Entrevista
Mónica Ojeda, escritora: "Estar vivos es tener miedo; yo escribo para pensar el miedo sin que me paralice"
La escritora ecuatoriana, considerada una de las voces más destacadas de la narrativa en español, visita la BRMU este miércoles a las 19.30 h con presentación de Diego Sánchez Aguilar

La escritora ecuatoriana Mónica Ojeda. / Miguel Ángel Gracia
Mónica Ojeda (Guayaquil, 1988) es una de las escritoras más perturbadoras y necesarias de la literatura en español. Con Chamanes eléctricos en la fiesta del sol (Random House, 2024), su quinta novela, lleva a un grupo de jóvenes ecuatorianos a un festival de música en la falda de un volcán para huir de la violencia y reclamar el goce. Finalista del National Book Award americano por Mandíbula, seleccionada por Granta entre los 25 mejores narradores en español y Premio Prince Claus Next Generation, visita la Biblioteca Regional de Murcia este míercoles a las 19.30 h con la autoridad tranquila de quien sabe exactamente lo que está haciendo.
De Nefando a Chamanes eléctricos hay una evolución del horror íntimo hacia espacios abiertos. ¿Es una búsqueda de luz, o simplemente el horror ha cambiado de forma?
De un libro a otro hay muchos cambios en la percepción, en el lenguaje, en los asuntos y en las formas, básicamente porque quien escribe cambia en el tiempo. Como autora, nunca me he sentido obligada a mantenerme en un mismo sitio ni a comprometerme con ningún género en especial. Cada libro me permite probar algo que jamás he probado antes.
¿Qué tiene el miedo que le resulta tan literario?
Lo literario, para mí, es la mirada: una mirada sobre el entorno que, desde una postura crítica y aguda, desnuda algo. El miedo es solo una emoción que me interesa pensar, es decir, mirar, para encontrar sus mecanismos y el modo en el que se conecta tanto con lo terrible (la violencia) como con lo que nos hace más humanos (el amor y los afectos). Estar vivos es tener miedo. Y no lo digo pensando en monstruos o en el género de terror, sino en lo que nos hace vulnerables en este mundo. La escritura me permite pensar el miedo sin que este me paralice. Es, de alguna forma, una salida.
Chamanes eléctricos es una novela sobre jóvenes que huyen de la violencia para reclamar el goce. ¿Bailar puede ser un acto político?
Sí, sin duda. No digo que las fiestas nos van a salvar, porque no es así. Lo que nos salva es la organización colectiva, el salir a las calles, el reclamar las vidas dignas que merecemos. Pero en un contexto donde habitar los espacios públicos es un riesgo, salir a celebrar contra todo pronóstico es ratificar la vida, reclamar el espacio público, gestar una alegría delirante que está prohibida.
Las fiestas no nos van a salvar, pero sí la organización colectiva, el salir a las calles, el reclamar las vidas dignas que merecemos
La cosmovisión andina aparece en su obra sin folclorismo. ¿Cómo trabaja esa mitología para que sea literatura y no etnografía?
Mi manera de pensar la vida, los territorios, lo que me ha rodeado desde niña, es a partir de las historias, y creo firmemente que se puede construir historias que aborden el problema de la representación sin tener que hacerlo explícito en el discurso, sino mostrarlo en su propia constitución, en su arquitectura. Los asuntos que aparecen en la novela están trabajados desde la contradicción y la paradoja: un yachak que no es un yachak, unos diablumas que no son diablumas, unos volcanes que no son un paisaje de postal, sino que están vivos y tienen sus propios deseos. Intenté crear una historia en donde nada es lo que parece.
Ya no sé qué tan voluntario fue mi exilio, ¿habría migrado si mi ciudad no fuera violenta?
Lleva ya años viviendo en España, primero Barcelona, ahora Madrid. ¿Qué le debe su escritura a ese ‘exilio’ voluntario? ¿Escribe desde la nostalgia o desde la distancia necesaria?
Ya no sé qué tan voluntario fue mi exilio, la verdad. Al principio pensé que tomé la decisión de migrar en total libertad, y ahora lo dudo. ¿Habría migrado si mi ciudad no fuera violenta? No lo sé. No soy muy nostálgica, pero extraño mucho un hogar que ya no existe para mí. Escribo en una zona fantasma que es la del recuerdo, pero el recuerdo solo tiene lugar en el presente. El recuerdo está vivo y es ahora. Y también está lleno de futuro.
La violencia en Ecuador, el narco, la inseguridad... ¿Hasta qué punto alimenta su ficción, y le pesa que su país sea noticia por eso?
Estoy a favor de denunciar lo que está pasando en mi país, de no normalizar la violencia, pero estoy en contra del alarmismo o de la invisibilización de todo lo que los ecuatorianos, día a día, hacen para colectivizarse y hacer la vida vivible. No todo es muerte: hay mucha resistencia desde todos los ámbitos, y por supuesto también desde el cultural.
Salir a celebrar contra todo pronóstico es gestar una alegría delirante que está prohibida
Se la agrupa con Mariana Enríquez, Schweblin, Melchor… ¿Sienten que están construyendo algo nuevo o que por fin se les deja entrar en un espacio que siempre existió?
No soy muy fan de la novedad: me interesa más pertenecer a una tradición con la que converso y discuto. Hay una tradición latinoamericana muy fuerte de lo fantástico, de poéticas de lo insólito, como decía Ángel Rama, ahí están grandes cuentistas como Felisberto Hernández y Pablo Palacio, y novelistas como Ibargüengoitia, Rulfo, Sommers, Bombal, Garro, etc. Lo perturbador, en esta literatura, más que con el género de terror tiene que ver con una percepción dislocada de la realidad que nos permite acercarnos a todo lo que normalmente se nos escapa.
El miedo en su literatura suele tener cuerpo de mujer o de adolescente. ¿Es el cuerpo femenino el territorio donde más claramente se inscribe la violencia social?
Es el cuerpo que mejor conozco porque soy mujer y fui adolescente. Escribo de lo que conozco o de lo que quiero conocer.
Granta la incluyó entre los 25 mejores narradores en español. ¿Siente el peso de representar a toda una generación?
Ningún peso ni responsabilidad. Tampoco siento que yo represente a la literatura ecuatoriana: es imposible que una persona represente la literatura de un país entero. A duras penas puedo representarme a mí misma. Parte importante de mi trabajo es no asumir el lugar de representar la literatura nacional, sino ser parte de ella. Una minúscula parte.
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