Arte
Torregar devuelve la piel a las diosas del Olimpo
El murciano se sumerge en el mundo clásico grecolatino en Arquitectura de Barrio, donde rescata la figura femenina de la mitología con capas de pigmento, azar y una honestidad radical sobre el proceso creativo

El artista Torregar junto a la exposición / Marisol Navarro
Hace un tiempo se descubrió que las esculturas griegas y romanas que habíamos estudiado, ese mármol blanco e impoluto que todos asociamos a la Antigüedad, en realidad estuvieron policromadas. Tenían color. Tenían piel. Y eso, a Torregar, se lo cambió todo. «Me planteé hacer una revisión de parte de esa iconografía que me había siempre rodeado y llevarla a mi terreno, devolverles esa nueva piel que ellas tenían en su momento», explica el artista ceutiense, que desde entonces lleva más de ocho años y cerca de doscientas obras explorando ese universo en sus exposiciones. El resultado más reciente es Palimpsestos del Olimpo. Estratigrafías de la figura femenina, veintitrés obras en la galería Arquitectura de Barrio de Murcia que se pueden contemplar hasta el 16 de mayo. A diferencia de entregas anteriores, como Porticus en el Teatro Romano de Cartagena, donde convivían diosas con figuras como Homero o Alejandro Magno, aquí se centra exclusivamente en lo femenino. La razón: «Casi que se puede contar la mitología grecolatina a través de las figuras femeninas, y muchas veces son claves en todas las aventuras que se narran tanto en la Ilíada como en la Odisea».
Las víctimas del Olimpo
La portada del catálogo es Elena de Esparta, y entre las obras aparecen Afrodita, Hera y Atenea, las tres protagonistas del Juicio de París. Pero la exposición también hace sitio a figuras que la tradición ha tratado con menos justicia. Medusa es una de ellas. «La idea que tenemos de Medusa es como si fuera un monstruo, y luego cuando te enteras de que en realidad es un castigo, que ha sufrido una violación y que ella es la víctima... me apetecía mucho poner en valor precisamente esa idea», explica. Tanto le importa que lleva años dándole vueltas a un proyecto dedicado exclusivamente a la Medusa de Bernini. «Me doy cuenta de que siendo la misma referencia, el tiempo pasa a través de mí y cada vez lo hago de una manera distinta. Y me gusta también esa idea». El título no es una metáfora gratuita. Un palimpsesto es un manuscrito raspado para escribir encima, aunque lo anterior siga filtrándose. A Torregar le cautivó descubrir que bajo un manuscrito medieval del siglo X se ocultaban tratados de alquimia del siglo III antes de Cristo: trece siglos sepultados bajo la misma superficie. «Esa idea de raspar, de quitar para volver a poner encima, me gustaba mucho, y creo que se asocia directamente con el proceso pictórico que yo utilizo en esta serie». Cada obra es para él «como un yacimiento arqueológico». «Lo que tiene de particular esta serie es que el proceso se está viendo en el mismo cuadro terminado. Puedes ver el proceso y el acabado simultáneamente», adelanta.
Pintar es perder el control
El papel es el soporte protagonista, elegido por su absorción y su resistencia a una técnica mixta de óleo, acrílico, temple, tinta china y spray. Al final de cada sesión –algunas de tres horas, otras de diecisiete– vierte resinas, disolventes y barnices sobre la superficie. «Hay un punto en el que el azar tiene su protagonismo, en el que yo pierdo el control, y me gusta saber que no todo lo decido yo». Saber cuándo parar es, confiesa, una de las cosas más difíciles del oficio. «El cuadro te va diciendo cuándo tienes que parar». Y cuando se le recuerda que las obras no se acaban sino que se abandonan, afirma: «Sí, por resistencia o porque tienes otra cosa en la mente, como un hijo que tienes que parir». La mayor parte de las piezas son inéditas, nunca salidas del estudio. El contraste con el Teatro Romano de Cartagena, espacio de luz natural y carga histórica abrumadora, es evidente, pero Torregar lo ve como una prueba: «Cuando la obra tiene un buen relato, puede funcionar en espacios muy distintos». Con la muestra se ha editado un catálogo con textos de Pedro Manzano, crítico con el que le une una relación de dos décadas. El propio artista hará dos visitas guiadas: el jueves 7 de mayo a las 19.00 horas y el sábado 16, día de clausura, a las 12.00 horas. Para quien no pueda asistir a estas visitas guiadas, su mensaje es sencillo. Tiene una hija de 21 meses a la que ya lleva a exposiciones, y en esa mirada sin prejuicios encuentra el modelo ideal de espectador. «No hay que entender de pintura ni de arte. Las cosas o te llegan o no». Y sobre todo, una declaración de principios: «La experiencia que te reporta ver una obra en directo no te la da nada más. La propia materia se acaba impregnando de la energía que vuelcas cuando estás trabajando en ella, y eso no se puede transmitir a través de píxeles o una pantalla retroiluminada».
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