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Murcianos de dinamita

Antonio Valero, el escritor que amó Lorca

Antonio Valero posa junto a la placa que le dedicó la asociación D’Genes.

Antonio Valero posa junto a la placa que le dedicó la asociación D’Genes. / L. O.

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Pascual Vera

Pascual Vera

Antonio Valero Torres caminó por la vida con la serenidad de quien nunca tuvo miedo a aprender. Nació en 1929 y desde entonces pareció entender que vivir era una suma de curiosidades, afectos, conocimientos y preguntas. Hasta el final repitió su lema como una forma de estar en el mundo: viviendo y aprendiendo. Vivir la vida y aprender de ella.

Amó las palabras desde joven. Quiso estudiarlas, comprenderlas, habitarlas. La enfermedad le obligó a cambiar de rumbo, pero no logró apartarlo de su verdadera vocación: observar, contar, enseñar. Fue maestro en aulas humildes y en conversaciones de café; periodista por instinto en distintos periódicos de Murcia; procurador durante décadas por responsabilidad. Y escritor, siempre, por necesidad interior. Pero nunca dejó de ser un aprendiz. Sencillamente porque siempre aprender, incluso cuando acariciaba la cercanía de ser centenario. Cuando tuvo una edad provecta, esa a la que casi todos se retiran, él preguntaba cómo funcionaba el correo electrónico, qué era Facebook o de qué manera podía aprender algo nuevo. La curiosidad fue su forma de mantenerse joven.

Lorca fue el centro de su vida. La amó con una fidelidad cotidiana, hecha de paseos, recuerdos y nombres.

Desde niño se preguntaba quiénes eran aquellos personajes que daban nombre a las calles, y esa pregunta se convirtió muchos años después en un libro. No escribió para destacar, sino para conservar, para plasmar con letras e ideas imperecederas a personajes e historias de su querida Lorca. Para que la memoria de su ciudad no se perdiera. Y poco a poco irían llegando las historias pequeñas, las anécdotas, los sucesos que forman la intrahistoria de un lugar y de su gente y que son la memoria más auténtica de aquello que fue. Esos relatos que no suelen aparecer en los libros grandes, pero que sostienen el alma de un pueblo.

Antonio escribía como vivía: con paciencia, con afecto, sin pretensiones. Durante años dejó sus pensamientos en un muro de Facebook, casi como quien deja notas en una libreta. La gente los leía y los celebraba. De ahí nacieron sus libros y también una de sus mayores alegrías: las presentaciones, el encuentro con los lectores.

Tenía el humor fácil y la palabra ágil. Le gustaba contar historias, chistes, anécdotas de los juzgados por los que pasó y de las aulas donde enseñó, recuerdos de niños que le enseñaron más de lo que ellos creían. También escribía poesía, porque había emociones que solo podían decirse así, intuía. Y cantaba. Y reía. Y escuchaba. Y vivía.

Se cuidó con disciplina, casi con ternura, porque soñaba con llegar a los cien años. Cada día repetía su pequeña liturgia: ejercicio, paseo, lectura del periódico. Luego iba a su bar de siempre, su «oficina» vital en forma de céntrica cafetería, donde observaba la vida y hablaba con los amigos que aún quedaban, que cada vez eran menos, se quejaba. Pero nunca perdió el deseo de estar, de mirar, de participar.

Como padre fue guía y ejemplo. Les enseñó a estudiar, a esforzarse, a ser buena persona. Creía en la cultura como ascensor moral y en el conocimiento como forma de dignidad.

Murió con 96 años, casi sin avisar, después de haber vivido intensamente hasta el último día. Quiso que se recordara su amor por Lorca y que quedara escrito, porque sabía que las palabras permanecen cuando el tiempo pasa. Y así queda Antonio Valero: caminando por sus calles, nombrándolas, escribiéndolas, amándolas. Como solo saben hacerlo quienes han vivido mucho y han aprendido aún más.

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