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Murcianos de dinamita

Chema Espejo, música y memoria

Chema Espejo

Chema Espejo / Ana Martín

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Pascual Vera

Pascual Vera

Fue en el otoño de 1973 cuando Chema Espejo puso por primera vez un pie en Murcia con la ingenua energía de un joven de 18 años que venía a estudiar, pero que en realidad venía a vivir. Nacido en Madrid de madre cartagenera y padre violinista, Chema pasó su infancia entre Cartagena, Madrid y algunas visitas ocasionales a Murcia, ajeno entonces a que el sonido le llevaría a vivir una historia íntima con esta ciudad.

Sus gustos musicales evolucionaron rápido y sin prejuicios: de Karina o el Dúo Dinámico saltó a Otis Redding, Aretha Franklin, Neil Young o Led Zeppelin, en un descubrimiento casi revelador. Para su generación, la música fue algo más que entretenimiento: una forma de sacudirse el adoctrinamiento y abrir ventanas a la libertad.

Antes de subirse a un escenario, Chema fue disc-jockey. Un verano en La Manga, en la discoteca El Fuerte, le dio independencia y la certeza de que la música podía ser algo más que una afición. La docencia fue durante décadas su sostén y su vocación paralela.

Estudió Geografía e Historia en Murcia, aunque su inquietud por la música venía de mucho antes: de sesiones improvisadas en casa con amigos, de discos que absorbía con avidez, y de tardes en cafeterías como Alteza, donde entre humo y libretas componía fichas de estudio acompañadas por coñac y melodías que ya apuntaban a un destino más libre que académico. Fue en ese ambiente en ebullición cuando conectó con músicos murcianos y, en 1988, nació La Banda Cruda, el germen de lo que más tarde sería Los Crudos —el grupo que Chema lidera desde entonces con guitarra y voz al frente, una banda que comenzó con tonos de jazz, blues y rock y terminó definiéndose como rock con «unas gotitas de funk», fue mucho más que un proyecto musical: una forma de estar en el mundo. En poco tiempo, este grupo murciano estuvo tocando por garitos y salas, festivales y plazas, llevando su sonido crudo, sincero y visceral a todos los rincones del sureste español. Más de 400 conciertos dan testimonio de una trayectoria que ha tejido parte de esa escena musical de Murcia que surgió con fuerza en los 80.

Esa historia de empeño constante se puede leer como un diario íntimo de la escena murciana: de noches en locales como Zigzag o La Puerta Falsa, de festivales de jazz donde compartieron cartel con figuras de la música, y de una escena que siempre ha mirado al rock, el blues y el funk como lenguajes esenciales de libertad creativa.

Pero la biografía de Chema no se limita al escenario. Su vida también ha sido la de un profesor de historia que supo conjugar la enseñanza con la música. Esa música, lejos de ser solo sonido, fue lenguaje de liberación y comunidad, y Chema ha sido testigo y protagonista de ese movimiento cultural.

Chema Espejo es más que un músico: es un cronista sentimental de una Murcia que fue y que sigue siendo, un superviviente.

Optimista declarado, Chema Espejo mira su trayectoria con agradecimiento. Ha vivido muchas etapas y todas le han enseñado algo. Su semblanza es, en el fondo, la de una generación que aprendió a pensar, a disentir y a crear en tiempos difíciles, y la de un hombre que nunca dejó de tocar, escuchar y creer que la música —como la vida— merece ser vivida con pasión.

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