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Murcianos de dinamita

Vicenta Hellín: la mujer entre bambalinas

Vicenta Hellín

Vicenta Hellín / Ana Martín

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Pascual Vera

Pascual Vera

Hay personas que nunca pisan el escenario y, sin embargo, sostienen todo lo que ocurre sobre él. Personas que no buscan la luz, pero entienden mejor que nadie de dónde nace. Ella es una de esas figuras imprescindibles y silenciosas, una mujer cuya biografía no se explica desde el foco, sino desde el reverso del telón, allí donde el teatro respira antes de mostrarse al mundo. Porque, como escribió Victor Hugo, el teatro podrá estar hecho de árboles de cartón y palacios de tela, pero en él habitan sentimientos verdaderos; y eso es precisamente lo que ella ha sabido cuidar durante toda su vida.

Su amor por las artes escénicas no surge de una tradición familiar ni de una infancia rodeada de cultura. No hubo teatros en su niñez ni referentes cercanos que señalaran ese camino. Creció en un entorno humilde, alejado de los circuitos culturales, pero con una sensibilidad alerta. Quizá –como ella misma piensa– ese impulso venga de una abuela sin oportunidades, o de un padre especialmente sensible. Quizá el origen importe menos que la certeza de que esa llamada estaba ahí, esperando el momento de manifestarse.

El descubrimiento llegó de forma casi inadvertida. En el colegio, entre monjas que desmentían tópicos, el teatro era juego y aprendizaje, y la música de Tchaikovsky sonaba en patios y funciones sin que ella supiera aún quién era su autor. Años después comprendería que esa música había dejado una huella profunda, una educación emocional temprana que explicaba muchas cosas. La historia, el arte y la cultura siempre la atrajeron, aunque su camino parecía dirigirse hacia la pedagogía y el trabajo social. Durante un tiempo creyó que su lugar estaría en la enseñanza.

Pero el teatro terminó encontrándola. O quizá fue ella quien supo reconocerlo cuando apareció en forma de amistades, bohemia y encuentros con artistas. La relación con la compañía Arena supuso un punto de inflexión: lo que comenzó como una ayuda puntual se convirtió en una vocación clara. Descubrió que su sitio no estaba sobre las tablas, sino detrás: en la producción, la gestión, la organización invisible que permite que una idea llegue viva al escenario.

Nunca intentó actuar. Le fascinaba, en cambio, la trastienda del teatro: los laterales, los pasillos, esa vida secreta que el público no ve. Su talento estaba en hacer que todo funcionara, en cuidar los procesos, en sostener a los creadores para que pudieran concentrarse en lo esencial. Tras la disolución de Arena Teatro como compañía artística, tomó una decisión valiente: mantener viva la estructura y reinventarla como productora y gestora cultural. Fueron años difíciles, marcados por la resistencia y la imaginación.

Programar, traer espectáculos, buscar financiación, crear públicos… Y, sobre todo, comunicar. Acercar el teatro a quienes nunca habían entrado en uno, despojarlo de solemnidad sin quitarle respeto fue su consigna. Entiende que, para muchas personas, cruzar la puerta de un teatro es una entrada a un territorio desconocido que impone.

La danza llegó más tarde, como un descubrimiento inesperado y definitivo. Al conocer de cerca a bailarines de excelencia, comprendió que el cuerpo también puede narrar. La danza la deslumbró con una fuerza incluso mayor que el teatro, y desde entonces se convirtió en uno de sus principales compromisos profesionales y vitales.

Hoy sigue observando con atención lo que ocurre entre escena y platea. Le interesa la reacción del público, la emoción compartida, la transformación íntima que se produce durante una función. Sabe que nadie sale igual como entra. Y por eso permanece ahí, entre bambalinas, escuchando latir al teatro y a la danza, cuidando ese instante irrepetible en el que algo verdadero sucede.

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