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Murcianos de dinamita

Concha Pando Navarro, la memoria crítica de la igualdad

Concha Pando Navarro.

Concha Pando Navarro. / Ana Marín

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Pascual Vera

Pascual Vera

La trayectoria vital e intelectual de Concha Pando está unida a algunas de las transformaciones más profundas de la España contemporánea: el fin del franquismo, el despertar político de una generación educada en el silencio, la efervescencia cultural de la universidad durante la Transición y, finalmente, la lenta pero imprescindible institucionalización de la igualdad entre mujeres y hombres.

Concha pertenece a esa generación que llegó a la universidad con hambre de preguntas. Nacida en el seno de una familia modesta, creció en un entorno donde la política no existía como conversación posible por ser considerada peligrosa. Era un tema invisible y, sin embargo, omnipresente en su ausencia. Como tantas familias durante el franquismo, la suya practicaba una autocensura que convertía el pasado reciente en un territorio vedado. Ese silencio fue, paradójicamente, el primer motor de su curiosidad.

La historia apareció pronto como herramienta para comprender lo que no se decía. Estudió EGB en un colegio de monjas, en un mundo pulcramente separado de la realidad. El paso al instituto coincidió con un acontecimiento decisivo para el país y, desde luego, para ella: la muerte de Franco. De pronto, España entera empezó a hablar, a discutir, a hacer política. Se instauró la conciencia de que la historia era un instrumento para entender el presente. Le interesaba, sobre todo, la historia contemporánea: la Segunda República, la Guerra Civil y la dictadura, aquella historia incómoda y ausente de los temarios oficiales.

Inició la carrera de Historia en 1979 en una Universidad de Murcia que aún respiraba el aire denso de la transición. No era un tiempo cómodo: la represión no había desaparecido y todavía existía violencia institucional. Pero era, al mismo tiempo, una universidad viva y culturalmente desbordante. El estudiantado debatía, leía, organizaba jornadas y llenaba salones donde se sucedían conferencias, cine, teatro y música. En una ciudad con pocos espacios culturales, la universidad fue un auténtico epicentro intelectual.

Concha recuerda con gratitud a aquel profesorado que rompió con la enseñanza autoritaria: docentes que abrían bibliografías nuevas, proponían seminarios e invitaban a especialistas externos, tratando al alumnado como interlocutor válido. En la Universidad de Murcia, ese espíritu tomó cuerpo en figuras como Encarna Nicolás, Alejandro García o Sebastián , entre otros. Ese encuentro marcó su forma de entender el conocimiento: crítico, compartido y comprometido con la realidad.

Su interés académico se orientó pronto hacia América Latina y, en particular, hacia las dictaduras del Cono Sur. Chile, Argentina, Uruguay o Paraguay se convirtieron en espacios donde reconocía ecos inquietantes de la historia española.

Su trayectoria universitaria no se limitó a la investigación. Trabajó en ámbitos como la información universitaria, la formación extracurricular, los cursos de verano o el Aula de Mayores, hasta que llegó un giro decisivo: su incorporación a la Unidad para la Igualdad de la Universidad de Murcia.

Desde allí ha trabajado en uno de los terrenos más complejos de transformar: el de las mentalidades. Su concepción del feminismo es clara y serena: no como etiqueta, sino como condición básica de decencia ética. Del mismo modo que no se puede ser racista u homófobo y considerarse íntegro, no se puede negar la igualdad entre mujeres y hombres y pretender una mínima coherencia moral. El feminismo, para ella, es una reivindicación política y un cuerpo teórico que sostiene derechos elementales.

Concha admite que existen avances, pero también resistencias, violencias sutiles y ninguneos institucionales. Por eso insiste en que la igualdad no se impone solo por decreto: requiere implicación colectiva, recursos y voluntad política. La universidad, reflejo de la sociedad, no está exenta de conflictos, pero tiene la responsabilidad de ser un espacio de transformación.

Esta es la semblanza de una mujer que ha hecho de la memoria, la crítica y la igualdad no solo un campo de trabajo, sino una forma de estar en el mundo. Concha Pando Navarro no alza la voz para imponerse: la alza para recordar que la justicia, como la historia, nunca avanza sola.

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