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El efecto Matilda

Sarah Biffin

Entre la exhibición y el reconocimiento artístico: la vida de una mujer que convirtió la adversidad en talento

Autorretrato frente a caballete- Acuarela- c. 182.

Autorretrato frente a caballete- Acuarela- c. 182. / Sarah Biffin

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Por incomprensible que parezca, aún hoy, hay a quien le molesta el hecho de visibilizar o hablar sobre cualquier tipo de cuestión relacionada con personas que tienen alguna minusvalía física o mental. Sus vidas, sus logros, su día a día, las barreras que rompen, en realidad da igual porque lo que les molesta es la mera visión de aquello que es diferente. A lo largo de la historia esto ha sido una constante.

La línea que separa el puro acto de superación del espectáculo sigue siendo demasiado fina, y aunque no debería ser así, arrastramos por desgracia una memoria colectiva demasiado arraigada en nuestro subconsciente cuyos ecos todavía resuenan cuando aquello que se sale de lo considerado ‘normal’ cobra cierto protagonismo.

Y así, desde esa delgada línea se construye la historia de la vida de Sarah Biffin, la artista inglesa que en plena época victoriana nunca estuvo destinada a serlo porque carecía de brazos, pero que contra todo pronóstico lo consiguió.

Nacida en una época en la que las personas con discapacidad solían ser marginadas o convertidas en objeto de curiosidad pública, Biffin logró construir una carrera profesional como pintora y alcanzar un reconocimiento que parecía imposible para una mujer de su condición social y física. Su trayectoria nos lleva a reflexionar sobre cuestiones que dos siglos más tarde seguimos planteándonos: la relación entre discapacidad y visibilidad pública, los límites entre admiración y explotación, y la capacidad del arte para desafiar los prejuicios de la sociedad.

Niña de pie con collar de perlas- Acuarela- S. XIX.

Niña de pie con collar de perlas- Acuarela- S. XIX. / Sarah Biffin

A finales del siglo XVIII, las expectativas de vida para una persona nacida en una familia pobre con este tipo de malformación congénita, hoy conocida como focomelia, —sin brazos y con las piernas severamente reducidas— eran nulas. Pero el carácter decidido y el tesón de Sarah Biffin no se frenaron por esta circunstancia: desarrolló una extraordinaria habilidad para realizar tareas cotidianas utilizando la boca y los hombros. Incluso aprendió a bordar a escondidas de sus padres. Destacando entre esas habilidades el dibujo y la pintura.

Ese talento no pasaba inadvertido para quienes la rodeaban, sorprendidos por sus capacidades. Uno de ellos fue un feriante ambulante, el señor Dukes, que a los 20 años le ofreció trabajo como parte de su espectáculo de curiosidades humanas. Durante las primeras décadas del siglo XIX era frecuente la existencia de ferias y espectáculos itinerantes en los que se exhibía a personas consideradas extraordinarias por su aspecto físico. Estos espectáculos atraían a un público deseoso de contemplar aquello que se apartaba de la norma.

Así, la joven Sarah Biffin pasó los siguientes quince años viajando de pueblo en pueblo, pintando, cosiendo y escribiendo.

Desde la perspectiva actual, esta situación puede interpretarse como una forma de explotación. Sin embargo, la realidad para una joven pobre con esta condición era compleja, y aquella vida era también una posibilidad de poder sobrevivir, ser independiente, condición que curiosamente el resto de mujeres no tenían en aquella época. Aquellas exhibiciones también proporcionaron a Biffin una visibilidad que difícilmente habría conseguido de otro modo. Mientras el público acudía en principio atraído por la curiosidad de su cuerpo, en un segundo momento terminaban impresionados por la calidad de sus obras, recibiendo cada vez más encargos.

Poco a poco, la atención comenzó a desplazarse desde su cuerpo hacia su talento artístico, y no es para menos, ya que la especialidad de Sarah fue la pintura en miniatura, una disciplina muy apreciada antes de la aparición de la fotografía. Si pintar con la boca requiere de una precisión y habilidad inimaginables, hacerlo en formatos tan, tan pequeños es casi una tarea imposible incluso para pintores que lo hicieran con sus manos.

Pequeñas superficies en las que esta artista conseguía captar la personalidad de los retratados con gran fidelidad y delicadeza, con una atención a los detalles que resultaba incomprensible para el público.

Uno de aquellos clientes, George Douglas, decimosexto conde de Morton, le encargó un retrato en una feria en Edimburgo. Asombrado por el resultado, facilitó su ingreso en la Real Academia Marshall Crag para que recibiera formación, un espacio donde las mujeres tenían prohibido estudiar. De este modo, y gracias a su apoyo, se convirtió en una pintora profesional. Abrió su propio estudio de retratos en miniatura en Londres, participó en exposiciones y en 1821 recibió una medalla de oro en la Royal Society of Arts.

Niña pequeña sentada con bata blanca y perro- Acuarela- S. XIX- Somerset Heritage Centre

Niña pequeña sentada con bata blanca y perro- Acuarela- S. XIX- Somerset Heritage Centre. / Sarah Biffin

A los 40 años, se casa con William Wright, empleado de banca que sólo se acercó a ella para quedarse con su fortuna antes de abandonarla.

Sus obras fueron apreciadas por miembros de la aristocracia e incluso por la familia real. La Reina Victoria quiso conocerla en persona; le otorgaría una pensión temporal cuando su situación financiera se volvió insostenible. Con los años tuvo que dejar de pintar; perdió movilidad en los músculos del cuello y la boca.

Tras su fallecimiento en 1850, su figura cayó progresivamente en el olvido. Durante décadas apenas fue mencionada en los relatos tradicionales de la historia del arte, y como otras tantas artistas mujeres simplemente desapareció. Será en una subasta en 2019 cuando su nombre vuelva a resonar en los circuitos artísticos; el récord de venta de su autorretrato en más de ciento sesenta mil euros atrajo el interés de investigadores y museos, recuperándose así su legado.

La vida de Sarah Biffin constituye mucho más que una historia de superación personal. Es el relato de una mujer que transformó una posición de vulnerabilidad en una plataforma para afirmar su talento. Entre el espectáculo y el arte, entre la admiración y el prejuicio, logró construir una carrera que desafió las expectativas de su tiempo.

Su vida demuestra que las limitaciones más difíciles de superar no siempre son las físicas, sino las impuestas por los demás.

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