Murcianos de dinamita
Antonio Bonache Guzmán: el oficio de pintar la vida

Antonio Bonache Guzmán posa armado con su brocha y un bote de pintura. / Ana Marín
Este cronista cierra los ojos y aún puede escuchar los apresurados pasos dominicales de Antonio descendiendo desde un quinto piso sin ascensor hasta la puerta de mi vivienda, un tercero del mismo bloque y, por tanto, con menos ascensor aún. Antonio Bonache Guzmán era entonces un niño un par de años menor que quien suscribe, en aquellos comienzos de los años setenta en los que el domingo tenía un ritmo propio y reconocible.
Tocaba el timbre endomingado, como mandaban los usos canónigos de la época. Era el momento de visitar a su abuela y a su tía, habitantes del mismo barrio poligonero, y también de ver a mi padre, enfundado en su traje de faena churrera en el cercano barrio de Vistabella. Después venía el juego compartido, y finalmente el regreso a casa, donde nuestras madres ya habían cumplido con el ritual del sabroso cocido dominical.
Antonio era el mediano de siete hermanos, condición que arrastra su propio estigma, aunque en su caso nunca pareció afectarle. Con trece años abandonó los estudios para seguir la senda de su padre, pintor de brocha gorda, como se decía entonces y acaso se sigue diciendo ahora. No sorprendió a nadie. Pepe Bonache había iniciado el mismo camino con apenas diez años, allá por comienzos de la década de los cuarenta.
Antonio pertenece a ese tipo de trabajadores que construyen su saber desde la práctica, la observación y la transmisión directa. Su padre, sin saber leer ni escribir durante buena parte de su vida, era capaz de rotular, medir y calcular con una precisión que burlaba cualquier carencia académica.
Antonio comenzó acompañando a su padre en aquellos lejanos veranos aún franquistas, ocupándose de tareas menores, como empapelar armarios.
Pronto comprendió que pintar era adaptarse. Viviendas, almacenes, camiones, rótulos… cada trabajo implicaba un reto distinto. Esa diversidad fue, en buena medida, lo que lo ha mantenido ligado a la profesión durante más de medio siglo.
A lo largo de ese tiempo ha sido testigo de una transformación radical del oficio. De las paredes en yeso sin pintar al auge del color; del temple y la cal fabricados por los propios pintores a los productos industriales; del cepillo y la brocha al rodillo y, finalmente, a la pistola. Sin embargo, para Antonio lo esencial no ha cambiado: conocer el material, entender la superficie, saber qué necesita cada soporte…
Ese conocimiento, heredado y ampliado, es el que ha transmitido a su hijo, tercera generación de pintores en la familia. Porque si algo define este oficio es que se aprende con la práctica y la repetición consciente y constante. Saber tratar una humedad, distinguir y conocer las necesidades de una madera de interior de otra de exterior, elegir el producto adecuado…
Antonio encuentra la satisfacción en el resultado final, en dejar un espacio mejor de como lo encontró. Sabe que no solo hay que hacerlo bien, sino también limpio, ordenado, presentable y atractivo. El cliente no solo ve el acabado, sino el conjunto.
Intuye en su profesión un componente artístico, una forma de embellecer lo cotidiano. Lo ha experimentado en trabajos más delicados, como la aplicación de pan de oro en una marquesina por parte de su hija cuando era estudiante de Bellas Artes en la Universidad de Murcia, pero también en lo aparentemente más sencillo: una pared bien terminada, una casa que se embebe de luz, un espacio que se hace habitable y se transforma en hogar…
Y quizá, en el fondo, todo empezó en aquellas escaleras bajadas a toda prisa, en aquellos domingos de la niñez, cuando, sin saberlo, Antonio Bonache Guzmán ya estaba empezando a pintar su propia vida.
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