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Murcianos de dinamita

Inmaculada Rufete: la vocación invencible de una actriz de teatro

La actriz lorquina Inamaculada Rufete.

La actriz lorquina Inamaculada Rufete. / Ana Martín

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Pascual Vera

Pascual Vera

Partiendo desde Lorca, la trayectoria de esta actriz es la de una vocación temprana sostenida con constancia, oficio y una fe inquebrantable en el teatro como espacio de verdad y vida. Hija de actor y director amateur, creció escuchando historias de trenes cargados de decorados, de pueblos recorridos a golpe de telón pintado y de funciones levantadas con más entusiasmo que medios. Aquellas narraciones domésticas fueron el primer germen de una pasión que ya no la abandonaría.

Su padre, actor y director en Lorca, fue para ella una figura decisiva. Vinculado en sus inicios a Margarita Lozano, encarnaba una forma de entender el teatro ligada al sacrificio y a la vida cotidiana. De él heredó el amor por la palabra, la lectura y el escenario. De niña, en los scouts, ya montaba pequeñas representaciones. El teatro fue siempre un modo natural de estar en el mundo.

Como tantos otros, comenzó en el instituto, en grupos y asociaciones culturales. Allí, bajo la tutela de su profesor de Filosofía, José Antonio Gallego, participó en sus primeras obras colectivas. Más tarde llegó el momento de elegir: estudió Magisterio, pero el teatro seguía llamando. Inició estudios de Arte Dramático en una primera etapa, los interrumpió, trabajó, y finalmente, ya con 28 años, decidió volver a empezar desde cero. En 1993 se matriculó de nuevo en la Escuela de Arte Dramático de Murcia, esta vez con la determinación de quien sabe que ha encontrado su lugar. Compartió aulas con compañeros diez años más jóvenes, pero el talento y la vocación no entienden de edades.

Antes y después de la escuela, su carrera se fue tejiendo con nombres clave del teatro regional. Trabajó con Lorenzo Píriz en montajes como El unicornio y varios autos sacramentales, experiencia que ella misma considera su verdadero inicio profesional: el momento en que empezó a cobrar por actuar y a asumirse como actriz. Más tarde formó parte de la Compañía Estable del Teatro Guerra, donde participó en montajes como La Celestina, dirigida por César Oliva, y Las criadas de Jean Genet, compartiendo escenario con figuras como María Luisa Merlo y Concha Estévez.

El punto de inflexión llegó no solo en lo artístico, sino también en lo vital. Durante un montaje conoció a Alfredo Zamora, actor y director, con quien "unió los baúles", como decían los cómicos antiguos. Juntos fundaron en 1997 su propia compañía, Doble K Teatro, un proyecto de vida y de escena que ya supera el cuarto de siglo. Con ella han levantado un repertorio sólido y diverso: Noche de amor efímero, La discreta enamorada, Mucho ruido y pocas nueces, Yerma, Casa de muñecas, Hay que deshacer la casa o ¡Ay, Carmela!

Precisamente Carmela es el personaje que más hondo le ha calado. Tierno y fuerte a la vez, inocente y combativo, ese papel le ha dado algunas de sus mayores satisfacciones como actriz. Su forma de trabajar huye de métodos rígidos: aprende el texto, confía en la palabra y deja que los sentimientos emerjan poco a poco. Cada función es distinta, condicionada por el día, por el público, por esa corriente invisible que solo existe en el teatro vivo.

Ha hecho también audiovisual, pero sin entusiasmo. Para ella, la cámara es fría; el teatro, en cambio, es piel, respiración compartida, calor humano. Tras la pandemia, asegura haber notado un público más necesitado de esa cercanía. Cree que el teatro sigue siendo, veinticinco siglos después, un espacio de catarsis y renovación.

A sus 61 años, no concibe la retirada. "El teatro me da vida", afirma. Mientras tenga cuerpo y cabeza, seguirá subiendo a las tablas. Porque para algunos, el escenario no es un trabajo, sino una forma de seguir vivos.

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