Música
Jazz San Javier: un festín de emoción y pellizcos
La sueca Gunhild Carling deslumbró con un vibrante espectáculo de swing antes de que Carles Benavent recibiera el Premio Jazz San Javier, que celebró con una magistral fusión de jazz y flamenco

Carles Benavent recogió el premio del festival en una noche donde desató el duende. / Alex Moreno
El Jazz San Javier reunió un formidable cartel de premiados del festival. La sueca Gunhild Carling, que lo recibió en 2022, vino con Shakin’All, la banda de swing barcelonesa liderada por el trombonista Dani Alonso; por su parte, el trío del bajista catalán Carles Benavent, que vino con el trompetista Raynald Colom y el torbellino Tomasito, recibió el premio anoche.
La velada se vio interrumpida durante unos minutos por el desalojo del auditorio al haber aparecido en el pasillo una mochila presuntamente abandonada. Falsa alarma. El grupo de Gunhild Carling siguió tocando fuera Down by the riverside y la cosa no pasó de anécdota que se pueda contar.
Ya durante el descanso, el director del festival, David Martínez, le entregó a Carles Benavent el Premio de la XXVIII edición del festival, un reconocimiento a su trayectoria artística y a su contribución a la proyección internacional del diálogo entre jazz y flamenco.
Pero volvamos al principio con Gunhild Carling, la reina sueca del swing, multiinstrumentista, cantante, bailarina, circense (tocó tres trompetas a la vez, hizo malabares con unas bolas y equilibrios con su trompeta, que soplaba al mismo tiempo que tocaba el contrabajo). Cautivó al público con su energía inagotable y su extraordinaria destreza musical. Demostró su virtuosismo dominando el trombón, la trompeta, la flauta, la armónica, el contrabajo...
Mientras la banda abría con un vibrante Miller Avenue, Carling entró tocando su trompeta, de la que extraía notas dulces con un tono que recordaba a Armstrong. El impacto visual fue inmediato: sus compañeros de banda vestían elegantes trajes y corbatas, pero ella tiene una presencia escénica cálida y colorida: acaparó todas las miradas con su outfit de pin up, rizos rubio platino en cascada peinados estilo años 40, tacones y una flor roja detrás de la oreja. Un atuendo que recuerda a los clubes de jazz de los años veinte, y habla de su declarado amor por los sonidos y ritmos de principios del siglo XX, marcados por el dixieland, el hot jazz de Nueva Orleans y el swing más cautivador.
Pero lo que hace que su actuación sea aún más llamativa es la energía con la que se expresa cantando o en sus movimientos de claqué y, sobre todo, la versatilidad con la que toca la trompeta y el trombón, así como otros instrumentos, algunos de ellos inusuales, como flautas (aquí echó mano de una ‘medieval’. «Necesito más swing», le decía al pianista cuando la canción se vio interrumpida por el aviso de evacuación, que se realizó en perfecto orden.

La artista sueca Gunhild Carling Cautivó al público con su energía inagotable y su extraordinaria destreza. / Alex Moreno
De la era dorada del jazz
El repertorio, que abordó los estilos más antiguos del jazz (dixieland, hot jazz, swing...) no fue menos fascinante. El público disfrutaba desde el primer compás y el ambiente dixieland se hizo presente incluso antes de que terminara la tercera canción, con esa voz aguda que parece sacada de grabaciones de la edad dorada del Jazz.
Con What a magical night Carling nos felicitó por el pase a la final, y en Just a closer walk with thee, su voz susurrante, con un toque a lo Billie Holiday, le dio a la antigua canción espiritual una sensación de ligereza que encajaba a la perfección.
Ya en pleno apogeo, cantó, antes de alcanzar el cielo con su trompeta, Dream A Little Dream Of Me, grabada entre otros por Louis Arnstrong y Ella Fitzgerald, que rugió con la melodía a su tempo, dulce y clara, scateando, sonando perfecta, y se bajó con el trombonista y el clarinetista al foso.
Su equipo, formado por Dani Alonso al trombón, que lideraba a la banda, Pau Casares al clarinete, Marc Martí al piano, Albert Martínez al contrabajo, y Jean Pierre Derouard a la batería, y Viggo Carling al banjo ( ocupó la batería en un tema con gran soltura) se entregaron con entusiasmo, creando ritmos irresistibles y solos líricos.
Durante todo el concierto, el papel de Carling como líder de la banda fue inequívoco. Se pone al frente para ejercer la música desde varios talentos: canta, baila -incluyó una pequeña sesión de tap- y toca varios instrumentos. Entre canciones, las presentaciones de Carling fueron entretenidas. Antes de la espumosa Samba De Orfeu—el tema de de Luiz Bonfá , de la película Orfeo Negro— que tocó con su flauta dulce, comentó que había traído una flauta dulce medieval, «porque voy a tocar una canción de hace 1000 años con un instrumento de hace 1000 años». Y la tocó.
