Galería regional | Cuadros para una exposición (Sala tercera)
Antonio Gómez Ribelles: Donde el tiempo se sienta a comer

LOS COMENSALES. Acrílico sobre lienzo. / L. O.
«Y bien, el último día aparecieron los tiburones. / Aparecen aletas negras, inocentes / como una advertencia. El mar se torna / siniestro, ¿están por todas partes? / […] / Llegaron al atardecer, en el instante / en que un resplandor cobrizo aquieta el mar, / no lo suficientemente oscuro aún / para ser iluminado por la luna, aún / lo bastante claro para verlos fácilmente. Negro / el aguzado borde de sus aletas».
Aunque nacido en Valencia, Gómez Ribelles es un pintor que podríamos considerar cartagenero, ciudad en la que reside desde finales de los años noventa; y es, además, un pintor perteneciente a ese grupo de artistas, con estudio y residencia en Cartagena, que han incorporado a su obra ciertos elementos reconocibles; aromas que, a veces, nos remiten a la pintura de aquellos pintores americanos que hicieron de Hoboken tema habitual para sus cuadros y, en ocasiones, su residencia habitual. O, asumiendo como propios, algunos aspectos estéticos ligados a lo que otro cartagenero –el galerista Luis Artes– definió como el aporte de una visión metafísica en la pintura. La simplificación de las formas y las composiciones; la aparición en la obra de personajes anónimos que parecen ser parte de una narración o de la escena de una película; la representación de situaciones que nos introducen en atmósferas de misterio e irrealidad… Una serie de factores que trazan un posicionamiento y un estilo.
Tiene esta obra ciertas características habituales en el recorrido de Antonio, como artista multidisciplinar y como poeta, tanto desde el punto de vista conceptual como procedimental. Un acrílico, un cuadro, con ciertas connotaciones fotográficas. La fotografía es, precisamente, un procedimiento artístico al que Gómez Ribelles nunca ha renunciado y en el que ha seguido incursionando –a veces como recurso de apoyo para desarrollar sus inquietudes e intereses pictóricos o extrapictóricos–. En esta composición es imposible obviar esas connotaciones fotográficas que apreciamos incluso en la disposición de los personajes presentes en el cuadro, que pareciera que han sido colocados para ser fotografiados; y en el color, esa sustitución del evocador sepia por las sobrias, austeras y escuetas modulaciones de un cromo gris y azulado que hace que la obra se articule en un único acorde tonal, y le confiere un cierto aire de irrealidad… Sí, una atmósfera casi surreal; solo hay que observar que, Los Comensales –que bien podrían ser la encarnación de esos tiburones, a los que alude la poeta anglo-norteamericana de la generación beat Denise Levertov, que han materializado su presencia y aparecido, de repente, en la bahía cartagenera de Cala Reona– sostienen y utilizan sus cubiertos, aunque no haya nada que trocear en los platos vacíos. Los cuatro personajes, trajeados, como correspondería a un informal encuentro entre potentados o empresarios, se reparten, en contenida tensión, una tarta que, a todas luces, resulta inexistente… El aire parece haberse detenido entre estos personajes, entre estos comensales, ¿grises y anónimos?, que no tienen necesidad de intercambiar palabras, dejando que entre ellos circule el silencio. La acción del suceso representado parece haber quedado suspendida… detenida, a modo de un fotograma congelado que formará parte de una secuencia cinematográfica.

ANTONIO GÓMEZ RIBELLES / L. O.
Un planteamiento estético y plástico que juega a detener el tiempo, a fijar una imagen… Los Comensales, una escena que parece que solo tuviese lugar en la memoria como algo que en algún momento hemos creído percibir, pero que no nos atrevemos a establecer y determinar que haya podido ocurrir en un tiempo o un momento concreto; ni en un lugar o espacio determinado. Fotografías convertidas en pintura, en sorprendentes escenarios a medio camino entre lo real y lo imaginado. Partes de un relato… Una narrativa que se nos propone como un acto, como una aventura enigmática y emocionante.
Una obra que formó parte de aquella serie de piezas que Gómez Ribelles realizó para ser expuestas, en 2014, en el Museo de Bellas Artes de Murcia. Un conjunto de acrílicos que no estaban necesitados de excesos de color; donde los recursos técnicos, utilizados por el artista, han sido usados con absoluta sobriedad a fin de concentrar la atención del espectador. Y que suponían una especie de apelación al tiempo y la memoria. Los Comensales. Historias, relatos, no siempre ajustados a la verdad o la realidad, y quizá por eso mismo más misteriosos y evocadores. El propio pintor describe la escena en uno de sus poemas: «Está la mesa puesta a pleno sol. / Los cuatro comensales agachan sus cabezas / brillan las copas sin dibujar sombras / brillan los platos y el acero de los cubiertos. / El mar les lanza trocitos de vidrio / que atraviesan un aire saturado / que chocan con la ropa, con el pelo / con los platos vacíos. / Se recogen en sus cuerpos, encogen / los bultos de sombra que crea la luz. / El calor les oprime el cabello / y aplana el mantel blanco sin pliegues / donde esconder ningún otro asunto. / No hay palabra alguna para decir sombra / ni ternura. No, el mundo, de repente, se ha quedado vacío y no hay nada que repartirse; porque, tal vez, ya no les quede nada que compartir».
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