Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Murcianos de dinamita

Fernando Trabanco y sus almas danzantes

Fernando Trabanco junto a algunas de sus obras

Fernando Trabanco junto a algunas de sus obras / Ana Martín

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google
Pascual Vera

Pascual Vera

A mediados de los años setenta, la Casa Real española le encargó a Fernando Trabanco un retrato del entonces príncipe Felipe VI, que apenas era un niño. Aquel encargo, sobre todo simbólico, confirmó algo que ya se intuía desde su infancia: que la pintura no suponía para él una afición pasajera, sino que encarnaba el hilo conductor de su vida. Lo que Fernando no podía imaginar entonces era que, décadas después, regresaría a España –el país que sus padres habían dejado atrás– para reinventarse a siete mil kilómetros del lugar donde había nacido.

Fernando Trabanco –siempre firma sus obras como Trabanco– vino al mundo en Caracas. Sus padres, gijoneses, habían emigrado desde Asturias huyendo de la posguerra, como tantos otros compatriotas que buscaron en Venezuela una nueva oportunidad.

La pintura apareció pronto. Tenía cinco años cuando empezó a dibujar casi por instinto, quizá porque el arte le rodeaba. Su padre trabajaba en la prestigiosa Galería Portobelo de Caracas, una de las más importantes de Latinoamérica en su momento de esplendor petrolero. La familia vivía en un anexo del edificio, y el niño creció viendo cómo se montaban exposiciones de maestros internacionales. Allí pudo relacionarse con nombres que luego poblarían los libros de historia: Joan Miró, Fernando Botero… Mientras los adultos colgaban obras millonarias, él dibujaba junto a ellos sus propias e infantiles versiones.

Un pintor venezolano, Oswaldo Vigas, advirtió el talento del muchacho y animó a su padre a proporcionarle mimbres para encauzarlo. Así llegó a la Escuela de Bellas Artes, donde se formó en dibujo académico, retrato e impresionismo. Aprendió a dominar el rostro humano, la luz sobre las marinas, la vibración del paisaje. Paralelamente estudió Urbanismo en la Universidad Simón Bolívar, una carrera que nunca ejercería, pero que amplió su mirada sobre el espacio y la composición.

En la Venezuela de los ochenta y noventa, Trabanco desarrolló una carrera paralela en el diseño y la publicidad. Trabajó en una empresa de montaje de stands y trabajó para bancos, multinacionales y organismos oficiales. Introdujo rayos láser en conciertos y exposiciones, diseñó escenografías, levantó estructuras espectaculares. Trabanco lo recuerda como una época apasionante.

En 2003 decidió regresar a España. Se instaló primero en Valencia y luego en otras ciudades, adaptándose a empleos de los más diverso –incluso al buceo profesional– sin abandonar nunca el pincel. «No es un hobby», insiste. «Es mi profesión». Aunque las obligaciones lo alejaron durante años de una producción constante, jamás dejó de pintar.

En su primera etapa destacó por el dominio técnico y el hiperrealismo. Admiraba a maestros como Antonio López, pero comprendió que la fidelidad fotográfica no le bastaba. Necesitaba una voz propia. Las críticas de una exposición reciente fueron el detonante: gustaban sus cuadros, pero no encontraban una identidad reconocible.

Entonces rescató unas figuras estilizadas que llevaba años esbozando en escenas de San Fermín y decidió convertirlas en el centro de su lenguaje. Las llamó «almas danzantes»: cuerpos alargados, sin rostro definido, suspendidos en atmósferas de color intenso. No representan a nadie en concreto y son todos. Expresan abandono, esperanza, diversidad, melancolía o celebración a través del gesto y la gama cromática.

Ha abandonado el óleo –los disolventes agravaban su asma– y trabaja ahora con acrílico, más rápido y versátil. Sueña con grandes formatos y con un estudio amplio donde esas figuras respiren a gran escala. Quiere que, al ver uno de sus cuadros, no haya duda: es un Trabanco.

Después de atravesar continentes, crisis económicas y profesiones, Fernando vuelve al punto de partida: la necesidad de pintar. Como cuando era el niño que observaba a los gigantes del arte colgar sus obras en Caracas, sigue buscando algo esencial. Quizá, en el fondo, siempre ha estado pintando lo mismo: la emoción humana en movimiento. Esas almas sin rostro que bailan, gesticulan y nos emocionan.

Tracking Pixel Contents