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Exposición

La tecnología como nueva religión llega a la Cárcel Vieja de Murcia

El artista murciano Claudio Aldaz abre el 16 de abril en La Cárcel Vieja el proyecto P:O:W:, una peregrinación contemporánea por tres espacios de la ciudad construida con desechos electrónicos dorados como retablos barrocos

La pieza 'ÜPTAL' en la localización de Calblanque.

La pieza 'ÜPTAL' en la localización de Calblanque. / Claudio Aldaz - Casanova

J.M. Lax Asís

J.M. Lax Asís

Claudio Aldaz coge un televisor viejo, una torre de ordenador, cualquier aparato que alguien haya decidido que ya no sirve, y le da una mano de oro. No es un gesto decorativo sino conceptual: al recubrir de dorado estos objetos, que la sociedad ha convertido en obsoletos, el artista murciano los transforma en ídolos de una nueva religión, la del consumo tecnológico compulsivo, y los enfrenta al espectador como lo que en realidad son: objetos de adoración. Lo comprobó durante una residencia en la España vaciada, cuando los vecinos pasaban indiferentes ante sus construcciones hasta que aparecía el oro. "En cuanto les daba la mano de oro, de una forma curiosa, la cosa cambiaba". El mismo aparato recuperado se convertía de repente en algo que recordaba a los retablos barrocos de las iglesias. En algo que invitaba a pararse. En algo, casi, sagrado.

De esa intuición nace P:O:W: (Place of Worship, lugar de oración), uno de los proyectos más ambicioso hasta la fecha del artista murciano y su plataforma Consume ESTO, que llega a Murcia ciudad en forma de peregrinación por tres espacios a lo largo del mes de abril. El primero en abrir será La Cárcel Vieja, que inaugura su nuevo ciclo Altavoz el próximo 16 de abril con Deriva ÜTPAL, primera entrega de un recorrido que continuará en EFÍMERA Espacio de Arte Contemporáneo desde el 24 de abril y culminará el 30 en la Sala Caballerizas de los Molinos del Río con ÓTOR, la propuesta más extensa y compleja de las tres.

Dos años en el Campo de Cartagena

Todo arranca, sin embargo, dos años antes. Desde el invierno de 2024, Aldaz ha estado colocando y retirando la ÜTPAL —su Unidad Tecnobarbárica Portátil de Adoración Ligera— en los parajes más solitarios del Campo de Cartagena. La fotografiaba, la documentaba en vídeo y se la llevaba. Una deriva silenciosa por un territorio inhóspito en la que las líneas mecánico-industriales del objeto contrastaban con la materia orgánica que lo rodeaba. Lo que el visitante encontrará el 16 de abril en La Cárcel Vieja es precisamente esa deriva: un audiovisual que recorre los distintos enclaves donde fue ubicada la pieza, el tótem físico, y una composición sonora que Aldaz considera tan protagonista como la imagen. "El sonido condiciona casi más la visualización de la pieza que la propia imagen del tótem", explica, aunque prefiere no desvelar más. Hay que ir.

Construyo altares con lo que la sociedad desecha porque la tecnología se ha convertido en la nueva religión

La elección de La Cárcel Vieja como arranque no pasa, aclara el artista, por recuperar la memoria histórica del edificio como antigua prisión. "No entro directamente en ese espacio de memoria histórica colectiva", dice, "pero sí realizo una crítica al momento social actual en el que la tecnología se ha convertido en la nueva religión". Una religión con sus propios ídolos, sus propios ritos y su propio dogma, como la obsolescencia programada. Productos fabricados para durar poco, renovados antes de que sean necesarios, desechados sin que nadie se haga demasiadas preguntas. Y sus tótems, construidos precisamente con ese desperdicio y recubiertos de oro, son la respuesta estética a todo eso.

Tecnobarbarie: la adolescencia de la humanidad

El marco teórico lo tomó del economista y escritor José Luis Sampedro, que hablaba de una era de la tecnobarbarie para describir un momento en el que, pese a todos los avances, la humanidad no resuelve sus grandes desigualdades. Aldaz lo lleva más lejos: "Estamos en una adolescencia de la evolución tecnológica, con una gran capacidad cuyo uso es bastante básico y rutinario". Una adolescencia alimentada por la infodemia, esa sobreabundancia de información que paradójicamente impide pensar.

Como dicen los sabios, el agua potable es más difícil de encontrar precisamente en medio de una inundación. Hay tanta información, en tantas direcciones y con tantas contradicciones, que ya no se trata de saber sino de confirmar lo que uno ya cree. "Podemos encontrar estudios e investigaciones avaladas por cientos en un sentido y en el contrario", señala Aldaz. Y en ese contexto, la tecnología no libera sino que ata.

Tenemos una gran capacidad tecnológica, pero el uso que hacemos de ella es bastante básico y rutinario

Esa es también la raíz de su defensa más inesperada: la de las asignaturas que enseñan a pensar de manera divergente. El arte, la filosofía, la música, la plástica, arrinconadas en los planes de estudios mientras el mundo premia las respuestas convergentes, las que tienen una única solución correcta. "La vida no se para de mostrarnos que somos gente distinta, con situaciones distintas, y que no siempre vamos a encontrar las mismas soluciones para los mismos problemas", dice.

Frente a un mundo que empuja hacia la homogeneización, también estética, también tecnológica, sus tótems hechos de basura dorada son también un alegato por la divergencia.

El artista Claudio Aldaz.

El artista Claudio Aldaz. / Consume ESTO

Una peregrinación 'in crescendo'

La peregrinación tiene, como él mismo reconoce, un 'in crescendo' deliberado. Deriva ÜTPAL en La Cárcel Vieja es la pieza más contenida, centrada en la documentación de la deriva. En EFÍMERA, el Altar Tecnobarbárico Naturalógico Místico entra en diálogo con la exposición colectiva Nuevas ecologías para un mundo en transformación e incorpora elementos orgánicos junto a los tecnológicos, planteando lo que Aldaz describe como "la última pregunta que puede, y probablemente debe, formularse la humanidad". Y en las Caballerizas, ÓTOR, el Oratorio Tecno-Orgánico Rupestre, despliega un templo completo: múltiples altares, múltiples tótems, un site specific diseñado para ocupar toda la sala.

Su subtítulo, la eliminación del wild working, es también una denuncia de la precariedad estructural del mundo del arte: ese trabajo compulsivo, invisible y mal remunerado que los artistas realizan sin condiciones claras, adaptándose continuamente a lo que les ofrecen sin poder apenas poner sus propios términos.

Más de veinte años de resistencia

Más de veinte años lleva Aldaz, fundador de Consume ESTO y miembro de Corporación Bacilö, dándole vueltas a estas ideas. Una trayectoria que ha pasado por Granada, Madrid, Berlín, Chicago o Sarajevo y que vuelve ahora a Murcia con su propuesta más articulada. Reconoce que son piezas con una carga crítica que no esconde, "un poco desesperanzadas". Pero el gesto de construir algo nuevo con lo que todos han decidido tirar tiene, pese a todo, algo de esperanza. O al menos de resistencia.

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