Horizonte de sucesos
Protocolo onírico activado
El primer libro de cuentos de Santiago Gutiérrez construye un universo de antifábulas laberínticas y oníricas
Desde los laberintos de Kafka, pasando por Borges, Calvino o las aportaciones de Freud, persiste una literatura que toma tierra en el mundo de los sueños y de lo irracional para construir sus tramas y sus geografías. Este es el caso del primer libro de cuentos de Santiago Gutiérrez, donde lo imposible se funde con lo alegórico. Un enclave en el que lo irreal y lo fantasmagórico se hibridan en una perfecta simbiosis que deviene en textos cercanos al poema, neblinosas arquitecturas que tienen una inusitada carga metafórica. Pero la metáfora aquí no solo busca el destello lírico. También está fundamentada en una elocuente fabulación, que invita a reflexionar sobre la existencia, o más bien sobre su carácter absurdo. Y aunque sabemos que la fábula es una feliz transposición de arquetipos humanos en tipos animales, Santiago Gutiérrez oscurece sus significados y metaforiza los más tenebrosos rincones del alma del hombre; y urde más un relato legendario que extraordinario. Textos híbridos que recuerdan a los insólitos y surreales de Espejo en el espejo, de Michael Ende.
Los personajes de estas extrañas antifábulas son sombras que deambulan por parajes desolados, fuera del espacio y del tiempo, ajenos a los ritmos de lo real. Bosques sin cronología ni contornos precisos, en los que cada cual deberá tratar de encontrar su propio sentido. Es esta una forma de escribir laberíntica pero premeditada, que se pierde en sí misma, como poemas firmados en la duermevela. El lenguaje es vehículo, pero también la piel y la carne que materializan estos cuentos. Hay novedad en estas historias que, paradójicamente, rezuman pretérito, leyendas que leemos como en un déjà-vu, donde Dios no juega a los dados, sino que es dueño de una ruleta en la que giran los destinos sin sentido de los hombres.
Raras criaturas que nunca saben dónde están porque, como en los sueños, todo es siempre símbolo o frontera. Espacios sin espacio que se pierden en la sutil enfermedad de lo nunca visto o dicho. Porque existir, como sostenía Berkeley, es ser percibido. En uno de los cuentos aquí recogidos se insinúa esta idea filosófica, donde un bosque debe su existencia a la atención de un vigilante. ¿Y qué puede ser percibido si no es a través del lenguaje? También hay una oda al destino fatal y al error como forma de comprender la realidad; un canto a la probabilidad de un infierno inesperado y al fin de las utopías. Pero sobre todo, este libro convoca el misterio, como el cubo extraño y paradójico de uno de los cuentos, o como un cuenco que puede postular el universo.
Hay muchas referencias, homenajes velados y deudas literarias evidentes en este libro fractal, que no obstante se presenta fresco y original. En su escritura truenan ecos de un mundo nunca antes visitado, pero que nos recuerda un espacio mítico del que alguna vez hemos participado. Este libro es, en este sentido, un sueño nuevo y viejo, una pequeña joya que te atrapa como una pesadilla y de la que uno no quiere despertar.
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