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Cristóbal Osete, director de cine: "La resistencia no es terminar siendo campeón del mundo de tiro con arco; es aprender a vivir en el pozo"

Fotoperiodista, codirector de un laboratorio de narrativa experimental y un director que ha construido su carrera buscando siempre la misma cosa, el tiempo suficiente para contar una historia como merece

El documentalista murciano Cristóbal Osete

El documentalista murciano Cristóbal Osete / María Caparrós

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J.M. Lax Asís

J.M. Lax Asís

Cristóbal Osete Marín (Murcia, 1989) llegó al cine documental por agotamiento. Diez años como fotoperiodista en la agencia EFE, La Opinión de Murcia, colaboraciones con NBC, El País o El Salto, y una carrera en Filosofía que le hizo preguntarse para qué servía realmente lo que hacía. La respuesta fue ralentizar. Su película autoral, Cómo habitar un cuerpo, se estrena el 3 de junio en los Cines Callao de Madrid y estará disponible en Amazon desde ese mismo día. Es un documental sobre Elena y Alfredo, dos personas con discapacidad y que, según su director, no va sobre la discapacidad.

Osete no llegó al cine documental por vocación temprana, sino por conflicto. Empezó en Periodismo, se quedó enganchado a la cámara, y pasó casi una década haciendo fotografía de sucesos a una velocidad que acabó quemándole. "Me apetecía contar historias, pero cuando empecé a estudiar Filosofía y a pensar sobre la relevancia social del trabajo que hacía, sentía que me faltaba tiempo para profundizar. Me quemó la rapidez de este mundo".

Fue entonces cuando empezó a hacer proyectos por su cuenta, primero en Murcia, luego en Valencia, hasta que el traslado a Madrid hace dos años le abrió la posibilidad de dirigir películas con más equipo, más tiempo y algo más de presupuesto. Un camino construido sobre una tensión constante entre la necesidad económica y la integridad narrativa, el cine independiente y la publicidad. "Dedicarse a contar historias en el cine independiente, viviendo aquí, es una cosa un poco suicida. Pero uno intenta mantener su línea moral predominando y también ir comiendo de vez en cuando".

Un momento del proceso de grabación del documental 'Cómo habitar un cuerpo'

Un momento del proceso de grabación del documental 'Cómo habitar un cuerpo' / CRISTOBAL OSETE

Cómo habitar un cuerpo nació de un encargo que llegó con dinero de la Fundación Integralia DKV y la idea de hacer un documental sobre discapacidad y trabajo. Osete aceptó con una condición que puede parecer paradójica: "Les planteé la posibilidad de hacer una película en la que no saliese la fundación. Y aunque parezca un poco loco, intenté vender eso y al final funcionó".

La fundación aceptó. Leyeron su texto de intenciones, dieron luz verde y no volvieron a pedir nada. "Nos dijeron: aquí está el dinero, haced lo que consideréis". Cuando vieron la película terminada, el hecho de que no se hablase de Integralia de forma explícita les sorprendió. Y les pareció bien.

Parar y pensar es uno de los ejercicios más revolucionarios que uno puede hacer hoy

En la sipnosis se dice que "esta no es una película sobre la discapacidad", no es un gesto provocador sino una advertencia funcional. Cuando Osete empezó a investigar y a buscar personajes, todas las historias que le llegaban eran de superación. "La gente te cuenta que conoce a alguien que tuvo una discapacidad sobrevenida y acabó siendo campeón del mundo de tiro con arco. Esas historias me aburrían profundamente". Lo que le interesaba era otra cosa: "Siempre me ha interesado más la gente que aprende a vivir en el pozo. En esos gestos cotidianos, en ese día a día, hay mucha resistencia".

Alfredo y Elena

De todos los personajes posibles, eligió a dos. Alfredo, gaditano, cuya familia emigró de Cádiz a Barcelona cuando era niño buscando mejores hospitales para una enfermedad genética que afecta a varios miembros de su familia. Él nació sin esa enfermedad pero con una deformación en la cadera. Elena, que con 22 años se lanzó a las vías del metro tras una depresión severa, perdió ambas piernas y decidió venir a España desde Venezuela buscando mejores oportunidades clínicas.

Elena, una de las protagonistas del documental, tenía 22 años cuando cayó a las vías del metro.

