WARM UP
Lo que ocurre cuando decides volver: guitarras de Bloc Party, susurros de Rusowsky y un cierre a pulso con Fatboy Slim
Lori Meyers regresó al Warm con un directo respaldado por más de dos décadas de trayectoria y un repertorio repleto de canciones clave del indie estatal; fue ahí donde entendiste que has hecho bien en volver
José Antonio Muñoz Devesa
La segunda jornada del Warm Up Estrella 2026 no empieza con música. Comienza con una decisión. Volver no es lo mismo que llegar. Llegar implica curiosidad, una cierta inocencia, incluso torpeza. Volver, en cambio, exige memoria. El cuerpo recuerda antes que la cabeza: las piernas pesan, la voz arrastra restos del día anterior, la piel conserva aún ese olor que pertenece exclusivamente a los festivales. Y aún así, vuelves.
No por inercia. Tampoco por obligación. Vuelves porque algo quedó abierto. Porque lo de ayer no se cerró del todo. Porque en medio de la música, de la gente, hubo un instante que prometía algo más. Las segundas oportunidades nacen de ahí: de lo incompleto. La tarde cae otra vez sobre Murcia, pero ya no es la misma. Hay una diferencia sutil, casi imperceptible: hoy no hay presentación. El festival no necesita explicarse. Tú tampoco. El acceso se cruza sin ceremonia. Es simplemente un trámite. El verdadero cambio ocurre al otro lado, cuando el sonido empieza a filtrarse y el cuerpo ajusta el ritmo.
No hay ese juego de insinuaciones, de enseñarse poco a poco. Todo está en marcha desde el primer segundo: Firmado, Carlota; el proyecto musical de la murciana Carlota Cabrerizo, suena a juventud con una actuación capaz de conectar con toda una generación con su pop underground. La suavidad y delicadeza de sus canciones arranca la maquinaria de los warmers como si el engranaje hubiera decidido no detenerse en ningún momento de la jornada anterior.
Las hermanas cántabras, María y Teresa Iñesta fueron las siguientes en actuar. Repion ofreció su rock, en una unión con el toque alternativo del que tantas bandas ansían presumir actualmente. Canciones como ‘Otro día será’ reflejan el protagonismo dual que organiza su música: la percusión y la melodía vocal tienen prácticamente la misma importancia a lo largo de la actuación.
Precisamente, eso hace que los primeros conciertos se viven con una atención distinta. No buscas sorprenderte, buscas confirmar. Y ahí entra La La Love You, la banda madrileña que nuevamente ha inundado el recinto de La Fica con sus historias de amor adolescente, románticas e inconscientes, como a ellos les gusta. Hay azúcar por todos lados y bañeras de burbujas con copas de champagne para celebrarlo.
Pero no todo encaja
Hay actuaciones que pasan sin dejar rastro. Canciones que no encuentran cuerpo donde apoyarse. Miradas que se dispersan. El público exigente ahora. Necesita algo más preciso. Algo que atraviese de verdad.Y ahí es donde empiezan las dudas.
Las segundas oportunidades siempre pasan por ese lugar incómodo. Un escenario a medio gas. Una actuación correcta pero sin filo. Sin embargo, basta muy poco para que el equilibrio cambie.
No hace falta un gran nombre ni un himno generacional. A veces es simplemente una canción que llega en el momento exacto. O una actuación como la de La Paloma, el grupo aportó sus canciones atemporales a partir de los tiempos que corren y capaces de alojar un endiablado recado contemporáneo. Entonces ocurre.
El cuerpo vuelve a activarse. La cabeza deja de analizar. La distancia se rompe. Y todo lo que hace un rato parecía plano, recupera sentido. Hay algo profundamente honesto en ese segundo impulso. Y es que lo mejor vuelve a llegar cuando combinan guitarras y estribillos certeros, perfectos para la pista de baile. Una receta que ofreció sobre el escenario Estrella de Levante Bloc Party. "Ahora sí", afirma alguien sin decirlo.
Las horas avanzan y el recinto empieza a llenarse de una energía distinta. No más intensa, pero sí más compacta. Los grupos se mueven con mayor seguridad. El público responde con menos reservas. Hay menos postureo, menos necesidad de estar en todas partes. Cada uno empieza a elegir. Y elegir Ojete Calor es una forma de compromiso. Los creadores del subnopop ofrecieron un show cargado de humor y una buena dosis de ironía, electropop y letras delirantes que ya son himnos generacionales como ‘Vete a tu Casa’ o ‘Tonta Gilipó’.
Ahí es donde la segunda jornada se vuelve superior a la primera. No porque tenga mejores conciertos —eso es discutible—, sino porque la relación ya no es superficial. Es concreta. La noche cae sin que nadie la anuncie. No hay transición. De repente, el cielo ya no está y lo único que queda es la luz artificial, el sonido amplificado y esa sensación de estar dentro de algo que no se puede detener. El cansancio aparece, claro. Sería ingenuo negarlo. Se instala en las piernas, en la espalda, en la forma en que te mueves entre escenarios. Pero no domina. Convive. La música también cambia. O quizá eres tú.
