Murcianos de dinamita
Rosa Campos: escribir para dar voz a los demás

Rosa Campos / Ana Martín
Hay escritores que nacen de los libros y otros que nacen de las voces. Rosa Campos pertenece a los segundos. Antes de leer a Cervantes, escuchó a su madre; antes de publicar poemas, oyó historias contadas en la cocina familiar. Su vocación literaria no empezó en una biblioteca, sino en una casa llena de gente, de recuerdos y de conversación. Allí descubrió que la literatura, es una forma de compartir la vida.
Natural de Calasparra y vecina desde hace décadas de Cieza, Campos no responde al perfil clásico del autor encerrado en su despacho. Su trayectoria es la de una trabajadora cultural en el sentido más amplio: poeta, autora de teatro infantil, tallerista de artes plásticas y, desde hace unos años, editora independiente.
Recuerda con precisión el origen de su relación con la literatura. En su infancia convivían varias generaciones bajo el mismo techo y las historias circulaban de boca en boca. Después llegaron los libros escolares y una escena que todavía cita: los episodios del Quijote adaptados para niños. Más tarde, una maestra —doña Vicenta— le pidió escribir un cuento y le puso la máxima nota. Aquel gesto funcionó como un primer estímulo. «Si alguien cree en lo que escribes, continúas», me dice.
La primera publicación llegó en 1979, en un periódico regional que dedicaba un espacio a jóvenes poetas. Ver su texto impreso fue un estímulo decisivo. Desde entonces no ha dejado de escribir. Su obra se mueve sobre todo en la poesía, aunque también ha cultivado la narrativa y el teatro, especialmente piezas destinadas a la escuela. De hecho, la educación fue durante años su principal motor creativo: cuando sus hijos eran pequeños redactaba cuentos y pequeñas obras para que los representaran en clase. Aquellos textos, concebidos casi como material pedagógico, terminaron reunidos en libro.
Para Campos la escritura no responde a un programa literario sino a una necesidad. Escribe sobre la belleza, pero también sobre la pérdida de servicios en el mundo rural, la desaparición de estaciones de tren o la soledad de los pueblos. «Escribir es dar», resume.
Su relación con la cultura nunca se limitó a la página. Durante casi veinticinco años dirigió el taller de dibujo y pintura ‘Siembra’, donde enseñó a varias generaciones de niños y jóvenes. Allí comprobó que el aprendizaje funciona en doble dirección: el profesor enseña, pero también aprende.
La pandemia marcó un punto de inflexión. Tras el cierre de una editorial con la que iba a publicar, decidió hacer algo poco habitual: abrir la suya. Nació así Almadenes, una pequeña editorial independiente, sin subvenciones ni infraestructura empresarial, sostenida únicamente por el trabajo personal y la venta de cada título. Junto a una colaboradora filóloga y su hija —encargada del diseño—, corrige, maqueta y prepara los libros. Publica despacio, cuando la economía lo permite, y ha recibido originales de toda España.
Su objetivo no es competir con grandes sellos, sino ofrecer espacio a autores que de otro modo quedarían fuera del circuito. Para ella editar es una forma de resistencia cultural: demostrar que, incluso en tiempos difíciles, la palabra puede seguir circulando.
Rosa Campos mantiene una convicción sencilla: la literatura no arregla el mundo, pero ayuda a comprenderlo.
Su biografía no está hecha de premios ni de grandes tiradas, sino de talleres, presentaciones modestas y libros nacidos con esfuerzo. Más que una autora que publica es alguien que acompaña. En sus poemas, en sus clases o en su editorial late la misma idea que aprendió de niña: la literatura empieza cuando una persona le cuenta algo a otra y esa otra decide escucharlo.
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