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Jazz San Javier

Fusión al rojo vivo y fuego en las teclas en la clausura del Jazz San Javier

El Festival acogió una de las actuaciones más memorables de esta edición con el Fusion Experience Quartet en una noche que también será recordada por la actuación de Lluís Coloma y Nicolle Rochelle

Richard Bona de Fusion Experience Quartet

Richard Bona de Fusion Experience Quartet / Iván Urquízar

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El Fusion Experience Quartet ofreció una de las actuaciones más memorables de esta edición. Desde el primer compás, la máquina funcionó con la precisión de un reloj suizo, con el fuego de un volcán en erupción. Había tensión eléctrica en el aire antes de que se apagaran las luces. Y no era para menos: ver en un mismo escenario a cuatro auténticos titanes de la música contemporánea no es algo que ocurra todos los días. Fusion Experience Quartet prometía una noche de altísimo voltaje y, el público, repleto de músicos analizando cada rincón del escenario y melómanos con ganas de dejarse llevar, sabía que estaba a punto de presenciar algo grande.

Dave Weckl y Richard Bona flanqueados por los impecables Ciro Manna y Mica Lecoq - un auténtico dream team que podría recordar a los Weather Report de los 70 y principios de los 80- convirtieron el escenario en un laboratorio de pura alquimia rítmica.

El concierto arrancó con una energía arrolladora. Quedó claro que la etiqueta de 'jazz fusión' se queda corta para describir lo que este cuarteto genera en directo. La banda desplegó desde el inicio ese concepto que ellos mismos denominan 'Swunk'- ese groove magnético que camina con la elegancia del swing y la pegada implacable del funk más puro—, conectando visceralmente al público con el ritmo. La línea de bajo llevaba la melodía, y el gran solo de Weckl fue como una tormenta de verano.

El  núcleo de la velada residió en la asombrosa compenetración entre Weckl y Bona. Verlos tocar juntos es asistir a una clase magistral de telepatía musical. Mientras Dave Weckl, columna vertebral del conjunto, mantenía una precisión quirúrgica, matemática y demoledora en la batería, el bajista camerunés, con su bajo de cinco cuerdas, aportaba elasticidad, groove y una calidez vocal que conecta las complejas estructuras del jazz-rock con las raíces más profundas de la música africana.

El soporte del cuarteto lo constituían el guitarrista italiano Ciro Manna y el teclista francés, monsieur Lecoq, demostrando por qué son el complemento perfecto, aportando solos afilados y texturas armónicas modernas que mantuvieron el show en una tensión creativa constante. Como maestros brillantes que son, lo hacen parecer fácil.

Fusion Experience Quartet durante su actuación

Fusion Experience Quartet durante su actuación / Iván Urquízar

El repertorio combinó temas propios de los proyectos de cada uno con extensas jams donde el espacio para la improvisación fue el verdadero protagonista, con el sello rítmico de Dave Weckl y potentes versiones de clásicos del jazz fusión como Some skunk funk de Breker Brothers, en el que Weckl provocó una fusión atómica poniendo su batería en ignición.

Uno de los momentos más celebrados por la audiencia fue la interpretación de Please don't stop, un tema de Bona que escribió junto a John Legend, con sonidos de jazz norteamericano, donde la guitarra de Ciro Manna -sus solos, cargados de arpegios imposibles y frases bluesy, fueron el contrapunto perfecto a la base armónica-, y los teclados de Mica Lecoq -aportó la sofisticación moderna que redondea el sonido del cuarteto- tejieron una sólida red armónica que permitió a las dos estrellas (Weckl y Bona) bajar al barro de la improvisación más salvaje.

No había guerras de egos en el escenario, solo cuatro amigos pasándoselo en grande e invitándonos a su fiesta privada.

El clímax absoluto llegó con su brutal lectura de Stratus, el clásico de Billy Cobham; un despliegue de polirritmia vertiginosa por parte de Weckl que levantó a los asistentes de sus asientos. Su control de las dinámicas rozó lo sobrenatural. Cada redoble en la caja, cada uso del hi-hat y cada sincopa eran una lección magistral de técnica al servicio del groove.

Más allá del virtuosismo técnico, la crónica de la noche no estaría completa sin mencionar el carisma de Richard Bona. Capaz de pasar de un solo de bajo estratosférico a bromear con el público o conmover al auditorio con sus impecables fraseos vocales en Te Misea, ejerció como el perfecto maestro de ceremonias, equilibrando la tremenda exigencia técnica del show con una cercanía humana arrebatadora.

"¡Madre de Dios, qué calor!”, llegó a lamentarse en español, con sus lentes empañadas por el sudor. A su extraordinario e investigador talento con el bajo, donde utiliza la técnica del slap, se une su voz suave -cantó una balada en douala, el dialecto bantú de su región-, e interactuó con los músicos en un diálogo constante.

El solo de batería de Dave Weckl hacia el final del show desató el delirio colectivo. Lejos de ser una demostración vacía de ego, fue una composición musical en sí misma, llena de matices, volumen y musicalidad. Y en el bis, Bona puso a cantar a todo el auditorio una versión de Quizás, quizás, quizás.  Es un entertainer, el alma del show.