Elena, una de las protagonistas del documental, tenía 22 años cuando cayó a las vías del metro. / CRISTOBAL OSETE

Lo que unió a ambos en la cabeza de Osete fue la migración clínica, ese desplazamiento forzado hacia donde están los mejores médicos, y algo que le dijo Alfredo en una de sus primeras conversaciones. "Me contó que la pensión que cobraría si no trabajase serían cien euros menos de lo que cobra trabajando. Yo le preguntaba: '¿pero por qué trabajas?'. Y él me decía: 'yo elijo trabajar por una cuestión de dignidad, por encontrar un espacio de autonomía y por reclamar mi derecho a ser parte del mundo sin tener que explicarme constantemente”. De Alfredo también le atrajo otra cosa: "Era un macarra. Con un discurso muy inteligente y bastante poco corporativo".

La relación con los personajes empezó meses antes del rodaje, con comidas, conversaciones, intercambio de vidas. "Yo les contaba cosas mías, ellos me contaban las suyas". Cuando llegó el momento de rodar, diez días con cada uno desde la mañana hasta la noche, algo infrecuente ocurrió: nadie miraba la cámara. "Era alucinante. La gente estaba diciendo auténticas barbaridades como si no estuviésemos ahí". Osete lo atribuye a la selección de los personajes más que a ninguna técnica: "Son tan ellos mismos que les cuesta no serlo".

El deseo es el mayor motor de vida y el más peligroso, porque es fácil que el hilo se rompa

Ellos no se conocen entre sí. Sus historias transcurren en paralelo y solo se cruzan en el montaje, en ese diálogo silencioso que el director construye entre dos vidas que comparten más de lo que aparentan. "En esos silencios, en esas dudas, en esas pequeñas cosas, es donde aparece lo político y el peso de la mirada del otro. La forma en que la sociedad construye la idea de limitación, lo que se espera de un cuerpo que no encaja del todo".

El cine como el periodismo, pero con tiempo

La diferencia entre el periodismo y el documental, para Osete, se resume en una frase que le dijo hace años uno de sus mentores, José Alberto Pardo, director de La Opinión: "Nos tiramos hasta la una de la mañana escribiendo y por la tarde las noticias están en la basura". El documental es, en esencia, la posibilidad de parar. "Parar y pensar es uno de los ejercicios más revolucionarios que uno puede hacer hoy. Yo sentía que en el periodismo me estaba habitando un automatismo que no me gustaba. Hacía un trabajo más funcional y más rápido, pero se convertía en un abc".

Una escena del docuental de Osete, 'Cómo habitar un cuerpo'

Una escena del docuental de Osete, 'Cómo habitar un cuerpo' / CRISTOBAL OSETE

En el documental, en cambio, dice que todavía hay "un espacio de improvisación, de juego, de apostar por el azar y por la intuición". Ese espacio tiene un precio: la incertidumbre descoloca a los equipos acostumbrados a la ficción. "Me preguntaban: '¿pero qué va a pasar hoy?' Y yo les decía: 'es que no lo sé. Solo sé que tenemos que estar a las ocho en la puerta de casa de Alfredo”. Su segundo operador de cámara, Héctor, que nunca había rodado documental, le dijo a mitad del rodaje que a partir de entonces quería trabajar en todos los proyectos documentales que pudiese, con dinero o sin él. Para Osete, eso vale más que cualquier crítica.

El montaje, que es donde Osete dice que la película realmente se escribe, tampoco es un proceso tranquilo. Lo describe como "una fase maníaco-depresiva, un día la película te parece extraordinaria, al siguiente una mierda". Meses de oscilación en los que el material filmado te habla de formas que no anticipabas durante el rodaje. "Es como mi momento favorito. Y también el más enfermizo". Cuando terminaron, todo el equipo pasó un par de semanas descomprimiendo. Demasiadas vidas dentro, demasiadas conversaciones íntimas acumuladas.

Del documental me llevo algo casi terapéutico, cómo habitar mi propio cuerpo

La sinopsis termina con la palabra resistencia. Osete la eligió con cuidado, porque no quería que sonase política en el sentido convencional. "Me gusta diferenciar la política de lo político. Lo político, para mí, es saber el nombre de tu vecino de enfrente. Una cosa de calle, de humanidad". La resistencia que le interesa es interior, silenciosa, cotidiana: "Ver que los personajes hacen un recorrido interno durísimo que tiene puntos de universalidad con cualquiera. A mí Elena me contaba cosas muy jodidas sobre su vida y encontrábamos puntos en común entre nuestros caminos, siendo totalmente distintos".

