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Cultura

Fiebre del sábado noche en el festival de Jazz San Javier

Rafa M. Guillén y The Jazz Walkers inauguraron la noche con la presentación de ‘Always Forward’, mientras Clarence Bekker convirtió el auditorio en una gran fiesta del soul y el funk

Rafa M. Guillén y The Jazz Walkers estrenaban su álbum  Always Forward, en una demostración de lo que significa hacer hazz con el corazón

Rafa M. Guillén y The Jazz Walkers estrenaban su álbum Always Forward, en una demostración de lo que significa hacer hazz con el corazón / Pedro Saez

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El Jazz San Javier siempre ha prestado especial atención a los jazzistas españoles. Esta vez daba cobijo a Rafa M. Guillén y The Jazz Walkers para el estreno de su tercer álbum, Always Forward, de sonido y escucha agradable. Para la ocasión trajeron una invitada especial: la cantante y flautista cubana Amy Gaviria.

Aunque el trombón se escucha con menos frecuencia como instrumento solista, muchos intérpretes legendarios han dejado una huella imborrable en la historia del jazz. Romper con ese papel de eterno secundario era sin duda uno de los retos de la noche. Rafa M Guillen, compositor, arreglista y trombonista de talento excepcional, reconocido por su excelente legato y su rápida ejecución, apareció con su trombón y comenzó a soplarlo en medio del escenario. Era el centro de las miradas, y la banda se plegaba a sus designios en un cambio de roles que no se presencia todos los días y que provocó una velada intensa de buen, alegre y delicado jazz.

Lo de Guillén fue una demostración de lo que significa hacer jazz con el corazón y los pies en la tradición

Hay noches en las que el jazz deja de ser un género musical para convertirse en un diálogo donde los instrumentos no solo tocan, sino que ríen, lloran y celebran. Eso fue lo que se vivió en Jazz San Javier cuando el trombonista valenciano y sus impecables Jazz Walkers tomaron el escenario para ofrecer un festín de groove, virtuosismo y elegancia, coronado por la presencia de la vocalista Amy Gaviria.

Clarence Bekker junto a Berget Lewis en una actuación en la que demostraron una química contagiosa.

Clarence Bekker junto a Berget Lewis en una actuación en la que demostraron una química contagiosa. / Pedro Saez

Guillén explicó que el título Siempre hacia delante es la expresión de su mirada optimista, tras haber superado una grave enfermedad. Desde los primeros compases, quedó claro por qué la formación se llama The Jazz Walkers. Su música no tiene prisa, pero avanza con paso firme y sumamente contagioso. Guillén, músico versátil y ecléctico, demostró por qué el trombón es uno de los instrumentos más expresivos del género. Con técnica impecable, no solo sopló notas: narró historias, transitando con maestría entre el bop más clásico y los fraseos contemporáneos. Arrancaron con unos tangos flamencos, Córdoba lejana que abren su último disco, para seguir con una bossa nova, Ikigai, o la razón de vivir («una enfermedad de la que salí, pero me hizo reflexionar», dijo en su presentación). A ritmo de Second line de Nueva Orleans entregaron Flamenking, para internarse en la rumba con Boira nocturna, mostrando la variedad rítmica del disco, y volver de nuevo a la bossa nova con una espléndida lectura de Tomara de Vinicius de Moraes, destacando el fraseo cálido del saxo.

Tras la presentación de la banda, salió la flautista y cantante Amy Gaviria que, como buena cubana, se estrenó con un bolero de su autoría, Al Partir. Si el concierto ya marchaba a ritmo de crucero, la entrada de Gaviria contribuyó a elevar la temperatura del recinto. Con una voz de esas que arañan el alma y curan las heridas al mismo tiempo, se adueñó del micrófono, desplazando a su derecha al trombonista. Salvo el primer momento, un tanto anticlimax, su interpretación fue excelente

Junto a Clarence Bekker, la banda sentó las bases de lo que fue un viaje hasta las raíces de la música negra.

Junto a Clarence Bekker, la banda sentó las bases de lo que fue un viaje hasta las raíces de la música negra. / Pedro Saez

Cantante de la Buena Vista All Stars, Amy Gaviria posee un control vocal capaz de susurrar con una intimidad que congelaba el aliento del público, para un segundo después romper en un torrente de voz lleno de latinidad y swing. Con Gunguri,un cha-cha del portorriqueño Ricky Rodriguez, continuaron la singladura, volviendo al bolero con Besos usados; Amy se acercó al pianista para cantarla a su vera. Se les olvidó decir que era el último tema, así que, sin abandonar el escenario, interpretaron Dr Funkenstein con Amy haciendo scat y soplando la flauta perdiéndose en una oleada de ritmo.