Además de su dominio absoluto del bajo eléctrico, hay que subrayar su capacidad para conectar con el público mediante el canto improvisado y el humor -mientras el pianista improvisaba un bolero en 101 shuffle, Bona hizo como si atrapara una mosca para rematar un largo sostenido vocal, provocando las risas-.

Más allá de la evidente destreza técnica de estos cuatro gigantes, lo que verdaderamente hizo especial la velada fue la complicidad y la sonrisa permanente entre ellos. No había guerras de egos en el escenario, solo cuatro amigos pasándoselo en grande e invitándonos a su fiesta privada.

Fusion Experience Quartet no solo ofreció un concierto: dio una lección magistral de cómo la música puede ser accesible, emocionante y electrizante a la vez. Se agradeció que fueran más allá del 'clinic'. Tardaremos mucho tiempo en bajarnos de esta nube de groove.

Fuego en las teclas

Se recordará también este cierre como la noche en que Lluís Coloma y Nicolle Rochelle encendieron Jazz San Javier. Coloma presentó un gumbo exquisito con  temas propios y alguna versión como Chicago Breakdown de M. Merrywheather, uno de los grandes pianistas de blues de la historia. Piezas que muestran la tradición y riqueza de este estilo, con un quinteto electrizante -Manolo Germán al contrabajo, Julian Vaughn a la batería, Kid Carlos a la guitarra, y la potente voz de la cantante estadounidense Nicole Rochelle-. Fusionó de manera natural e innovadora la música de Nueva Orleans, el rhythm & blues, el boogie-woogie, el rock, el blues... Subiendo como una descarga eléctrica desde los tobillos hasta el pecho.

Desde la primera nota quedó claro que no se trataba de una colaboración casual. La cita entre el virtuoso del piano Lluís Coloma y la arrolladora vocalista Nicolle Rochelle fue un choque frontal de talento puro, un diálogo entre el ritmo machacón del boogie-woogie de la vieja escuela y el alma escénica del blues y el jazz más visceral.

Lluís Coloma al piano; Manolo Germán al contrabajo; Julian Vaughn en la batería y Kid Carlos en la guitarra.

Lluís Coloma al piano; Manolo Germán al contrabajo; Julian Vaughn en la batería y Kid Carlos en la guitarra. / Ivan urquizar

El concierto arrancó con Coloma al frente de su piano. Si el boogie-woogie tiene un secreto, radica en la mano izquierda: una línea de bajo obsesiva, rápida y precisa que imita el galope de una locomotora a todo tren. El concepto es tocar con la mano izquierda mientras la derecha improvisa. Coloma no solo domina este lenguaje; es probablemente uno de sus mayores exponentes.

Los dedos de su mano derecha dibujaban adornos endiablados, arpegios imposibles y riffs que huelen a los míticos clubes de Nueva Orleans. En Longhair's Tribute introdujo muchas citas ('Jambalaya', 'You never can tell', 'When the Saints Go Marching In'... ).

Mientras toca, Coloma sonríe con esa complicidad de quien sabe que está a punto de desatar la fiesta.  Echó mano de un tema propio inspirado en Albert King (Shuffle), y también dejó espacio para una balada -"Si no os importa"- llena de emotividad: El último café (dedicada al café Centtal). El ambiente quedó caldeado, pero lo mejor estaba por llegar.

Cuando Nicolle Rochelle tomó el escenario con How long blues de Leroy Carr, entró la tormenta evidenciando la versatilidad del boogie-woogie y su capacidad de fusionarse con diferentes sonidos y épocas. Con una presencia escénica magnética —herencia de su trayectoria teatral y su aclamada interpretación de Josephine Baker en los escenarios parisinos—. Rochelle no se limita a cantar: encarna la música.

Descarada y potente en los temas de shout blues más veloces, como si fuera una reencarnación de Bessie Smith con toques de Amy Winehouse, su voz es un instrumento flexible y lleno de texturas: aterciopelada y profunda cuando la velocidad baja para dar paso al blues lento. El dueto no tardó en encontrar su ritmo. Coloma le lanzaba provocaciones desde el teclado, variando los tiempos y acentuando los contratiempos y, Nicolle, con una interpretación sexy, cómica, de canto y baile a la altura de cualquier otra versión de Josephine Baker que se haya visto, respondía con un fraseo vocal lleno de scat, bailes improvisados y un carisma que contagia. Coloma tocaba las teclas con la mano derecha mientras ella se cimbreaba como una muñequita.

Lluis Coloma al piano

Lluis Coloma al piano / Iván Urquízar

Los temas clásicos del repertorio afroamericano se entrelazaron con composiciones propias de Coloma. La sección de ritmo frenaba y aceleraba con precisión , mientras la voz de Rochelle se elevaba por encima de los retumbantes acordes del piano. Tras un clásico como St Louis blues, llegaba otro tema propio, Cromatic boogie woogie, repleto de referencias cinematográficas, y acompañado de palmas.

"Os hemos hipnotizado y no os habéis enterado", dijo Coloma aludiendo a la magia del boogie, y así debió ser porque no se podía apartar la vista del escenario. El bis lo puso el standard St James infirmary blues, que cobró fama a partir de la grabación de Louis Armstrong.

Coloma y Rochelle demostraron que el boogie woogie no es un género de museo, sino una música viva, sudorosa y profundamente festiva. Virtuosismo y diversión.

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