Murcianos de dinamita
Encarna Nicolás: la historiadora que abrió los archivos del franquismo

La historiadora Encarna Nicolás. / Ana Martín
En una fecha tan cargada de memoria como el 23F, el intento de golpe de estado de 1981, la voz de la historiadora murciana Encarna Nicolás adquiere un significado especial. Su satisfacción ante el anuncio gubernamental de desclasificar los documentos de aquel episodio no es casual: responde a toda una trayectoria dedicada a defender el acceso a los archivos como condición imprescindible para comprender la historia reciente de España.
Durante años, estudiar el franquismo en la universidad española fue más un problema que un objeto de investigación. Los archivos estaban incompletos, las resistencias institucionales eran fuertes y el pasado seguía estando incómodamente cerca. En ese contexto comenzó a trabajar Encarna Nicolás, decidida a abordar el régimen franquista desde la documentación y el rigor metodológico. Su nombre acabaría ligado a la renovación de los estudios sobre la dictadura y a la consolidación de la historia reciente como un campo legítimo dentro de la historiografía española.
Su vocación nació en la adolescencia, en el colegio Nuestra Señora de los Desamparados, a orillas del Malecón de Murcia, donde una profesora de Historia convirtió las clases en espacios de debate. Aquella experiencia marcó su forma de entender la enseñanza: aprender no era memorizar, sino confrontar ideas, formular preguntas y sostener argumentos. Ya en la universidad dudó entre el latín y la historia, pero se inclinó por esta última en un contexto académico todavía atravesado por inercias del franquismo, con cátedras ocupadas por profesores conservadores y escasa apertura metodológica.
Su tesis doctoral sobre el régimen de Franco fue una de las primeras en España elaboradas desde la disciplina histórica mediante un uso sistemático de fuentes primarias de archivo. No fue un camino sencillo. Investigar el franquismo en los años posteriores a la muerte del dictador implicaba vencer resistencias institucionales, recelos ideológicos y dificultades de acceso a la documentación. Incluso hubo reticencias iniciales en el tribunal que debía juzgar su trabajo por temor a que su estudio estuviera contaminado por consignas políticas. Pero Encarna defendió su investigación con firmeza, convencida de que el rigor metodológico era su mejor garantía. Aquella tesis simbolizaba la entrada definitiva del estudio científico del franquismo en la universidad española.
La propia Nicolás ha explicado que, al comenzar sus investigaciones, pensaba que el régimen se sostenía exclusivamente sobre la represión militar y policial. Sin embargo, el trabajo en archivos municipales, expedientes de depuración y documentación fiscal le reveló una realidad más compleja en la que también existieron consensos, colaboraciones y apoyos sociales. «Si las fuentes no confirman tu hipótesis, debes cambiar la hipótesis», ha afirmado en diversas ocasiones. Esa disposición a rectificar define su ética profesional.
Pero su labor investigadora no se limitó al análisis institucional del franquismo. Impulsó también proyectos sobre el exilio republicano y, especialmente, sobre los llamados ‘niños de la guerra’ evacuados durante la Guerra Civil española, muchos de ellos a la Unión Soviética. A través de la historia oral recogió testimonios que hoy constituyen un patrimonio documental de enorme valor. Aquellos relatos le permitieron comprender el drama de una generación que creció lejos de su país y que, tras la disolución de la URSS, quedó en situación de gran vulnerabilidad.
Como profesora en la Universidad de Murcia dirigió diecinueve tesis doctorales y formó a varias generaciones de historiadores. Sus comienzos, en plena Transición, estuvieron marcados por la precariedad laboral y cierta estigmatización ideológica, pero convirtió la docencia en un espacio de libertad intelectual basado en la lectura compartida, la discusión crítica y el respeto por el método histórico.
En tiempos de polarización y de uso político del pasado, Encarna Nicolás defiende que no existe una memoria colectiva única, pero sí una responsabilidad académica ineludible: explicar los procesos históricos con rigor y sin manipulación. Su legado no es solo una obra escrita, sino también una forma de ejercer la historia y una convicción firme: el pasado no se interpreta desde la consigna, sino desde el análisis honesto de las fuentes.
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