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Tribuna libre

Mujeres y conservas

Cantos de fábrica y silencios obreros: la memoria de las mujeres conserveras de la huerta murciana

Tres trabajadores posan en una conservera de Lorquí.

Tres trabajadores posan en una conservera de Lorquí. / L.O.

Como las hormigas en plena temporada de actividad de recolección, por el borde del río Segura se las veía llegar parlanchinas unas, más comedidas otras, pero todas decididas a ocupar su puesto de trabajo en la fábrica más cercana. Se sentían afortunadas de poder colaborar en la economía familiar; cada cual debía aportar su granito para el bienestar común, había que comer y esto era algo habitual en todas las familias.

Bien podía ser en Alcantarilla, Murcia, Lorquí, Cehegín, Ceutí, Javalí Viejo, Caravaca de la Cruz, Espinardo o Molina de Segura, una de tantas fábricas de conservas que a principios de siglo XX salpicaban la huerta murciana aprovechando las bondades del río, el clima y las buenas comunicaciones que el tren les prestaba. Multitud de mujeres caminaban cada día hacia estas fábricas; más adelante también lo harían en bus, conocido en esa época como el coche de línea. A cada paso las conversaciones eran variadas: la preocupación por el jornal, los sueños por alcanzar, los amoríos de esta o aquella, y no podían faltar las quejas por las condiciones de trabajo, los modales de los jefes y las voces de los encargados. Aunque en esos años la sociedad no les permitía quejarse ni hablar abiertamente de ciertos temas, aquellas discrepancias quedaban más bien entre ellas, pero como la juventud, en todas las épocas, tiene mucho de rebeldía, encontraron la manera de poder decir aquello que no les era permitido a través de coplillas. Unas veces les servían como distracción de la repetitiva rutina de trabajo, otras para marcar el ritmo de la cadena de producción y en muchas ocasiones esas canciones eran transformadas según su interés para criticar, con cierta gracia, algunas de esas situaciones diarias.

«En la fábrica de lata,

yo dejé la flor de mi vida,

por un jornal que no alcanza.

¡Ay, qué pena, qué fatiga!».

Aunque en las fábricas de conservas también trabajaban hombres, eran las mujeres la mayoría de mano de obra porque, entre otras cosas, su salario era inferior al de sus compañeros, y la elaboración de las conservas requería además un cuidado-delicadeza más afín a la personalidad femenina.

Mujeres trabajando en una fábrica de conservas.

Mujeres trabajando en una fábrica de conservas. / L.O.

Eran tiempos difíciles, el hambre asomaba en cada casa, y a pesar de que a principios de siglo en general las condiciones de trabajo de todos los sectores no eran las más adecuadas, al final era más importante cobrar un jornal cada semana que hacer la revolución y quejarse. El día que recogían el sobre —así se conocía a la paga del jornal—, las penurias sufridas se borraban momentáneamente hasta empezar de nuevo la semana.

Sabían cuándo entraban, pero nunca cuándo salían. Las jornadas de trabajo eran de hasta catorce horas; el propio proceso de elaboración de las conservas requería de unos tiempos muy precisos que no podían esperar hasta el día siguiente. Tampoco había una regulación laboral como hoy tenemos, así que lo más normal era que las horas se alargaran de manera casi interminable.

Esta situación no era exclusiva de la Región de Murcia; en el norte de España, las trabajadoras de las fábricas de conserva de pescado sufrían las mismas condiciones que las murcianas, y como nuestras paisanas, también usaban sus cantos para quejarse. Allí se les conoce como las canciones de bodega, ya que a las fábricas de conservas se les llamaba bodegas. Mientras que en Murcia esa tendencia al canto popular era más bien cosa de las empleadas, en poblaciones como Asturias eran los patrones los que animaban a las trabajadoras a cantar para que así no se comieran el pescado mientras lo manipulaban.

«Sardinera, sirenita, llena de escamas y sal… Encorvada por los años, blanca de tanto luchar, recuerdas cerca del fuego caminos, barcos y mar…».

Tanto unas como otras cantaron también contra los abusos de sus patrones, las malas condiciones de trabajo, las jornadas interminables, el escaso salario y la falta de contrato en muchos casos. Qué fácil es cantar, pero qué difícil es hablar cuando el hambre aprieta y la mano del amo te señala con no volver a trabajar. Esa era su realidad.

Es curioso descubrir cómo, en general, aquellas mujeres, a pesar de vivir en lugares tan diferentes, tenían tanto en común: mismos problemas, carencias y también misma manera de reivindicar. Hablar con cualquiera de ellas, o escuchar sus vivencias, es como rememorar toda una época, es poner en valor el trabajo de mujeres que tuvieron que luchar en silencio por una vida mejor.

Aunque la realidad es que muchas no quieren recordar, les duele hacerlo; fueron tiempos difíciles, de escasez y privación, pero a poco que tiras de ese frágil hilo que es la memoria, surgen las historias de una generación que no tuvo la opción de elegir ni decidir; callar ante las injusticias era lo habitual.

Y en esa sociedad de la ocultación, de no hablar de aquello que molestaba, la música fue para todas una forma de reivindicación velada.

Con la llegada de la modernización, el sonido de las máquinas sustituyó el de sus cantos, el número de trabajadoras fue disminuyendo y las condiciones de trabajo comenzaron a mejorar, ya que las primeras protestas laborales femeninas se extendieron por todo el mundo como un altavoz universal.

Si algo tiene el género femenino es esa capacidad de unión, de sentimiento de grupo. Aunque no pudieran expresarse con libertad porque muchas eran demasiado jóvenes, incluso niñas de poco más de nueve años que hacían lo que sus padres les mandaban, o por el miedo constante a quedarse sin trabajo, nunca dejaron de cantar. En la historia de nuestra sociedad es frecuente encontrar colectivos de mujeres que usaron las canciones como acto de protesta, como lavanderas, hilanderas, verduleras o cigarreras.

Hoy, muchos de aquellos cantos se están grabando a modo de testimonio sonoro de una época para que nunca olvidemos su legado.

Y como decía una de aquellas coplillas huertanas, esta historia llegó a su fin… «Si tuviera una naranja, contigo la partiría. Pero como no la tengo, allá va la despedida».

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