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Entrevista

Bernar Freiría, escritor: "Una novela siempre tiene que ser más inteligente que quien la escribe"

El escritor y catedrático de Filosofía publica hoy ‘Mientras dure el resplandor’, una novela generacional atravesada por la Revolución de los Claveles y el final del franquismo

El escritor, catedrático de Filosofía y columnista habitual de La Opinión, Bernar Freiría.

El escritor, catedrático de Filosofía y columnista habitual de La Opinión, Bernar Freiría. / ISRAEL SANCHEZ

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J.M. Lax Asís

J.M. Lax Asís

Escritor, catedrático de Filosofía y columnista habitual de La Opinión, el ourensano afincado en Murcia Bernar Freiría publica su novela más íntima y generacional. 'Mientras dure el resplandor' (M.A.R. Editor) recorre tres décadas de la vida de Germán Vieitez: desde la euforia de la Revolución de los Claveles y el final del franquismo hasta el desencanto de los años noventa, con el amor, la culpa y el abismo entre padres e hijos como ejes vertebradores. La novela estará en las librerías desde hoy.

La novela se llama Mientras dure el resplandor. Es un título esperanzador, pero con una carga melancólica enorme. ¿Qué es ese resplandor ?

El resplandor es lo que persiguen los protagonistas cuando el franquismo desaparece y hay promesa de una nueva sociedad más plena, más intensa, más feliz. Todos acudimos como polillas a la luz de ese futuro que se nos ofrece. Saliendo de la crisálida del franquismo, era realmente muy esperanzador y se vivía con mucha intensidad, pensando que íbamos a entrar en una nueva era. Y de hecho sí se entró... El futuro fue tan maravilloso como imaginábamos y tan decepcionante como estamos viendo estos días.

La Revolución de los Claveles de 1974 en Portugal es uno de los detonantes emocionales de la novela. ¿Por qué ese acontecimiento y no la Transición española como eje?

Yo en aquel momento estaba estudiando en Santiago de Compostela, que en la novela aparece bajo otro nombre. Todavía viviendo bajo Franco, en Portugal se produjo la Revolución de los Claveles. Teníamos una libertad al alcance de la mano, a un par de horas de tren o de coche. Y la transición portuguesa fue muy distinta de la española: la nuestra fue muy lenta, muy gradual, mirando siempre de reojo a los militares, mientras que en Portugal son justamente los militares quienes hacen la revolución. Fue como chasquear los dedos y, de repente, la dictadura desaparece. Los viajes a Portugal eran la búsqueda de un oxígeno que todavía nos faltaba en España.

Usted usa un distanciamiento narrativo curioso: no es Germán quien cuenta su propia historia.

Utilizo la figura de un narrador que es un amigo, cuyo nombre no aparece en ningún momento, un escritor que mantiene larguísimas charlas con Germán y luego escribe lo que ha sido su vida. Ese amigo empatiza con Germán, pero no comparte ni mucho menos todas las cosas que él hace, piensa o siente. Hay algo así como una radical incomprensión hacia el protagonista. Yo creo que esa es la posición que debe tomar siempre un escritor: una cierta distancia con aquello que narra, para evitar identificarse con los personajes.

El futuro fue tan maravilloso como imaginábamos y tan decepcionante como vemos estos días

Clara, una de las figuras centrales, queda atrapada en el Patronato de Protección a la Mujer, una institución muy poco conocida para el gran público. ¿Cómo la documentó?

Fue una institución represora tremenda. Ahora empiezan a salir a la luz algunas historias de sus víctimas. Hay que tener en cuenta que el Patronato sobrevivió diez años a la muerte del dictador: no lo liquidaron hasta 1985. Era coherente con el autoritarismo franquista, que consideraba a las mujeres como seres que necesitaban tutela. Caer en sus garras era relativamente fácil: bastaba un embarazo de una chica que no perteneciera a una familia acomodada, un pequeño hurto, cualquier tropiezo con la policía. Y a veces eran los propios padres quienes solicitaban el ingreso cuando tenían una hija rebelde que no podían dominar. ¿Adónde iban a parar? A unos peculiares conventos gestionados por religiosas que disciplinaban a las chicas hasta el sadismo.

La relación entre Germán y su hija Beatriz parece el otro corazón de la novela: una generación que entendió sus propios deseos pero no supo entender a sus hijos. ¿Es eso una forma de hablar de fracaso colectivo?

