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Música

La salsa vivirá, las ideas no se pueden matar

Rubén Blades clausuró el sábado los conciertos de La Mar de Músicas en el que pudo ser uno de sus últimos conciertos en nuestro país

Rubén Blades, el pasado sábado, durante su concierto en La Mar de Músicas.

Rubén Blades, el pasado sábado, durante su concierto en La Mar de Músicas. / Marcial Guillén / EFE

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Tal vez haya sido la última oportunidad de disfrutar en vivo con Rubén Blades, y me siento afortunado: aunque recortó casi una hora del show que está ofreciendo en esta gira, el poeta del pueblo dictó cátedra de salsa e historia en La Mar de Músicas. García Márquez le definió en su día como un cronista de su generación, más que un cantante.

Rubén Blades, historia viva de la salsa, volvió a demostrar, a sus 78 años, que el tiempo no pasa por su voz ni por su lucidez intelectual (hasta bromeó sobre su provecta senectud inexistente), con la misma voz impecable de hace años, una voz maravillosa. Me recordó el vigor inagotable de Bruce Springsteen y la similitud en la forma en que ambos cantantes se relacionan con sus músicos y su público.

Acompañado por la monumental big band de Roberto Delgado (una maquinaria perfecta de 20 músicos), el maestro, el cantante, ofreció un espectáculo que mereció matrícula de honor. Las canciones adquirieron un sonido potente, tratando de recrear el de famosas big bands de la música latina, como lo fueron Machito y sus Afrocubans con Mario Bauza, Tito Rodríguez, Willie Colón y Tito Puente, entre otros.

Del escenario del Auditorio Paco Martín (lo que habría gozado él de seguir entre nosotros) brotó un ruido majestuoso y magnífico, lleno de estruendo y repiqueteo, rebosante de virtuosismo, una gigantesca expresión del ritmo de la clave que cobra vida, con todos sus adornos.

Vestido de negro, traje y sombrero, Blades se presentó como uno más de la banda, y con frecuencia se retiraba para añadir sus maracas a la sección de percusión durante los solos de trompeta o piano, y luego volver a avanzar e intercambiar frases vocales en las largas secciones de montuno con su coro, formado por la sección de vientos y otros instrumentos.

El concierto funcionó como una celebración de la salsa y, al mismo tiempo, como una inyección de memoria histórica y crítica social. Con la mirada ya puesta en 2027 -año en el que ha anunciado que cerrará su etapa de grandes giras-, cada canción se sintió como un testamento vivo.

Lleno total, fervor intergeneracional, Blades en esta gira no se limitó a repetir los éxitos de siempre; se dio el lujo de rescatar joyas ocultas y "fracasos comerciales" reconvertidos en piezas de culto (Ojos de perro azul). En un momento dado, riéndose de sí mismo mientras hablaba de los años setenta en Nueva York, comentó: "...pero no os lo puedo contar todo ahora, sería demasiado; puede que escriba sobre ello más adelante".Y contó cómo su amigo Gabo le dijo "no" a llevar adelante un proyecto con sus letras: "Fue un desastre".

El arranque con conciencia presentó temas como Decisiones y Ligia Elena, que desataron los primeros bailes del público, sirviendo además para que Blades lanzara sus habituales dardos cargados de ironía y compromiso en El emigrante ("los primeros inmigrantes ilegales fueron los conquistadores españoles", dijo, no acataron la legalidad de Moctezuma).

Entre canciones Rubén habló sobre política, su época en la Fania, la vida y la muerte, su madre, la huida de Panamá a Nueva York con su familia..., pero también de muchos amigos y compañeros músicos de la etapa de Fania, para introducir Amor y control, que provocó uno de los momentos más emotivos.

La mística de María Lionza envolvió el recinto evocando las raíces latinoamericanas, y lanzando un alegato panamericano de ayuda a Venezuela. Sus letras casi siempre han sido políticas, y no hace falta pedirle que se pronuncie claramente sobre la situación en Latinoamérica (Buscando América). Dado que su enfoque intelectual y filosófico de la música es único dentro de la salsa, cantó sobre la corrupción (País portátil) , la calle, la pobreza, el fracaso humano...

El concierto alcanzó uno de sus puntos álgidos con Todos vuelven, una canción escrita por el compositor y escritor peruano César Miró, dedicada a leyendas ausentes como Celia Cruz, Paco de Lucía y Héctor Lavoe, mientras en las pantallas gigantes se proyectaban sus rostros.

La crítica social en El padre Antonio y el monaguillo Andrés retumbó con una vigencia escalofriante cuando Blades relató el episodio del asesinato de monseñor Romero en El Salvador. El público coreó la desgarradora canción antiviolencia mientras el artista recordaba que las ideas no se pueden matar.

La orquesta de Roberto Delgado, un auténtico huracán, fue la columna vertebral del show. Con una precisión matemática en los vientos y una fuerza demoledora en las percusiones (tremendo timbalero) vistieron los arreglos clásicos con texturas de jazz afrocubano y swing de altísimo nivel, demostrando por qué han ganado múltiples premios Grammy junto al panameño.

El cierre apoteósico

Para el último tramo, Blades reservó la artillería pesada con canciones como El cantante, de Héctor Lavoe, interpretada con una dignidad vocal asombrosa, preparando el terreno para la catarsis colectiva de Pedro Navaja. Con su crónica urbana resonando bajo las estrellas y espectaculares ilustraciones de fondo, el público bailó y cantó cada verso de esa "novela de tres minutos", confirmando que Rubén Blades sigue siendo el cronista definitivo del pueblo latinoamericano, un artista excepcional que derrocha alma y una musicalidad increíble en el escenario.

El concierto fue una historia contada a través de 'minihistorias' -las canciones y breves relatos 'hablados' compartidos con el público-, un viaje conmovedor y lleno de color con una dimensión sumamente humana; un verdadero deleite. Las dos horas durante las cuales Rubén Blades compartió su luz trasladaron un exquisito sabor a salsa, pero también un mensaje de esperanza. Gracias, Rubén.

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