Sonaba antigua, encantadora y extrañamente acertada. Hacia el final del concierto, la velada se transformó en algo entre una clase magistral y un espectáculo de vodevil, como cuando tocó tres trompetas simultáneamente.
Gunhild Carling sonó como una profeta radiante. Tocó una oscura Caravan de Duke Ellington recordando lo mucho que el jazz se ha alejado de la exuberante felicidad que se supone que debe brindar, creando una fiesta musical de celebración en lugar de mera contemplación.
Para el bis reservó una versión en inglés de La vie en rose, y se fue bajando del escenario guiando a sus vientos por el pasillo central hasta el vestíbulo, mientras tocaba When the Saints Go Marching In.
Devolvió la alegría al jazz, y fue una inyección de energía para esta noche de reconocimientos.
El de la guitarra china
La segunda parte fue protagonizada por Carles Benavent, uno de los grandes referentes del bajo eléctrico, y figura esencial para entender la evolución del jazz-fusión y del flamenco contemporáneo; de los más internacionales desde que formara parte del mítico sexteto de Paco de Lucía, y con el tiempo también de los Touchtone de Chick Corea.
No es la primera vez que Carles Benavent actuaba en Jazz San Javier, pero llegaba esta vez como titular para recoger el premio del festival, y lo hizo con su trío habitual, integrado por el pianista Roger Mas y el percusionista Toni Pagès, sumando a dos invitados excepcionales: Raynald Colom a la trompeta y Tomasito al cante, las palmas y el baile.
Comenzó Benavent solo con un tema suyo, Madrid, que hacía sonar como una guitarra, con su famoso bajo de cinco cuerdas y trastes. Cuando el de la ‘guitarra china’ tocó las primera notas se desató el duende. Es la elegancia personificada sosteniendo entre sus manos un bajo. No tiene nada que demostrar a estas alturas, pero sabía que tocaba en una ocasión especial, y aunque no apostó por sonar flamenco en la primera parte del concierto, lo lleva en las pulsaciones.
Seguramente habrá pocos músicos capaces de moverse con tanta naturalidad, soltura y solvencia entre el jazz y el flamenco. Benavent ha creado una expresión propia, en muchas ocasiones más próxima incluso al flamenco que al jazz, favorecida por su enorme bagaje de colaboraciones con primerísimas figuras del flamenco, destacando por supuesto entre todas ellas sus más de veinte años junto a Paco de Lucía.
«No os asustéis, que ahora viene la banda», dijo presentando De perdidos al rio («una de las primeras cosas que aprendí de los flamencos»), iniciando el tema con el bajo; un toque con calidez y emotividad. Todo expresión, pero sin artificios y estableciendo un diálogo continuo con sus músicos que se extendía suavemente, como una mancha de aceite. Cada músico inspiraba al otro, y todas las piezas tuvieron improvisación. Una suerte de clases de virtuosismo, de complejidad rítmica y capacidad de comunicación, sin olvidar los brillantes arreglos..
Siguieron con un exultante solo de trompeta miledavisiano de Raynald en Para Carlos, que escribió «para mi Roger con el objetivo de que me bajará la barriga, por lo movido». Cambiando de registro, recordaron al maestro Mompou y su Jeunes filles au jardín, pasado a soleá, que introdujo el pianista con un acento romántico, permitiendo ver cómo se movía Benavent por el mástil. Eternal Child, un tema de Chick corea, que empezó al bajo con ecos brasileiros, sirvió de puente entre el jazz fusion de la primera mitad y el flamenco. Y salió Tomasito: lo presentó Benavent como ‘la alegría de vivir’, taconeando y rapeando («Sobreviviré a un fandango mal cantao, y aquí estaré»), dando las primeras pataitas y giros varios.
Con Zyryab, Benavent se metió en el mundo de Paco De Lucía («El músico al que más he intentado copiar lo que hacía con la guitarra») exhibiendo un dominio del compás y tempo que sólo consiguen los más grandes . Y siguieron con una bulería de Paco que él cambiaba de falsetas y de cantes. Mientras Tomasito bailaba, Benavent le tocaba las palmas. Un final de traca, pero el público quería más. No tardaron en salir y cerrar, como toca, con una fiesta por alegrías con guiño a Miles.
Carles Benavent brilló a la altura que nos tiene acostumbrados. La interpretación fue realmente impecable, sin entrar en complicaciones innecesarias, pero sin buscar tampoco el aplauso fácil. Jazz y flamenco, emoción y pellizcos. El público se lo pasó de maravilla en este viaje musical que marcó, una vez más, los cimientos sobre los que descansan los sonidos del nuevo flamenco.
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