Rusowsky aportó su pop mutante, electrónica moderna y sensibilidad generacional
Los ritmos más densos llegan de la mano de Viva Belgrado. La banda cordobesa llegó a la capital del Segura con 'Cancionero de los Cielos', un álbum abierto a los teclados, las melodías e incluso la rancheras. Es en ese punto donde muchas relaciones se rompen. Cuando la intensidad deja de ser evidente y pasa a ser subterránea. Pero aquí no. Aquí ocurre lo contrario. En medio de esa continuidad, aparece algo que no estaba el primer día: la complicidad. No con una persona concreta —aunque también—, sino con el entorno. Con la gente que te rodea. No hay presentación. No hay contexto. Solo coincidencia. Y basta.
En algún momento de la noche, sin aviso, llega Lori Meyers. El grupo granadino regresó al Warm con un directo respaldado por más de dos décadas de trayectoria y un repertorio repleto de canciones clave del indie estatal como ‘Emborracharme’, ‘Mi realidad’ o ‘Luces neón’. Es ahí donde entiendes que has hecho bien en volver. El festival ya no necesita impresionarte. No necesita ofrecerte nada extraordinario. Le basta con sostenerte. Y tú aceptas.
Aceptas el cansancio, el ruido, incluso los momentos planos. Aceptas que no todo será memorable. Que algunas cosas se olvidarán en cuanto salgas. Que otras, en cambio, se quedarán sin que sepas muy bien por qué. Esa es la diferencia fundamental con el primer día. Ayer querías vivirlo todo. Hoy te conformas con que algo sea real. La madrugada avanza como una corriente lenta.
Alguien se sienta. Alguien se tumba. Alguien baila con los ojos cerrados. El festival no exige. Acompaña. Y en ese acompañamiento aparece Rusowsky, quien aporta su pop mutante, electrónica moderna y sensibilidad generacional. Entre el tema de apertura y el de cierre mucho pop ideado en dormitorio para ser siseado cerca de la oreja del ser querido.
'House' y 'funk' al servicio de los festivaleros
Sonaba ‘Sophia’, una balada con aires de bachata y hasta se podía sentir incomodidad si no se disponía de alguien a quien besar tal y como hacía el público embelesado, una situación similar a cuando en misa los feligreses se dan la mano y uno está solo. Su música alternativa deja de ser un estímulo constante y pasa a ser un espacio donde quedarse, la relación cambia de naturaleza. Ya no estás consumiendo un evento. Estás habitándolo. Eso, en un contexto así, es raro. Y valioso. El final no llega de golpe. Se insinúa. En la forma en que algunas zonas empiezan a vaciarse. En la luz que aparece tímidamente en los márgenes del recinto. En ese cansancio que ya no se puede ignorar del todo. Pero nadie lo nombra.
Como en todas las despedidas importantes, existe un pacto tácito: si no se dice, no termina. Los últimos conciertos no tienen la energía de los primeros, pero poseen algo más difícil de conseguir: sentido. No están ahí para impresionar, sino para cerrar. Para poner un punto que no rompa lo anterior, sino que lo recoja. Y lo hacen. Cuando las luces se apagan, llega FatBoy Slim con su memorable electrónica. El legendario DJ office una sesión de rítmicas funky y clásicos generacionales con una renovada puesta en escena. El británico puso su irreverencia y su fusión de 'house' y 'funk' al servicio de todos los festivaleros.
El festival Warm Up Estrella de Levante 2026 fue como cualquier relación que ha pasado la fase inicial y decide, aun así, continuar
El cuerpo pesa, sí. La voz sale más baja. El silencio del exterior resulta extraño después de tantas horas de estímulo constante. Pero hay algo más ligero en la forma de moverse, como si parte de lo que trajiste contigo se hubiera quedado dentro. Quizá era eso. Quizá por eso volviste. No para repetir lo de ayer, sino para terminarlo de la mano de Cora Novoa. La fundadora del sello Seeking the Velvet ofreció una actuación cargada de sintetizadores modulares y cajas de ritmo analógicas. Elementos que le permitieron ofrecer un directo sensible y vanguardista.
En resumen, las segundas oportunidades no suelen mejorar lo que ya ocurrió. Tampoco lo empeoran necesariamente. Lo que hacen es darle contexto. Añadir matices. Quitar idealización. Volver más real algo que, en el primer encuentro, parecía perfecto. El Warm Up Estrella de Levante 2026, en su segunda jornada, no busca superarse. Con sus aciertos, sus momentos planos, sus excesos y sus pausas. Como cualquier relación que ha pasado la fase inicial y decide, aun así, continuar. Y ahí, en esa imperfección, encuentra algo más sólido. Más creíble. Cuando sales, no hay promesas. No hace falta decir "volveré". Porque, en el fondo, ya lo sabes.
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