Murcianos de dinamita
Alfonso Santos, el último guardián de la luz

Alfonso Santos junto a varios proyectores. / Ana Martín
Durante 45 años, Alfonso Santos vivió en una habitación pequeña, ruidosa y calurosa, elevada sobre el patio de butacas del Teatro Circo de Cartagena. Desde allí, entre engranajes, bobinas y lámparas de proyección, se convirtió en algo más que un trabajador del cine: fue el guardián invisible de la emoción colectiva.
Su historia comenzó casi por azar. Tenía apenas 12 años cuando subió por primera vez a una cabina para ayudar en el cine de Santa Lucía. Aquel día se proyectaban Duelo en la Alta Sierra y una comedia de Cantinflas. Alfonso quedó fascinado. No solo por las películas, sino por el misterio del haz de luz atravesando el humo y convirtiéndose en historia. Conservó el programa de aquella sesión como quien guarda una reliquia. Sin saberlo, acababa de empezar a archivar su propia vida.
Dos años después ya era aprendiz formal, aunque oficialmente tuviera más edad de la que realmente informaba su DNI. Aprendió el oficio desde abajo: engrasando mecanismos, empalmando celuloide, vigilando que el sonido no se distorsionara. La cabina era estrecha, sin aire acondicionado, con un ruido constante que hacía vibrar las paredes. Pero él no la vivía como encierro, sino como privilegio. "Yo era un mago", me dijo en su casa de Alameda de San Antón cuando nos vimos. Desde su ventanilla observaba al público reír, asustarse o llorar, y sentía que, en parte, la felicidad que llenaba la sala pasaba por sus manos.
En 1970 llegó al Teatro Circo de Cartagena, donde permanecería hasta su jubilación. Entró como ayudante y salió como gerente. Reparaba motores, arreglaba butacas, cambiaba lámparas, limpiaba la pantalla y hasta se arrastraba por falsos techos para revisar fluorescentes. Nunca suspendió una función. Si algo fallaba, encontraba la manera de solucionarlo. El teatro era, según él, "la Cenicienta" de la empresa: heredaba máquinas de segunda mano y sistemas ya usados en otras salas. Pero Alfonso las cuidaba como si fueran nuevas. Sabía que de su meticulosidad dependía parte del espectáculo. Y a ello se aplicó siempre.
Cuando proyectó Cinema Paradiso, sintió un estremecimiento. La historia del viejo proyeccionista y el niño parecía calcada de su biografía. Incluso su compositor predilecto, Ennio Morricone, ponía música a aquella coincidencia vital. Como en la película, Alfonso había conocido el amor gracias al cine y había construido una familia al ritmo de aquellas inolvidables sesiones dobles.
Pero su pasión no se limitó a proyectar. Durante 45 años llevó un diario minucioso de cada jornada: anotaba títulos, número de espectadores, incidencias técnicas, si la película era buena o mediocre. Conservó programas, carteles, fotografías y documentos de trabajadores que habían pasado por la sala desde principios del siglo XX. La anotaba y, cuando me las enseñó, este cronista no pudo menos que ver en su rostro la cara radiante del Totó, el niño de la película. Hoy, su casa constituye un pequeño museo del cinematógrafo.
Porque Alfonso es, ante todo, un conservador de lo que fue. Un hombre que entiende que una ciudad sin memoria es una ciudad incompleta. Por eso nunca vendió nada de lo que guardó. Coleccionar, para él, no era poseer, sino custodiar. Conservar para que otros pudieran mirar, tocar, recordar. Para que alguien dijera: "Yo estuve ahí"; "Esa película la vi con mi padre" o "Ese cine ya no existe, pero existió".
Podría hablar durante horas de anécdotas: actores que olvidaban el texto, cantantes que transformaban un gallo en ovación, espectadores que salían desmayados de ciertas proyecciones. Pero lo que más atesora no son las placas ni los premios, sino los dibujos que le regalaron niños de colegio cuando iba a proyectar películas con su equipo portátil. En esos trazos infantiles ve reflejado el mismo asombro que sintió él aquella primera tarde.
Alfonso sabe que el cine analógico murió con su generación. Las bobinas desaparecieron, las cabinas se digitalizaron y el proyeccionista dejó de ser imprescindible. Pero mientras alguien recuerde el sonido del celuloide girando y la luz rasgando la oscuridad, su oficio seguirá vivo.
"Si el mundo fuera perfecto —me dice sonriendo— no existirían ni el teatro ni el cine. Pero como no lo es, siempre habrá historias que contar". Y él, desde su cabina, ayudó a contarlas todas. Hoy las rememora desde su rincón, presidido por un sillón de un viejo cine que hoy ha desaparecido.
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