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Viejos tiempos

La memoria y el pasado como arma arrojadiza

Beatriz Argüello dirige el texto del Nobel británico, adaptada por Pablo Remón y Marta Belenguer, Mélida Molina y Ernesto Alterio en el reparto

Ernesto Alterio y Marta Belenguer en Viejos Tiempos.

Ernesto Alterio y Marta Belenguer en Viejos Tiempos. / L.O.

Marta García Miranda

Una casa en el campo como una isla en mitad de la nada, como una cápsula en la que está detenido el tiempo. Dentro, un salón con un mueble bar, un tocadiscos, dos sofás, un sillón, un par de butacas de cine y, al fondo, un gran ventanal. Otoño. Noche. Kate se sienta en el suelo y comienza a echar tierra dentro de una maceta pequeña mientras habla con su marido sobre Anna, su única amiga, la mujer con la que compartió casa y juventud y a la que no ve desde hace veinte años. Ha venido a visitarles. Ha estado de pie junto a la ventana, de espaldas a ellos mientras hablaban. La escena se ilumina y les dice:

Escuchad. Qué silencio. ¿Siempre hay tanto silencio?

Y Deeley, marido de Kate, contesta:

— Hay mucho silencio aquí, sí. Lo normal es que haya mucho silencio.

— Qué inteligente por vuestra parte, y qué valiente también, permanecer siempre en un silencio así, dice Anna.

En ese silencio, que de valiente no tiene nada, convivirán los sueños frustrados de esas tres personas, sus deseos ocultos, las decisiones que no tomaron, todo lo que no se dicen y todo eso que sí dicen para no tener que decir lo que quieren. Un silencio alterado por diálogos de frase corta, un humor feroz y una manipulación soterrada que mezclará lo verdadero y lo falso, el recuerdo y la invención, y que irá desvelando una guerra subterránea por un pasado en disputa por el que compiten los tres personajes de Viejos tiempos (Old times), del Premio Nobel de Literatura Harold Pinter, una obra que llega al Teatro Villa de Molina con dirección de Beatriz Argüello, traducción y adaptación de Pablo Remón y, en escena, Mélida Molina, Marta Belenguer y Ernesto Alterio.

El pasado como arma arrojadiza

«Hubo un tiempo en que esas tres personas pudieron elegir, pero las tres eligieron mal», dice Beatriz Argüello sobre los protagonistas de Viejos tiempos, su segunda incursión como directora tras el estreno en 2023 de Valor, agravio y mujer, de Ana Caro de Mallén, con la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Argüello, actriz de larga trayectoria y formada en la cantera de La Abadía, cree que los personajes de Pinter están atravesados por «el fracaso» y han convertido el pasado en «un lugar en el que estaban mucho más vivos, pero no hay salida posible, hay algo muy desolador y de pérdida, de ahí que los personajes estén luchando por un relato inexistente en el presente».

Estrenada en 1971 por la Royal Shakespeare Company con dirección de Peter Hall, Argüello cree que el de Pinter es un texto que no ha envejecido y que sigue estableciendo un diálogo con un presente en el que el pasado y la memoria también son usados como arma arrojadiza: «Estos tres personajes no van en busca de la verdad, van en busca de una razón y algo que a ellos les conviene, lo que apela mucho a ciertos comportamientos que estamos viendo hoy». Viejos tiempos, explica la directora, «es una obra sobre cómo se cuenta y manipula la historia, sobre cómo nos manipulan y nos manipulamos, sobre cómo seleccionamos nuestros recuerdos según nos interese y sobre lo deshonestos que podemos llegar a ser en ese sentido. Está, además, la utilización de todo eso a nivel social, político o periodístico, cómo se cuenta el relato con fines absolutamente egoístas y en función de nuestra ideología o del poder económico. Y eso nunca puede acabar bien porque ya no sabes a quién creer ni dónde está la verdad».

Un presente preñado de pasado

Ya en la ficción, Anna, Kate y Deeley irán reconstruyendo ese pasado repleto de silencios y puntos ciegos en un relato a tres voces lleno de trampas en el que nadie sabrá, tampoco el espectador, quién tiene razón y quién dice la verdad. «Yo te cuento mi versión y tú me cuentas la tuya, pero no tenemos manera de saber cuál es la versión real—dice Remón—, pero es que Pinter decía que la verdad no existe en el teatro e insistía mucho en esa idea de que la verdad en el teatro es siempre una verdad poética, no una verdad factual, no hay manera de saber si pasó esto o aquello porque no pasó nada, lo que pasó es la obra que estás viendo en este momento».

Guionista, director de escena, dramaturgo y experto en Pinter (la obra del Nobel es la razón por la que decidió empezar a escribir teatro hace más de una década), Pablo Remón firma una adaptación muy pegada al original, un texto que Pinter escribe tras publicar Retorno al hogar, en 1964: «Tiene un éxito brutal con esa obra, pero llega a un sitio en el que no sabe cómo seguir escribiendo. Empieza a hacer películas con Joseph Losey y se pasa un año trabajando en la adaptación de En busca del tiempo perdido y, aunque la película nunca se hace, él cuenta que ese año que estuvo trabajando en la obra de Proust fue el mejor año profesional de su vida».

Remón, que en 2020 ya firmó la versión de Traición, también de Pinter, dirigida por Israel Elejalde, sostiene que con Viejos Tiempos el autor británico inaugura «algo así como un cambio de tuerca, un nuevo comienzo o una reinvención tras sus obras de los 60. A comienzos de la nueva década, él se inventa con Viejos tiempos —partiendo de sus experimentos previos en obras más breves como Landscape y Silence— una nueva forma de escribir, por la que transitará durante algunos años más: su escritura empieza a perder realidad y a ganar en carga poética, y entra en lugares que antes habría rechazado porque le habrían parecido un territorio peligroso, un poco sentimental».

El dramaturgo explica que el Nobel, consciente de que «el recuerdo en el teatro es muy peligroso», construye aquí un universo «completamente preñado de pasado y es la primera de sus obras en la que, de repente, el pasado y el presente convergen y no sabes si estás en uno o en otro». También modifica su mirada sobre los personajes femeninos. Mientras Anna y Kate controlan y tensan el juego, Deeley, cada vez más desplazado, reclamará que él es el hombre de la casa, el marido de Kate, él que sabe realmente lo que pasó y pasa, pero será el único de los tres que acabe llorando al final de la historia. Dice Remón que las obras de Pinter de los 70 «eran muy masculinas y leídas con ojos de hoy nos pueden parecer muy misóginas, pero aquí tiene dos mujeres con mucho poder y, de alguna manera, la que gana la función es una de ellas».

Remón, que actualmente está escribiendo una obra nueva que estrenará en el Teatro María Guerrero del Centro Dramático Nacional y de la que solo avanza que trata sobre dos hermanos y contará con Francesco Carril, no descarta, algún día, estrenar un Pinter: «Me parece muy complicado, pero tengo idea de hacerlo, siempre lo he tenido en la cabeza, aunque siempre pienso que habría que hacer una trasposición real y colocar a los personajes en España. Si lo hago, que estoy seguro que lo haré en algún momento, tengo que encontrar personajes equivalentes aquí».

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