Lo exótico y lo cercano
Kayak entre elefantes: la sorprendente aventura de Carlos Moyano (@carolomoyo)
El creador de contenido murciano vivió una de sus experiencias más impactantes al remar a escasos metros de varios ejemplares en plena naturaleza

Una manada de elefantes, junto al agua en Botsuana. / Carlos Moyano
Hace unos meses, una noche de estas en las que, sin querer, el algoritmo te consume y cuando te das cuenta llevas una hora con el móvil, me saltó un vídeo que se me quedó grabado en la retina. En él aparecían unos turistas en una especie de canoa o kayak, en un lago, y a lo lejos un gigantesco elefante. La premisa no parece buena, ¿verdad? El vídeo acaba justo como imagináis. El elefante comienza a adentrarse en el agua y embiste las canoas de los turistas, haciéndolos caer al agua. Por suerte, no insiste mucho y se marcha. ¿Os imagináis en esa situación? ¡Qué acojone!
Pues el caso es que, al ver el vídeo, busqué dónde era y resulta que no era un lago, sino el delta del Okavango. ¡Hostia! Fue lo que dije al leer esa información. Y es que pocos meses antes habíamos estado justo allí y habíamos navegado en esas mismas canoas que rozan el agua y que reciben el nombre de mokoro. Hoy os voy a intentar trasladar hasta Botsuana, un país que seguramente muchos conocéis por nuestro rey emérito.
Y es que hasta hace no mucho ese era su turismo: ricos blancos que pagaban grandes cantidades de dinero para matar, por ejemplo, a un elefante. En los últimos años, por suerte, la historia ha cambiado. Por respeto a la naturaleza o porque simplemente se han dado cuenta de que pueden atraer a mucha más gente con un turismo mucho más sostenible. Hoy Botsuana presume precisamente de lo contrario: de proteger su fauna.
De hecho, es el país con la mayor población de elefantes de África y buena parte de ellos vive precisamente aquí, en el delta del Okavango. Y el delta ya de por sí es una rareza. Mientras la mayoría de los grandes ríos del mundo acaban desembocando en el mar, el Okavango muere en mitad del desierto del Kalahari. Sus aguas nunca llegan al océano. Se pierden poco a poco entre islas, canales y lagunas, creando uno de los ecosistemas más espectaculares del planeta.
Un auténtico milagro de agua en medio de la nada, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Dicho esto, la gente del país, como suele pasar, fue superamable con nosotros. Lo primero que te sorprende es el silencio.

En el viaje también encontramos hipopótamos. / Carlos Moyano
Cuando piensas en un safari imaginas motores, jeeps levantando polvo y prismáticos. Aquí no. Aquí lo único que escuchas es el roce del mokoro cortando el agua, algún pájaro que rompe el silencio de vez en cuando y el sonido del palo del guía apoyándose en el fondo para empujar la embarcación.
Vas tan cerca del agua que parece que formas parte del paisaje. A ambos lados aparecen juncos de más de dos metros de altura que, por momentos, te hacen sentir que avanzas por un laberinto. De repente el canal se abre y aparecen pequeñas islas cubiertas de palmeras, antílopes bebiendo en la orilla o un elefante cruzando tranquilamente de un lado a otro. No hay caminos marcados ni carteles. Solo agua y naturaleza.
Y es precisamente esa sensación la que hace que todo parezca mucho más salvaje. Aquí no tienes la impresión de estar visitando un parque natural. Tienes la sensación de que alguien te ha colado en un sitio donde el ser humano nunca debió ser el protagonista. Durante horas eres tú el que intenta pasar desapercibido mientras todo lo demás sigue funcionando exactamente igual que si no estuvieras allí.
Y aquí puedes hacer un safari que no encontrarás en ningún otro país. Un safari de río, en una barca que apenas te separa diez o quince centímetros del agua. No te pasará nada por meter la mano... pero aquí va la movida. Os he hablado del vídeo del elefante, pero a esos, al menos, los ves venir. No es lo único que vimos durante ese safari de río. Estábamos rodeados de hipopótamos y cocodrilos, y a esos no los ves hasta que los tienes prácticamente encima.
De hecho, los hipopótamos, con esa pinta de animales tranquilos y casi simpáticos, son responsables de muchas más muertes al año en África que los leones. Así que sí, el elefante impresiona, pero quizás no era lo que más debía preocuparnos. ¿Parece una locura, ¿verdad? Pues nuestro guía —o fixer, como solemos llamarlo nosotros— parecía la mar de tranquilo y eso era precisamente lo que hacía que nosotros, en ese momento, también lo estuviéramos. Mientras nosotros vamos sentados en el mokoro, él va de pie, mirando constantemente a cada lado y empujando la embarcación con un enorme palo que va clavando en el fondo del agua.
Una técnica que lleva utilizándose desde hace siglos y que las comunidades locales conocen como la palma de su mano. Él está seguro de que no pasará nada. Tan seguro que, en mitad de la ruta, nos lleva hasta pequeñas islas de tierra donde encuentras búfalos, más hipopótamos, jirafas, elefantes, cebras... Y donde, tranquilamente, te dice que también habitan leones y que esa misma semana los ha visto por allí. Lo dice con una naturalidad que desarma.
Tú lo escuchas mientras miras alrededor intentando adivinar dónde demonios podría esconderse un león. Él, en cambio, ya está pendiente de otra cosa. Ha visto unas huellas en el barro, ha escuchado un sonido que a ti se te ha escapado o simplemente sabe interpretar un lugar que para nosotros es un paisaje y para él es un libro abierto. Ahí entiendes que la diferencia no está en el valor, sino en el conocimiento.
Es increíble cómo no solo él, sino toda la gente, convive con estos animales, con estos peligros, como si nada. Porque, a diferencia de otros países como Sudáfrica, donde muchos animales permanecen dentro de reservas cerradas, aquí en Botsuana no verás prácticamente ninguna valla. Los animales se mueven libremente y tú eres quien entra en su casa, no al revés. Quizá por eso todo el mundo parece tener tan claro cuál es su sitio.
Mientras paseamos por el interior del delta del Okavango, él simplemente nos repite que cada vez que aparece un animal, si tú respetas a la naturaleza y guardas las distancias, ella te respeta a ti. Y lo curioso es que, después de unas horas, acabas creyéndotelo.
Terminas la experiencia, una de las más increíbles que hemos vivido y que recomendamos a todo el mundo, y como no ha pasado nada, piensas que realmente no existe peligro. Que todo está bajo control. Pero no debemos olvidar que la naturaleza no entiende de confianza.
Los animales son impredecibles y, si vas de listo, como ya le ha pasado a más de uno, quizá te lleves un susto... o algo mucho peor. Lo cierto es que, al volver a ver aquel vídeo, pensé: ¿Si lo hubiese visto antes del viaje, habríamos hecho el safari en mokoro? Pues, aunque tengo dudas, diría que sí.
Porque, aunque viajo mucho, cada vez es más difícil sentirse aventurero. Tener la sensación de que estás haciendo algo realmente especial. Y navegar en silencio por uno de los últimos grandes santuarios salvajes del planeta, sabiendo que a pocos metros puede aparecer un elefante, un hipopótamo o un cocodrilo, consigue precisamente eso. Si buscas una experiencia así, debes ir a Botsuana. Y debes ir al delta del Okavango.
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