Galería regional | Cuadros para una exposición (Sala tercera)
Pedro Cano: Ejercer la pintura o el arte de materializar los sueños

BICICLETAS. Del tríptico 2 de Siete. Óleo sobre madera. / L. O.
Maruja Torres: "Un cinéfilo… se gesta desde la infancia; se desarrolla en la adolescencia. Luego crece y madura, y el cine no le abandona hasta su muerte… La pasión por el cine es un estado de gracia, un regalo del cielo, una bendición: llámenlo como quieran".
A Antonio Ricci, recién conseguido el trabajo de pegador de carteles en la paupérrima Italia de posguerra, le roban la bicicleta mientras encola. En la pared de una calle romana, entre absorto y distraído, el pliego anunciador de Gilda –aquella película que protagonizó Rita Hayworth en 1946– Vittorio de Sica, hace en El ladrón de bicicletas un guiño a la película de Charles Vidor.
De la misma manera que este óleo, que forma parte de un tríptico. Bicicletas es un homenaje, un guiño emocionado, a los recuerdos de la infancia –a la libertad que procuraba entonces recorrer las calles veloz y ligero como el viento–; a ese invento primigenio que es la rueda y, también y, sobre todo, a aquel cine de mediados los cuarenta que conectó a los espectadores con una nueva forma de ver y sentir las historias que discurrían ante sus ojos, sentados en la oscuridad, a la espera de ver aparecer en la pantalla a tantos entrañables personajes que protagonizaron esa corriente llamada Neorrealismo Italiano.
Pedro Cano siempre ha manifestado su pasión por el cine y, en especial, por el Neorrealismo. Tampoco podría ser de otra manera dados los vínculos del de Blanca con Italia, donde ha desarrollado una importante labor como pintor, y también como artista multidisciplinar y escenógrafo –citaré, como ejemplo de estas dos facetas menos conocidas del pintor, que en 1988 proyecta, para el Teatro de Roma, la escenografía de la obra de Bertolt Brecht, Galileo Galilei, que dirige Scaparro; y, un año después, realiza el vestuario de Las memorias de Adriano, que se representó en La Villa Adriana en Tívoli–.

PEDRO CANO / L. O.
Vittorio de Sica, Roberto Rossellini o Luchino Visconti se encuentran entre sus directores predilectos; aunque yo no puedo olvidar, ni dejar de mencionar aquí, su colaboración en aquel ciclo, patrocinado en 1991 por CajaMurcia, y aquella edición del número 26 de Arrecife –la revista que dirigía Emma Pérez Coquillat– titulado Pasolini . Las formas de la poesía. Ciclo que se difundió con una de sus obras: un personaje solitario que, de espaldas, contempla la soledad que envuelve un espacio vacío en el que se intuye una lejana esperanza a modo de luminosa puerta abierta en la pared.
El recuerdo de una obra de Pedro Cano a la que, irremediablemente, me ha conducido ese conjunto de trípticos –sobre todo el denominado Interior– que, agrupados bajo la denominación de SIETE, se expusieron en Verónicas en 2019. Pasolini, Vittorio de Sica… De nuevo, el cine. Su capacidad evocadora.
Como el cine, también la pintura es un estado de gracia. Es como si Pedro Cano en SIETE –esa amplia muestra compuesta de distintos trípticos: Trabajo, Bicicletas, Juego, Interior, Espera, Salto y Cargo– nos propusiera contemplar, a modo de una emocionada secuencia fílmica, su compromiso frente a la injusticia, la soledad, el miedo o la incomprensión, recordándonos que solo mediante el coraje y el valor de sentirnos y ser solidarios, recuperaremos la capacidad de reconocernos como individuos moralmente éticos, orgullosos de sabernos pertenecientes al género humano.
Bicicletas, una obra, una parte de un tríptico que, al igual que el resto de las piezas que componen ese turbador, desasosegante y, a la vez, impresionante y comprometido puzle que constituía la propuesta SIETE, está sometida a una austeridad de color –con esos sedosos negros ligeramente tostados y azulados– muy en consonancia con el tema. Una contención que ayuda a fijar cada imagen en la memoria, a implicarnos de manera directa y consciente en el proyecto.
Una obra que me retrotrae a aquella Exposición Antológica que me hizo conectar con el arte de Pedro Cano por primera vez y para siempre, y que tuvo lugar en 1983 en el Salón de Actos de la Universidad de Murcia. Curiosamente, en fechas recientes, Pedro realizó en la Universidad otra muestra: Ciudades eternas, la obra plástica como herramienta para la documentación del patrimonio. Un elogio de Italia, –de su Italia– y donde volvía a manifestar que la pintura puede servir como herramienta de análisis y es, siempre, un acto comprometido. Y es que el arte, la pintura en este caso, es capaz de obrar, como el cine y la música, un efecto de implicación y, simultáneamente, de evocación.
A la vista de este cuadro de Pedro Cano, de estas Bicicletas, de su emocionante carga visual y plástica, quizá tengamos que contradecir a Pier Paolo Pasolini cuando aseguraba: «Para qué realizar una obra cuando es tan bello solamente soñarla…». Bueno, tal vez ambas cosas: realizar, soñar… La acción y la ilusión, sean compatibles, y cada una de ellas alimente y complemente a la otra.
A fin de cuentas, qué es el arte –ese regalo del cielo–, para qué sirve la pintura, si no es para materializar sueños y contribuir a construir una forma más auténtica de sentirnos vivos y cercanos los unos a los otros.
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