El deseo, en ese esquema, es el último hilo. "Es el mayor motor de vida. Que todavía haya algún espacio para el deseo. Y a veces es peligroso, porque también es más fácil de lo que parece que ese hilo se rompa. Y ahí la vida se convierte en algo pantanoso".

Haciendo la película, Osete también aprendió algo sobre sí mismo. Reconoce haber tenido episodios de bajones fuertes en su propia vida, y dice que Elena y Alfredo le dieron herramientas inesperadas. "Me llevo algo casi terapéutico de cómo habitar mi propio cuerpo. Y habitar también las faltas que uno tiene, las ‘discapacidades’ que uno tiene". Una de las frases que más le marcó fue la de la madre de Elena, que aparece en el ‘film’: la idea de que compartir nuestra historia puede inspirar a otros para salir de ciertos espacios. Pequeña, doméstica, sin retórica. Exactamente el tipo de resistencia que Osete fue a buscar.

Una película que observa donde otros explicarían

Elena tenía 22 años cuando cayó a las vías del metro. Lo que vino después —las amputaciones, las prótesis, el proceso larguísimo de reconstrucción— lo vivió en Venezuela, su país. Luego tomó una decisión: venirse a España. No como turista ni como migrante económica en el sentido convencional, sino como migrante clínica. Buscando los mejores médicos, las mejores oportunidades para seguir adelante con un cuerpo que había cambiado para siempre.

Alfredo es gaditano, aunque creció en Barcelona. Su familia hizo ese mismo viaje siendo él niño, también por razones médicas: varios miembros tienen una enfermedad genética que afecta a los miembros. Él nació sin esa enfermedad pero con otra: una deformación en la cadera que lleva toda la vida acompañándole. Barcelona era donde estaban los mejores hospitales. A Barcelona fueron.

Cómo habitar un cuerpo no tiene entrevistas a expertos. No hay narración en ‘off’ que contextualice ni datos que ilustren. La cámara observa y acompaña: a Alfredo pescando con su hermano, en casa, en el trabajo; a Elena en su cotidianidad, con su familia, en los momentos en que el cuerpo ocupa el centro sin que nadie lo pida. La película no les pide que se expliquen. Les deja vivir delante de la cámara.

Esa decisión es política en el sentido más hondo del término. Porque una de las cargas más agotadoras que arrastra cualquier persona con discapacidad visible es precisamente esa: la obligación constante de dar cuenta de sí misma. De justificar su presencia, su forma de moverse, sus elecciones. La película se niega a reproducir ese mecanismo. Elena y Alfredo no son casos. Son personas en un momento concreto de sus vidas, atravesando una transformación íntima que no responde a ningún hito social ni a ninguna gran gesta, sino a algo más sencillo y más difícil a la vez: el deseo de vivir con más libertad dentro de sus propios cuerpos.

Elena y Alfredo no se conocen. Sus historias transcurren en paralelo y solo se encuentran en el montaje, en ese espacio donde el director decide que una mirada responde a otra, que un silencio resuena en el siguiente. Lo que comparten no es la anécdota sino la textura: el peso de la mirada ajena, la negociación diaria con un cuerpo que el mundo ha decidido catalogar, y también la terquedad silenciosa de seguir deseando cosas.

Alfredo trabaja porque quiere, no porque no tenga alternativa. La diferencia entre su salario y la pensión que cobraría si no trabajase es de cien euros. Trabaja por dignidad, dice. Por tener un espacio donde no tener que explicarse. Elena, por su parte, lleva años construyendo una vida en un país que no es el suyo, con un cuerpo que cambió de golpe, con una historia que podría haberse convertido en el centro de todo y que ella ha decidido que sea solo una parte.

Al final de la película, Alfredo aparece con una tabla de surf. Elena vuela en una atracción de feria. No son finales felices en el sentido cinematográfico del término. Son imágenes que dicen algo más sencillo y más verdadero: que después del miedo, del juicio, del cansancio, aún hay espacio para el deseo. Y que eso también es una forma de resistencia.

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