Vera
A este cronista le resulta fácil echar la memoria atrás y recordar los animosos y combativos textos de un joven ecologista llamado Miguel Ángel Esteve Selma en defensa de distintas causas relacionadas con el medio ambiente murciano, que nos llegaban de la mano de uno de sus mentores, el inolvidable Luis Ramírez, a la redacción de la revista Campus en la UMU en una Convalecencia recién estrenada como rectorado.
Como Esteve mismo confiesa, tuvo la desgracia –y también la responsabilidad– de asistir en primera línea a muchos de los grandes desastres ecológicos que ha sufrido la Región de Murcia. Desastres que, subraya, no fueron inevitables ni accidentales, sino en gran medida deliberados, siempre evitables y casi nunca afrontados a tiempo.
Catedrático de Ecología en la Facultad de Biología de la Universidad de Murcia, Esteve Selma pertenece a una generación de naturalistas y ecologistas que hicieron del compromiso ambiental una forma de vida. Su vocación nació en la infancia. Creció entre la huerta murciana, el río Segura y los montes cercanos a la ciudad, observando desde muy joven transformaciones que le marcaron para siempre: la degradación del río hasta volverse un cauce sin oxígeno, la desaparición progresiva de la huerta tradicional y la ruptura de equilibrios naturales que parecían permanentes.
Con apenas trece años ya tenía prismáticos, guías de aves y terrarios en casa. Se movía solo por el monte, participaba en los scouts y practicaba, casi sin saberlo, el oficio clásico del naturalista: observar, anotar, comparar, volver. «He sido un vocacional total», resume y casi presume. Cuando llegó a la universidad, esa pasión encontró cauce académico. Fue premio extraordinario de licenciatura y se formó en un entorno doméstico donde el debate científico, político y social era cotidiano.
Pero si algo ha definido su trayectoria es la combinación constante entre ciencia y compromiso cívico. A finales de los años setenta participó en la creación del movimiento ecologista organizado en la Región. De aquellos primeros grupos surgiría con el paso del tiempo la estructura que hoy se conoce como Ecologistas en Acción. Desde entonces, su implicación ha sido continua: la defensa del río Segura, del Mar Menor, de Portmán, de la Sierra Minera, de los espacios naturales protegidos y del patrimonio ambiental entendido como un bien común, no como un obstáculo para el desarrollo económico. En muchos de esos conflictos, recuerda, la administración actuó casi siempre a remolque del trabajo previo de los colectivos ecologistas.
Como investigador, su mirada se ha ampliado también al ámbito internacional. Las islas Galápagos, se han convertido en un referente personal y científico, y mantiene proyectos relacionados con el cambio climático y los sistemas costeros. Precisamente sobre el cambio climático habla con una mezcla de preocupación y sorpresa: nunca imaginó vivir tan de cerca y tan rápido sus efectos. La velocidad de las transformaciones está superando incluso las previsiones científicas, alterando paisajes, especies, cultivos, disponibilidad de agua y el propio modelo turístico del Mediterráneo.
Según Esteve, la Región de Murcia es un territorio fronterizo entre Europa y el norte de África, y cada vez se parecerá más a este último en términos climáticos. Eso implica pérdidas ecológicas, tensiones hídricas y una mayor vulnerabilidad social si no se actúa con anticipación. Defiende una política ambiental basada en el conocimiento científico, la planificación a largo plazo y el respeto por un patrimonio natural que históricamente ha sido visto como un estorbo. “Aquí, cuando aparece algo valioso —una especie, un paisaje, un yacimiento— se percibe como un problema”, lamenta.
Hoy, después de medio siglo de lucha, Miguel Ángel Esteve Selma sigue sin rehuir los charcos. Con una mirada más conservacionista que nunca, aportando análisis, memoria y criterio a un debate que en la Región parece no cerrarse nunca.
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