Hay conflicto generacional, que es una constante universal. Los hijos muchas veces tienen que crecer en contra de los padres, autoafirmándose. El conflicto es trágico en la novela: presento las dos posiciones sin juzgar. Uno puede sentirse identificado como padre, pero también puede sentirse identificado como hijo. Lo que ofrezco son dos visiones y cada cual puede sentirse reconocido, conociendo también la postura del otro.

Bernar Freiría en la murciana calle Trapería

Bernar Freiría en la murciana calle Trapería / ISRAEL SANCHEZ

¿Cree que la generación que luchó contra el franquismo cometió el error de creer que la libertad conquistada era un legado automático para sus hijos?

Tal vez el error fundamental fue creerse que el futuro era pleno. En ese momento había poca introspección; se buscaba fuera aquello que podría haber dado la introspección. Esta viene después, con la madurez llega la capacidad de verse a uno mismo y ver, a veces, los errores que uno ha cometido, y sobre todo ver que no todo aquello que se prometía es alcanzable.

En la novela hay una tensión entre la culpa y la impotencia. ¿Es una novela de redención o de condena?

No sabría contestar. Una novela siempre tiene que ser más inteligente que quien la escribe; no soy capaz de dar cuenta de todo lo que he escrito. De alguna manera la narración te posee, pero luego no llegas a comprender exactamente todo lo que has escrito... y a veces son los lectores quienes te muestran cosas que tú no habías visto. En todo caso, que cada lector llegue a la respuesta que le parezca conveniente.

La presentación que me hizo Vázquez Montalbán me alivió el síndrome del impostor, pero no me lo curó

Lleva décadas analizando la actualidad en sus columnas. ¿Ve en el mundo actual una repetición de aquellas dinámicas de opresión?

Hay una cosa que me cabrea mucho: cuando alguien que no ha conocido el franquismo se le ocurre reivindicarlo. El franquismo era terrible, era un insulto a la inteligencia, y la represión era muy dura. Esa gente que lo reivindica sin conocerlo no sabe lo que reivindica. Afortunadamente, la actualidad no es esa pesadilla. Nos hemos despertado de algunos sueños, pero no hemos desembocado en una pesadilla. Con todos los lastres y toda la podredumbre que hay, no tiene parangón con lo que era el franquismo. Eso sí, hay que estar muy en guardia contra este avance de la extrema derecha que parece querer retrotraernos a tiempos pasados.

Estudió Filosofía, fue catedrático de esa materia durante años. ¿Le ayuda o le estorba esa formación a la hora de construir personajes?

Apelo a Wittgenstein, que decía que su filosofía era como una escalera por la que había que ascender y, una vez arriba, tirarla. Yo hice ese uso de la filosofía: la utilicé como escalera para subir, y cuando llegué me encontré con que allí había literatura. Tiré la escalera y me dediqué a ella. Hace ya muchos años que no leo filosofía. Creo que la literatura es una visión de la realidad más rica: en filosofía se construyen sistemas cerrados, mientras que la literatura busca la apertura de espacios.

Su primera novela, Cuarto de derrota, fue presentada por Manuel Vázquez Montalbán, que se sorprendió de que fuera una ópera prima. ¿Qué supuso ese espaldarazo?

A Vázquez Montalbán le tengo un agradecimiento perpetuo, y me emociona mencionarlo. Yo no lo conocía de nada; a través de un tercero le hice llegar mi novela con la propuesta de que, si le gustaba, me la presentara. Pasaron dos meses sin señales de vida y ya lo di por perdido. Y de repente dijo que sí, que le había gustado, y me la presentó. Hizo una lectura inteligentísima; pilló todo lo que yo había intentado poner. En ese sentido te sientes muy colmado: un escritor como Vázquez Montalbán ha visto lo que yo quería transmitir. Me dio una gran confianza en mí mismo y el impulso para seguir escribiendo.

¿Le curó el síndrome del impostor inicial?

Todavía persiste, y es bueno que sea así. Uno no debe creerse nunca nada; tiene que estar empezando todos los días, considerando que el oficio todavía tiene muchas claves que no domina. Cuando uno se lo cree, compone una figura patética. La presentación de Vázquez Montalbán me lo alivió, pero no me lo curó. Y no es bueno que te lo cure.

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