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Murcianos de dinamita

Manuel López Martínez o el arte de tirar del hilo

Manuel López Martínez

Manuel López Martínez / Ana Martín

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Pascual Vera

Pascual Vera

Hay artistas que parten de una idea y otros que parten de una línea. Manuel López Martínez pertenece, sin duda, a los segundos. Su trabajo nace del gesto primario, del trazo que aparece casi por necesidad, como quien garabatea para no desaparecer del todo en un mundo excesivamente reglado. En su caso, la pintura no surge de un plan previo ni de una imagen mental cerrada, sino de un diálogo íntimo con el papel o el lienzo, un proceso de búsqueda en el que la obra se va revelando poco a poco, como si ya estuviera ahí esperando ser encontrada.

El origen de su pintura se sitúa lejos de academias estrictas o modelos impuestos. Aparece, más bien, en los márgenes de la educación formal, en esos momentos de distracción que otros llamarían despiste y que él convirtió en territorio fértil. Mientras el sistema educativo proponía fórmulas cerradas y soluciones únicas, Manuel encontraba en el lápiz una vía de escape, un espacio donde el error no solo era posible, sino necesario. El garabato —ese gesto aparentemente inútil— se convirtió en el germen de un universo propio, lleno de símbolos, curvas, iconos y estructuras que se repiten sin repetirse nunca.

Su pintura se mueve entre la abstracción y una figuración sugerida, nunca del todo definida. No parte de modelos externos ni busca la representación fiel de la realidad; lo que le interesa es la aparición de una narrativa interna, una especie de poesía plástica que se construye a sí misma mientras avanza. Cada obra es única, irrepetible, aunque todas comparten un mismo pulso, una caligrafía reconocible que delata al autor. Como ocurre con la escritura a mano, Manuel puede variar el ritmo o la forma, pero siempre termina apareciendo su letra.

El trazo curvo, la acumulación de líneas y la sensación de movimiento constante son rasgos recurrentes en su trabajo. Hay en sus obras una voluntad de exploración continua, una resistencia consciente a cerrar significados. El espectador no se enfrenta a una imagen que se impone, sino a un territorio abierto que invita a ser recorrido. En ese sentido, su pintura no explica: sugiere. No describe: evoca.

Aunque con el tiempo ha profundizado en la historia del arte y reconoce afinidades con artistas como Matisse o ciertos muralistas, Manuel no pinta desde la emulación. Su objetivo no es parecerse a nadie, sino dejar que aparezca lo que él es en ese momento. Esa fidelidad a sí mismo se mantiene incluso cuando el trabajo le exige disciplina, como en el retrato o en encargos concretos. Aun entonces, la línea forzada le incomoda, y solo encuentra descanso cuando puede volver al papel en blanco sin ataduras, “como quien va a pescar y lanza la caña a ver qué sale”.

El boceto ocupa un lugar casi sagrado en su proceso creativo. Es la matriz de la obra, el espacio donde surge la idea en estado puro. Transformarlo en algo más matérico —collage, pintura, soporte definitivo— supone siempre un riesgo: el de perder esa primera chispa. Por eso, muchas veces conviven en su entorno dibujos inacabados, cartones, pruebas y fragmentos, restos visibles de un proceso que no entiende la creación como producto cerrado, sino como estado continuo.

A esta práctica artística se suma su trabajo profesional como pintor, una labor que lo mantiene en contacto permanente con la materia, el color y la técnica. Lejos de ser mundos opuestos, ambos territorios se alimentan entre sí. La exigencia del oficio y la libertad del arte conviven con dificultad, pero también con una fertilidad silenciosa que se filtra en cada gesto.

Para Manuel López Martínez, pintar no es una aspiración ni una estrategia: es una necesidad vital. Crear es una forma de respirar, de sacarse de dentro aquello que, si no se expresa, pesa. Se venda o no se venda, se exponga o no se exponga, la pintura sigue ahí, como un espejo disperso en el que el artista se reconoce a trozos. Y quizá en ese gesto insistente de volver al papel, de tirar del hilo sin saber del todo adónde conduce, resida la verdad más profunda de su obra.

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