Murcianos de dinamita
Elena González Martínez, una vida dedicada a dar hogar

Elena González Martínez, una madre comprometida. / Ana Martín
Elena González Martínez habla de su vida como si todo lo que ha hecho formara parte de una rutina más. Pero basta escucharla unos minutos para comprender que, detrás de su tono sereno, hay una historia atravesada por el dolor.
Nació y creció en Alcantarilla, donde aún permanece su raíz emocional, aunque hoy vive en Albacete. Allí ha construido, junto a su marido, Paco Munuera, una familia que encarna con una claridad poco frecuente el sentido más profundo de la palabra ‘hogar’.
Antes de todo, antes de esa familia amplia y diversa, hubo un hijo. Bruno. Un niño que vivió apenas unos meses, marcado por una enfermedad rara que hizo de él un niño burbuja. Ese episodio, inevitablemente, le ofreció una forma distinta de mirar la vida.
Pocos meses después de su muerte, Elena y su marido viajaron a Etiopía. No como turistas, sino como voluntarios en un orfanato. A su regreso, Elena tomó una decisión: quería volver a formar una familia, pero desde la conciencia de que hay niños que no han elegido su historia y que necesitan algo más que cuidados institucionales: necesitan pertenecer a un grupo.
Así llegó al acogimiento. Primero como idea, después como realidad. Elena y Paco fueron seleccionados para un programa de acogimiento especializado dirigido a grupos de hermanos con necesidades complejas. Lo que asumieron no era solo la crianza de varios niños, sino el acompañamiento de heridas invisibles, de vínculos que había que reconstruir casi desde cero.
Hoy, su familia está formada por seis hijos, cada uno con su recorrido, sus necesidades y su forma de habitar el mundo. Actualmente, la familia está formada por dos hijas mayores, de 23 y 22 años, ya independientes en su camino formativo y profesional; un chico de 16 y una niña de 13 años, ambos con necesidades educativas especiales, y los pequeños, un chico de 12 años que llegó siendo un bebé y otro de 11, adoptado en Etiopía. Actualmente Elena lleva casi 12 años en el acogimiento.
Elena habla de ellos sin heroicidades, pero con una admiración que no intenta disimular. Los define como "maravillosos", aunque reconoce que no es objetiva. Es, simplemente, una madre.
Hay una idea que repite con frecuencia: no hacer a los demás lo que no te gustaría que te hiciesen a ti, y se refiere a valores como el compartir, la empatía o la capacidad de mediar en los conflictos. Sus hijos han aprendido a convivir desde la diferencia, y eso les ha dado una sensibilidad poco habitual.
Elena sabe que en el acogimiento hay una herida que tarde o temprano aparece: la del abandono. Su papel no es borrar esa herida, sino acompañarla, integrarla para que no condicione toda una vida.
A lo largo de los años, Elena ha seguido formándose. Integración social, emergencias sanitarias, mediación comunicativa, lengua de signos... No como acumulación de títulos, sino como extensión natural de su forma de ser: entender mejor, acompañar mejor.
Hay algo en su manera de contar que rehúye el protagonismo. De hecho, desconfía de los enfoques que convierten historias como la suya en relatos sensacionalistas. Porque si algo sostiene su historia no es la excepcionalidad, sino la coherencia. Elena no se presenta como alguien que salva a otros, sino como alguien que decidió implicarse.
Y en ese gesto, repetido día tras día en lo cotidiano –en una comida compartida, en una conversación difícil, en un conflicto resuelto–, hay una forma de humanidad que no necesita grandes palabras. Solo presencia, constancia y una convicción tranquila: que siempre es posible ofrecer a otro un lugar donde sentirse parte.
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