Gaviria soplaba y cantaba con el mismo aliento; logrando fusionar dos mundos que a menudo se miran con respeto, pero pocas veces se entrelazan con tanta naturalidad: la rigurosidad de la flauta travesera y la calidez de la voz humana. Sonó con la elegancia cortesana del danzón, saltó hacia las improvisaciones endemoniadas del jazz latino, o se arrastró con la melancolía de un bolero. La flauta parecía multiplicarse, dialogando con el piano en un contrapunto tan preciso que rayaba en la telepatía. Hacia el cierre del concierto, la melancolía del bolero mutó en celebración. La sección rítmica apretó el paso, el bajo se volvió más físico, y el piano desató una serie de tumbaos que hicieron al público moverse en la penumbra.

Fue un viaje exquisitamente hilado, donde el trombón de Guillén arropó con mimo a Amy. No competían; se complementaban, se desafiaban con humor y se fundían en una sola línea melódica. Cada miembro de The Jazz Walkers tuvo su momento de gloria, regalando solos que fueron celebrados por un público respetuoso que sabe apreciar los matices.

La banda ofreció una visión muy particular de un jazz fusionado que mezcla el lenguaje y las armonías con texturas afrocubanas, brasileñas, funk o flamencos, siempre con un sonido particular, heterogéneo.

Rafa M. Guillén y The Jazz Walkers, con el cálido añadido de Amy Gaviria dieron una demostración de lo que significa hacer jazz con el corazón, los pies en la tradición y la mirada puesta en el disfrute puro. Una auténtica delicia para los sentidos que dejó al público con ganas de seguir caminando a su ritmo durante más tiempo.

La cantante y flautista cubana Amy Gaviria.

La cantante y flautista cubana Amy Gaviria. / Pedro Saez

Llega la fiesta

Con el poderío vocal de grandes maestros del soul y el funk, el cantante holandés Clarence Bekker, voz principal de grupos como Swinging Soul Machine o Playing for Change (con quienes hizo siete giras mundiales) trajo la fiesta al auditorio del Parque Almansa con un recorrido por los grandes himnos del soul y el funk de todos los tiempos, el poder de las canciones y una invitada muy especial: Berget Lewis, cantante holandesa de soul y una de las más bellas voces de su país.

La Clarence Bekker Band desplegó en directo una energía contagiosa. Arrancaron con Send me an Angel. Cuando Clarence saltó al escenario, de blanco impoluto y con sombrero, el auditorio entero pareció sintonizar una frecuencia distinta. Su voz, que arrastra la rugosidad y el magnetismo de maestros como Otis Redding o James Brown, rasgó el aire de San Javier. Los primeros compases sirvieron para recordar por qué su carisma en directo es magnético e imposible de ignorar. Desatando la maquinaria rítmica con una sección de vientos afilada, los teclados de Arecio Smith y la guitarra de Francisco “Rubio”, la banda sentó las bases de lo que sería un viaje a las raíces de la música negra. "Are you ready for the party?" , repetía cuando anunció Land of a 1000 dances de Wilson Pickett.

Bekker y Lewis compartieron una química contagiosa que levantó al público de sus asientos

El momento cumbre de la velada llegó con Berget Lewis, que se apoderó del set para cantar a Chakka Khan. Si la banda ya operaba a revoluciones elevadas, la presencia de la vocalista holandesa terminó por reventar el termómetro. Su registro, limpio pero cargado de un poder abrumador, encajó a la perfección con el tono más arenoso de Bekker en Let’s stay together. El duelo vocal no buscaba el lucimiento individualista; interpretando himnos históricos del soul y el funk, los dos cantantes se buscaron, se retaron y compartieron una química contagiosa que obligó a buena parte del público a levantarse de sus asientos. Los asistentes cantaron a pleno pulmón Stand by me de Ben E. King.

Fue un concierto lleno de buenas vibraciones, energía y música increíble pero no demasiada creatividad; una especie de verbena. Lo que resulta indudable es que Bekker vive el escenario con pasión (coreografías, paseos por el pasillo central de la platea) y transmite sentimiento en cada nota, llegando al alma de un público de sábado noche con ganas de fiesta. Esa voz profunda y un espíritu cargado de energía cautivaron al público, un magnetismo, que concentra la fuerza de grandes maestros del soul, funk y pop como Prince, Whitney Houston, Michael Jackson o Tina Turner. Aún llegarían Proud mary o I Wanna Dance with Somebody antes de echar el cierre con Could you be loved de Bob Marley, subiendo al público al escenario. Fiebre del sábado noche.

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