Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Murcianos de dinamita

Pedro Víctor Meseguer: música antigua, dibujo eterno

Pedro Víctor Meseguer

Pedro Víctor Meseguer / Ana Martín

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google
Pascual Vera

Pascual Vera

Hay personas que parecen hechas de dos mundos, pero que, al conocerlas, uno descubre que en realidad habitan siempre el mismo. Pedro Víctor Meseguer es uno de esos seres en los que el dibujo y la música conviven sin frontera, como si su manera de mirar y de escuchar procediera de una misma raíz profunda. Él lo explica con una naturalidad que desarma: «La misma mirada con la que escucho es la que uso para dibujar». Y lo dice sin grandilocuencia, como quien sabe que el misterio está ahí, al alcance de la mano, si uno se atreve a prestar atención.

Pedro empezó muy joven. Antes de ser músico, antes incluso de imaginar que un día actuaría con su cítola, un antiguo instrumento musical con el que interpreta repertorios medievales en iglesias, ya era dibujante. Autodidacta, convencido, curioso. Su padre, panadero por obligación, pintor de corazón, le dejó esa semilla sin saberlo. Y Pedro la regó desde la adolescencia, entre ilustraciones antimilitaristas, activismo en el Movimiento de Objetores de Conciencia y alguna que otra visita a comisaría que su padre resolvía con resignación y humor. Aquel chico de quince años, despeinado –como decía su madre–, ya caminaba contracorriente, con un lápiz en la mano y muchas preguntas en la cabeza.

Después vino la música. Primero en Murcia, en el Conservatorio; luego en los Países Bajos, donde completó su formación. Pero incluso allí, lejos de casa, el dibujo seguía esperando. Pedro no dejó nunca de ilustrar: portadas para Campus, trabajos para periódicos, encargos para empresas de publicidad, diseños de envases, logotipos, cajas… hasta montajes audiovisuales con diapositivas para colegios cuando apenas tenía catorce años. Su creatividad parecía no descansar, como si siempre encontrara un espacio más por llenar, una forma nueva por inventar.

Aunque domina acuarelas y óleos, Pedro tiene una predilección clara: la plumilla. En esos trazos finos y pacientes encuentra una especie de respiración, un ritual que –dice– se parece mucho a la meditación. Trazar una línea y otra y otra más, sabiendo que cada una tiene un porqué, es para él una forma de ordenarse por dentro, igual que otros hacen yoga o rezan. No es casual que hable tanto de equilibrio: en su mundo, crear es una manera de permanecer despierto, de conectar con lo esencial.

Esa idea de equilibrio atraviesa también su música. Pedro preparaba aquellos días en los que nos vimos un concierto de repertorio medieval para clausurar el 1.200 aniversario de la ciudad. Interpreta con su cítola obras del siglo XIII acompañado por instrumentos antiguos como laúd, salterio o zanfona. Pero insiste en que interpretar esa música es, en gran parte, inventarla: las partituras antiguas son intuiciones, pistas. Lo que verdaderamente guía es la espiritualidad, una palabra que él separa cuidadosamente de religión. Ateo convencido, pero profundamente sensible a lo trascendente, Pedro ve en la música un camino para ofrecer algo más importante que la belleza: una emoción auténtica.

«Si un día te emocionas con lo que hago –dice– no será por mi voz, sino por mi equilibrio». Y cuando lo dice no suena pretencioso, sino honesto. Porque Pedro sabe que las cosas más valiosas no se fuerzan: llegan desde ese «mundo raíz» del que habla, un espacio interior donde la conciencia y la creación van en paralelo.

Por eso, conversar con él es como asomarse a una corriente tranquila: uno sale más ligero, más acompañado. Y quizá ahí esté su secreto. Pedro Víctor Meseguer no solo dibuja ni solo canta. Sobre todo, se mira y mira al mundo con una ternura crítica, con humor, con lucidez. Y en ese gesto sencillo, tan suyo, convierte el arte en una forma de cuidar la vida.

Tracking Pixel Contents