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Murcianos de dinamita

Esperanza Clares Clares, la arqueóloga del sonido murciano

La musicóloga e investigadora Esperanza Clares.

La musicóloga e investigadora Esperanza Clares. / Ana Martín

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Pascual Vera

Pascual Vera

En un tiempo dominado por la inmediatez digital, Esperanza Clares Clares ha elegido un oficio difícil: escuchar el pasado. No lo hace a través de grabaciones –que no existen–, sino de papeles amarillentos, periódicos antiguos y manuscritos parroquiales. Es musicóloga e investigadora, profesora universitaria y gestora cultural, pero sobre todo, es una historiadora que ha convertido la música en una herramienta para comprender la sociedad.

Nacida en una familia profundamente vinculada a la cultura, su biografía parece escrita con un pentagrama de fondo. Sus hermanos son instrumentistas profesionales –violonchelo, viola, violín– y el ámbito artístico se extiende también a la fotografía, la dramaturgia y la pintura. Sin embargo, Clares tomó un camino distinto: «Yo me veía en un archivo entre legajos», resume. Estudió Musicología en la Universidad de Granada y pronto orientó su trabajo hacia la investigación histórica.

Su gran tema es Murcia. No la Murcia monumental ni la política, sino la cotidiana: la que salía por la tarde a pasear, acudía al teatro, tomaba café escuchando música o encargaba misas cantadas tras la muerte de un familiar. Su tesis doctoral reconstruyó la vida musical murciana del siglo XIX con una paciencia casi detectivesca. Vació miles de ejemplares de prensa histórica para recomponer la programación del Teatro Romea, del Teatro Circo y de pequeños espacios escénicos, además de la actividad musical en cafés y hogares privados.

Los datos desmontan tópicos. En la segunda mitad del siglo XIX el Teatro Romea acogió más de 4.000 funciones de zarzuela y más de 200 de ópera. Aquella ciudad estaba plenamente integrada en los circuitos culturales europeos. Artistas internacionales actuaban en ella y las bandas municipales ofrecían conciertos al aire libre que podían escuchar todos los murcianos. La música, explica Clares, fue uno de los grandes motores de democratización cultural.

Su investigación más reciente se adentra aún más atrás en el tiempo. Ha estudiado la relación entre música y muerte en la Murcia del siglo XVIII. En los testamentos, numerosos ciudadanos dejaban tierras o rentas para que se cantaran misas perpetuas por su alma y, en ocasiones, para que se compusieran obras nuevas destinadas a esas celebraciones. Un mecenazgo póstumo que permitía pagar a sacerdotes y músicos durante generaciones y que, en algunos casos, se prolongó hasta el siglo XX.

Paralelamente, Clares desarrolla una intensa labor docente. Imparte Historia de la Música y metodología de investigación y coordina un máster universitario. Pero su perfil no se limita al aula. Desde la dirección del Aula de Música universitaria ha impulsado una programación diversa: orquesta especializada en música antigua, coral participativa, ciclos de flamenco, presentaciones y colaboraciones con otras disciplinas artísticas.

Su iniciativa más visible es el premio UMurgentes, creado tras elaborar un censo de estudiantes y antiguos alumnos con grupos musicales. Los seleccionados actúan en distintos espacios de la ciudad gracias a la colaboración institucional, con la idea de sacar la cultura universitaria a la calle y convertirla en patrimonio compartido.

En sus investigaciones aparecen también figuras olvidadas, como el barítono murciano Mariano Padilla, estrella internacional en la Europa del XIX, o los pequeños sextetos que tocaban en cafés de la Trapería. Historias aparentemente menores que, juntas, describen la vida real de una ciudad.

Esperanza Clares defiende que la musicología no consiste solo en estudiar partituras, sino en entender cómo vive una sociedad. La música, dice, explica quién se relaciona con quién, qué espacios se habitan y cómo se construye la identidad colectiva. Por eso insiste en la divulgación: la investigación académica debe salir del libro especializado y llegar al ciudadano.

En sus manos, la música deja de ser un adorno cultural para convertirse en documento histórico. Gracias a su trabajo, el pasado murciano no solo puede leerse: también puede imaginarse sonando.

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