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Murcianos de dinamita

Katarzyna Rogowicz: amor, memoria y arte

Katarzyna Rogowicz posa junto a una de sus obras.

Katarzyna Rogowicz posa junto a una de sus obras. / Ana Martín

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Pascual Vera

Pascual Vera

Hay artistas que trabajan con pigmentos y materiales, y hay otros que, aun sin saberlo, trabajan con recuerdos. Katarzyna Rogowicz pertenece a estos últimos. Nacida en Sosnowiec, Polonia, en 1971, llegó a Murcia a comienzos de los años noventa y desde entonces su vida quedó íntimamente ligada a esa luz, a ese clima emocional y a ese territorio que, poco a poco, convirtió en su hogar. Desde 1992 vive y crea en esta ciudad, donde su biografía y su obra se entrelazan hasta resultar inseparables.

Formada en Bellas Artes en la UMU y con estudios artísticos en Varsovia, además de una sólida trayectoria como diseñadora gráfica e ilustradora, Rogowicz ha construido un lenguaje propio, delicado y profundamente humano. En él conviven la memoria de la infancia, la experiencia de la maternidad, su condición de mujer, la migración y el deseo constante de libertad.

Para Katarzyna, el arte es una forma de vivir, de comprender y de reconciliarse con el pasado. Así se percibe con claridad en Amor, la gran retrospectiva presentada en 2025 en el Centro de Cultura Contemporánea Cárcel Vieja de Murcia, donde reunió más de cien obras creadas a lo largo de veinticinco años. Aquella exposición no fue solo un recorrido por su trayectoria artística, sino una cartografía emocional: un lugar donde los afectos, los miedos, las preguntas y las certezas tomaban cuerpo en dibujos, collages, esculturas e instalaciones.

En Amor, Rogowicz hablaba del amor en plural. Del amor como vínculo familiar, como memoria de la infancia compartida con su hija. Cada pieza parecía contener una historia que no se imponía, sino que susurraba, dejando al espectador el espacio necesario para reconocerse.

Piezas coloridas, habitadas por gatos en cuyos cuerpos se construía la palabra ‘AMOR’, que funcionaban como una declaración de principios. El arte como regalo, como acto de generosidad, como puente entre generaciones.

Pero el universo de Katarzyna Rogowicz no se agota en una exposición. Su trayectoria está jalonada de proyectos y muestras en las que explora lo invisible, lo que queda al margen de lo evidente. Papeles japoneses, collages, textiles, dibujos y materiales diversos se convierten en paisajes simbólicos donde lo natural y lo emocional dialogan. Siempre hay algo que se insinúa más de lo que se muestra, como si lo esencial habitara en ese espacio silencioso entre la obra y quien la observa.

Ese mismo espíritu atraviesa su trabajo como ilustradora, especialmente en el ámbito de la literatura infantil y en los talleres creativos que ha desarrollado con niños y adultos. En esos espacios, la mirada limpia y sin filtros de la infancia se convierte en una fuente de inspiración constante. Para Rogowicz no existen fronteras rígidas entre lo lúdico y lo conceptual, entre lo sencillo y lo profundo: todo forma parte del mismo relato vital, el de aprender a mirar el mundo con curiosidad y poesía.

Crear desde la propia biografía no es un camino fácil. Implica exponerse, asumir la fragilidad, aceptar la nostalgia y la duda. Sus obras hablan de apego y soledad, de la experiencia femenina y de la búsqueda de una felicidad posible. No como grandes discursos, sino como gestos cotidianos en cada mancha de color, en cada composición.

En un tiempo dominado por la prisa y el ruido, la obra de Rogowicz propone otra velocidad. Invita a detenerse, a mirar despacio, a escuchar lo que las imágenes despiertan en silencio. Su arte no exige respuestas inmediatas: ofrece refugio. Y quizá ahí resida su mayor fuerza: en recordarnos que el arte, como el amor, no solo se contempla, sino que se vive y se comparte.

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