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Murcianos de dinamita

Agustín García Romero, un bastión en la defensa del cine Rex

Agustín García Romero

Agustín García Romero / Ana Martín

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Pascual Vera

Pascual Vera

Hay personas que no recuerdan su infancia por los cumpleaños o los veranos, sino por la luz que se apaga en una sala y el silencio que precede a una historia. Agustín García Romero es una de ellas. Para él, el cine y el teatro no llegaron como una vocación repentina, sino como algo natural, casi doméstico, que fue creciendo con los años hasta convertirse en una manera de ser y de estar en el mundo.

Sus primeros recuerdos teatrales tienen el tamaño de la infancia: funciones de guiñol, espectáculos sencillos que despertaban la imaginación de los críos de los años sesenta. El Teatro Circo aparece antes que el Romea en su memoria, como un lugar de descubrimiento. El cine, sin embargo, irrumpe con una fuerza especial y temprana. Con apenas cinco o seis años, algunas imágenes que ve en el Coy, el Iniesta, el Rex o el Popular se le quedan grabadas para siempre. No recuerda solo las películas, sino la emoción de verlas, esa sensación difícil de explicar que acompaña a los primeros asombros.

En casa, la cultura no era un lujo, sino una costumbre. Procedente de una familia ligada a las artes gráficas, Agustín creció entre libros y periódicos. Su padre, tipógrafo y corrector, era un lector incansable y un cinéfilo apasionado. Sabía de cine como quien sabe de la vida: con curiosidad y respeto. Su madre compartía esa afición, y no es casual que se conocieran en una sala de cine. Aquel ambiente hizo del arte algo cercano, algo que se tocaba.

Durante años, Agustín fue un gran conocedor del teatro sin pisarlo demasiado. Lo vivía a través de Estudio 1, aquel teatro televisado que educó a varias generaciones. El salto a la escena llegó a los treinta, cuando decidió estudiar Arte Dramático. Y llegó con la misma naturalidad con la que siempre habían llegado las cosas importantes en su vida. Pronto empieza a trabajar como actor, se mueve entre Murcia y Madrid, y más tarde viaja a Barcelona para estudiar cinematografía. Allí aprende a mirar el cine desde dentro, a entenderlo no solo como emoción, sino como lenguaje.

Pero Agustín no se queda en un solo lugar. Actor, cineasta y maestro de escuela, acaba encontrando su sitio en la mezcla de dedicaciones y de residencias. En la docencia descubre otra forma de escenario, y en la educación una manera de compartir todo lo aprendido. Diseña proyectos, investiga, forma a profesores, lleva el teatro y el cine a las aulas. Siempre con la idea de que la cultura no se transmite: se contagia.

Su relación con el Cine Rex es, quizá, el punto donde todo confluye. Dos de sus tías trabajaron durante años en su taquilla y él entró en aquel local muchas veces de su mano. El Rex no fue solo un cine, sino un lugar vivido. Cuando en 2019 surge la amenaza de cierre, Agustín se acerca primero como quien no quiere perder algo querido. Y se queda allí.

Desde entonces, su presencia en la plataforma Cine Rex Vivo ha sido constante y generosa, dedicando tiempo y esfuerzo a avivar la lucha por la causa. Y lo hace porque Agustín cree en el poder de lo colectivo. Para él, ir al cine es un ritual en el que nunca se sale de la misma manera en la que se entra.

Agustín defiende el Cine Rex como se defienden las cosas que forman parte de uno mismo. No desde la nostalgia, sino desde el cariño lúcido. Porque sabe que una ciudad que pierde sus espacios vivos pierde también una parte de su alma. Y porque, en el fondo, él nunca salió del cine: solo decidió quedarse para que otros puedan entrar.

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