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Arte

Pedro Cano expone en Roma: 'Siete y Roma', el ajuste de cuentas con la ciudad que le vio crecer

El artista de Blanca expone hasta el 7 de junio en Villa Torlonia más de cien obras, entre ellas su serie 'Siete', una meditación sobre la dignidad humana

La exposición de Pedro Cano 'Siete y Roma' en Villa Torlonia, Roma.

La exposición de Pedro Cano 'Siete y Roma' en Villa Torlonia, Roma. / L. O.

J.M. Lax Asís

J.M. Lax Asís

Desde el pasado viernes, el Casino dei Principi de Villa Torlonia —uno de esos palacios que parecen existir fuera del tiempo— acoge la exposición del artista blanqueño Pedro Cano: Siete y Roma, una muestra que no es exactamente un homenaje ni una retrospectiva, sino algo más difícil de catalogar: el ajuste de cuentas entre un pintor y la ciudad que lleva más de cincuenta años mirándole trabajar. Medio siglo viviendo y pintando en Roma tiene consecuencias. Esta exposición, comisariada por Giorgio Pellegrini y coordinada por Raquel Vázquez-Dodero, es una de ellas.

La muestra, organizada por la Fundación Pedro Cano con el respaldo del Instituto de las Industrias Culturales y las Artes de Murcia y la Fundación Cajamurcia, reúne más de cien obras distribuidas en dos plantas y dos mundos distintos. Arriba, el silencio denso y casi litúrgico de Siete. Abajo, la luz acuosa y familiar de Roma vista desde una ventana con vistas a las Termas de Diocleciano. Dos registros opuestos que, al convivir, se explican mutuamente mejor que cualquier texto de sala.

Figuras suspendidas, pintadas sin color

Siete es el corazón de la exposición y también su apuesta más arriesgada. Se trata de veintiún óleos sobre lienzo organizados en siete trípticos que Cano fue gestando durante décadas a base de apuntes y reflexiones, y que culminó de forma definitiva al cumplir los 75 años. Los títulos funcionan con sustantivos universales, como los capítulos de un libro que todos deberían leer: Juego, Trabajo, Bicicletas, Interior, Salto, Espera, Carga. No hay color. Solo blanco y negro, figuras de tamaño casi natural suspendidas en posturas que hablan de migración, esfuerzo, injusticia y de esa solidaridad silenciosa que surge entre quienes no tienen nada más que ofrecerse.

Parte de la muestra 'Pedro Cano. Siete y Roma'.

Parte de la muestra 'Pedro Cano. Siete y Roma'. / L. O.

La decisión de prescindir del color no es estética, es moral. Sin él desaparecen las distracciones y queda solo el gesto, la postura, la relación entre cuerpos. Cano construye con esas figuras una narración que avanza desde la ligereza del juego hasta el peso literal de la carga, trazando un arco que tiene mucho de parábola y bastante de denuncia contenida. Cada tríptico es una estación de un viacrucis laico en el que el sufrimiento no busca redención, sino reconocimiento.

Los 120 × 180 centímetros de cada panel —formato horizontal, casi panorámico— obligan al espectador a recorrer las obras con la mirada como quien lee, de izquierda a derecha, sin poder abarcarlo todo de un golpe. Es una decisión formal que tiene mucho de trampa deliberada para que quien entre a mirar acabe siendo mirado.

La serie ya había pasado por la Iglesia de las Verónicas de Murcia en 2019, por la Casa de Vacas de Madrid en 2023 y por la Iglesia de la Misericordia de Palma de Mallorca en noviembre de 2025. Llega ahora a Roma con la garantia de quien sabe que lo que tiene entre manos no necesita explicarse demasiado. Y con la carga adicional de exponerse en una ciudad que ha visto demasiado arte como para impresionarse fácilmente.

La ciudad como cuaderno

La planta baja propone el contrapunto íntimo. Cuarenta y ocho obras dedicadas a Roma —principalmente acuarelas sobre papel, algunas inéditas— junto a una selección de siete cuadernos de viaje que son, en sí mismos, uno de los tesoros de la muestra. Los cuadernos de Pedro Cano no son borradores ni herramientas de trabajo, son diarios visuales y registros de una mirada que desde los años setenta ha ido fijando en páginas portátiles una luz particular, un detalle arquitectónico, una figura encontrada en la calle, un paisaje visto desde la ventanilla de un tren.

Obreas de Pedro Cano expuestas en el Casino dei Principi de Villa Torlonia.

Obras de Pedro Cano expuestas en el Casino dei Principi de Villa Torlonia. / L. O.

El Panteón, el Coliseo y otros lugares emblemáticos conviven aquí con escenas más íntimas: perspectivas pintadas desde las ventanas de su vivienda con vistas a las Termas de Diocleciano, ángulos que no salen en las guías turísticas porque solo se ven si uno lleva décadas viviendo en el mismo sitio. Esa es la diferencia entre un viajero y alguien que ha hecho de Roma su ciudad. Cano pertenece al segundo grupo desde hace más de medio siglo, y estas acuarelas lo demuestran con una naturalidad que no se puede igualar con ningun argumento.

Los cuadernos, presentados como testimonios directos del proceso creativo, permiten adentrarse en el taller del artista: apuntes, estudios de luz y anotaciones que revelan cómo se construye una mirada a lo largo de cincuenta años. No hay nada improvisado en la manera en que Cano ve Roma. Hay, en cambio, mucho de amor trabajado, de atención sostenida, de esa fidelidad a un lugar que solo es posible cuando uno ha decidido, en algún momento, quedarse.

Una exposición que tiene sentido donde está

Tiene toda la lógica del mundo que sea en Roma donde confluyan estas dos mitades. La ciudad que formó al artista y el mundo que le preocupa. La luz mediterránea y la oscuridad de lo humano. La intimidad de quien conoce cada piedra de una ciudad y la distancia moral de quien pinta la injusticia sin mirar para otro lado. Siete y Roma no es una exposición fácil de olvidar, precisamente porque no intenta gustar: intenta interpelar.

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